Once
La tarde caía sobre la terraza. Por primera vez en todo el día, después del aluvión de papeleo, sentí que podía respirar.
El aire olía a jazmín y a tierra mojada, un aroma que me ayudaba a silenciar las voces de Javier y las acusaciones de Damián.
En ese rincón de la mansión, el mundo de los Blackwood no existía. Solo estábamos Víctor y yo.
—Si mueves aquí, mamá, pierdes la torre… pero si hago esto, mi alfil queda expuesto —analizó en voz alta, con una madurez que me llenaba de orgullo.
Me miró con una seriedad que siempre lograba asombrarme.
—Te lo advierto, mamá. Esta vez no hay escapatoria.
Me reí, una carcajada limpia que no recordaba haber sentido desde la muerte de Alejandro. Estaba tranquila, segura de que en ese tablero yo tenía el control. Pero entonces, una sombra se deslizó sobre las casillas blancas y negras.
El aire se volvió pesado de golpe. Un escalofrío me recorrió la nuca, ajeno a la brisa de la tarde. Me puse rígida antes de levantar la vista.
Damián.
Estaba apoyado en el marco de la puerta, observándonos. No quería volver a verlo, no después del choque en la cocina la noche anterior. Todavía me quemaba la rabia por cómo me había tratado, por su arrogancia y por mirarme como a una usurpadora.
Sin embargo, me sorprendió la naturalidad con la que se acercó. Había una calma entre él y Víctor que delataba más momentos compartidos de los que yo imaginaba.
—Vaya, veo que sois bastante buenos en este juego —dijo Damián. Su voz era cálida, pero escondía un matiz pícaro que me puso a la defensiva—. Aunque debo confesar que ayer me encontré con tu madre y echamos una pequeña partida… quedó en tablas.
Víctor soltó una carcajada y me lanzó una mirada divertida. A mí, en cambio, me ardió la cara. El recuerdo de anoche —mi vulnerabilidad en camisón, sus manos sobre la mesa y su desprecio— me cruzó la cara como una bofetada.
—Vaya, Damián, no te tenía por un mirón —le solté, cortante, intentando recuperar mi armadura.
—Tranquila —respondió, encogiéndose de hombros. Su sonrisa burlona me enfurecía y me desarmaba a la vez—. Solo estaba observando… y aprendiendo cómo enfrentarse a una madre que juega demasiado bien sus piezas.
Víctor volvió a reír. Mi hijo veía en él a un aliado divertido; yo solo veía al hombre que me había acorralado horas antes y que ahora intentaba invadir mi refugio.
—Bueno, volvamos a la partida —sentencié, tragándome la rabia—. Es tu turno, Víctor. Ignora las distracciones.
Damián no se movió. Se inclinó un poco más, apoyando los codos en la barandilla de la terraza, para seguir cada jugada. Sus ojos verde esmeralda no perdían detalle, atentos, cargados de un desafío que empezaba a resultarme demasiado familiar.
—Si quieres, te doy un consejo —un susurro que apenas rozó el aire, dirigido solo a Víctor—. Pero cuidado, que mamá no debe enterarse de nuestros secretos estratégicos.
El niño asintió, entusiasmado. Yo me quedé descolocada.
Me limité a seguir el juego, moviendo mi reina con falsa seguridad, pero por dentro estaba en alerta.
La presencia de Damián alteraba el aire a mi alrededor.
No era atracción; era una energía pesada, una mezcla de desconcierto y sospecha.
Me molestaba la facilidad con la que se ganaba a mi hijo mientras a mí me lanzaba dagas.
Aquella escena se repitió los dos días siguientes.
La dinámica se instaló en la casa sin hacer ruido: después de merendar, subíamos a la terraza para terminar la partida de ajedrez.
Yo jugaba con Víctor y Damián aparecía como por arte de magia.
Se sentaba cerca, le hablaba al oído, soltaba alguna risa y, a veces, le hacía cosquillas hasta que Víctor se retorcía en la silla.
El niño estaba encantado. Se le notaba más feliz, más seguro e incluso se iba a duchar y a dormir sin quejarse. Yo, sin embargo, permanecía en guardia. Solo veía a Damián en esos ratos; el resto del tiempo se perdía en el ala oeste, como un fantasma reclamando su territorio por parcelas.
Cada medianoche, cuando el silencio de la mansión me ahogaba, bajaba a la cocina.
No buscaba cruzármelo para intercambiar cumplidos, sino por pura necesidad de respuestas.
Me sentaba con los papeles de la herencia bajo la luz de la encimera, esperando que apareciera para poder plantarle cara.
Quería exigirle que explicara sus acusaciones o entender qué demonios planeaba hacer con BioVida.
Quería demostrarle que no me asustaba su regreso.
Pero la cocina siempre estaba vacía. El único rastro de su existencia era el eco de sus risas con Víctor en la terraza y la sensación de que, mientras yo intentaba descifrar el legado de Alejandro, Damián ya estaba jugando una partida mucho más compleja a mis espaldas.
Esta es la tercera noche que bajo a la cocina y el silencio empieza a ensordecerme. Me siento en la misma silla, bajo la misma luz tenue, con los malditos balances de InnovaPharma extendidos sobre el mármol frío. Pero no me concentro en los números.
Mi cabeza sigue en la terraza. En las carcajadas de Víctor y en cómo Damián le había robado el terreno a Javier en apenas cuarenta y ocho horas.
Suspiré, frotándome las sienes. Al apartar una de las carpetas de cuero que el notario me entregó, algo cayó al suelo con un golpe seco: un sobre pequeño, color crema, atrapado en el doble fondo.
Se me detuvo el corazón. La carta.
Entre el shock de la herencia y la guerra abierta con Javier, la había guardado de forma mecánica.
Mis dedos temblaron al acariciar el papel grueso.
Sola en la inmensidad de la cocina a medianoche, sentí un vuelco de esperanza en el pecho.
Alejandro había sido mi guía, el hombre que me sacó del fango.
Necesitaba leer algo que me hiciera sentir que no estaba sola: una despedida cariñosa, un consejo de padre, algo que me diera permiso para llorar su ausencia.
Rompí el sobre con cuidado, casi con miedo a profanarlo. Al ver su caligrafía firme y elegante, las lágrimas me nublaron la vista.
«Para Valeria:»
Tragué saliva, preparándome para el consuelo. Pero lo que encontré fue un mazazo:
«Donde la torre toca la luna y el alfil protege al rey,
El camino del caballo revela la llave que buscas.
Solo quien vea más allá del tablero hallará mi secreto.»
Me quedé mirando el papel, parpadeando, esperando que apareciera una segunda hoja o una posdata en el reverso. Nada. Solo ese texto críptico, seco y carente de afecto.
—¿Es una broma? —susurré al vacío de la cocina.
La decepción me golpeó con más fuerza que la sorpresa. Una punzada de rabia me subió por la garganta. Estaba rodeada de enemigos, durmiendo en una casa donde cada pasillo era una trampa, y el hombre que decía protegerme me dejaba… ¿un acertijo de ajedrez?
Me sentí ridícula. Pequeña. Una vez más, los Blackwood me recordaban que para ellos el mundo era un tablero y las personas, simples piezas para mover a su antojo.
Alejandro no me había dejado un abrazo; me había dejado una tarea.
No quería una despedida, quería un heredero capaz de resolver sus juegos mentales.
—¿Por qué no podías ser un hombre normal? —murmuré contra el papel, apretando los puños.
Me sentía muy sola. Miré el acertijo una vez más: la torre, el alfil, el caballo… Mi mente voló a la terraza, a las manos de Damián moviendo las piezas con precisión junto a Víctor.
Alejandro tenía claro mi nivel de ajedrez. Era consciente de que necesitaría ayuda. O quizá, en su retorcida visión del mundo, calculó que resolver el acertijo me obligaría a buscar al único hombre de la casa capaz de entenderlo.
Necesitaba salir de allí. Por eso, cuando el grupo de WhatsApp que compartía con mis dos anclas en el mundo —«Las Supernenas»— empezó a echar humo, no lo dudé.
Quedamos en una cafetería de techos altos y muchas plantas en el centro de Madrid. Un lugar que olía a café recién tostado y a libertad.