Diez
Me acerqué a la casita de madera con las piernas temblando y el corazón todavía intentando salirse de mi pecho. Al agacharme, la imagen que vi me obligó a parpadear un par de veces para asegurarme de que el pánico no me estaba provocando alucinaciones.
Allí, sentado en el suelo de caucho, con las rodillas dobladas y la espalda apoyada en uno de los pilares del tobogán, estaba Damián. Había dejado su chaqueta a un lado y se había remangado la camisa. Sus antebrazos marcados sostenían una pelota.
—¡Ja! Te gané otra vez —la vocecita de Víctor transmitía una alegría pura que yo no escuchaba en mucho tiempo.
—Has hecho trampa, little chess master —respondió Damián. Su voz, que me había erizado la piel en el notario, sonaba ahora suave, casi cálida—. Pero admito que tu estrategia de distracción ha sido magistral.
Me quedé sin habla. El hombre que me había mirado como a basura hacía apenas unas horas, estaba ahí, en un parque de pueblo, jugando con mi hijo como si se conocieran de toda la vida.
—¿Víctor? —logré articular, recuperando el aliento.
Ambos giraron la cabeza al unísono. El impacto me golpeó de nuevo. Allí estaban: dos pares de ojos verde esmeralda idénticos. El mismo brillo, la misma forma. Era como ver una versión en miniatura de Damián sentada frente al original. La similitud me provocó un mareo súbito.
—¡Mamá! —Víctor se levantó y corrió hacia mí—. ¡Mira! Mi tío sabe trucos con la pelota. ¡Es un genio!
¿Tío? ¿Cómo sabía que era su tío?
Damián se levantó con elegancia, sacudiéndose el polvo de los pantalones sin quitarme la vista de encima. Su sonrisa burlona volvió a asomar, pero sus ojos me analizaban con frialdad.
—Vaya, la madre del año por fin aparece —soltó, cortante—. Empezaba a pensar que te habías olvidado del niño.
—¿Qué haces aquí? —le pregunté, atrayendo a Víctor hacia mi costado—. ¿Cómo nos has encontrado?
—Desi me dijo el lugar. Necesitaba salir de esa mansión antes de que las paredes empezaran a hablarme —se encogió de hombros, pero dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio—.
Me sorprende tu nerviosismo, Valeria. Una mujer tan calculadora debería tenerlo todo bajo control. Especialmente a su mayor tesoro.
—¡Valeria! —la voz de Javier llegó desde atrás, cargada de irritación.
Apareció jadeando. Al ver a Damián, su rostro pasó de la molestia a la furia ciega en un parpadeo. Sus ojos azules se oscurecieron.
—¿Tú? —rugió, acercándose para interponerse entre nosotros, aunque su postura era mucho menos imponente que la de su hermano—. ¿Qué coño haces cerca de mi hijo? ¡Aléjate de él!
Damián ni se inmutó. Recogió su chaqueta del suelo con parsimonia insultante.
—Tranquilo, «papá» —la palabra sonó a puro sarcasmo. Javier no pareció captarlo, pero a mí me hizo fruncir el ceño—. Solo estábamos jugando. Tu hijo tiene mucho más talento para la estrategia del que crees. Quizás porque pasa demasiado tiempo solo.
—¡Vete al infierno! —le gritó Javier.
—Ya he estado allí seis años, hermano. Y hace más fresco que en esta familia —Damián me lanzó una última mirada que me quemó la piel, antes de agacharse hacia Víctor con una naturalidad pasmosa—. Nos vemos en casa, checkmate . No dejes que te ganen la próxima partida.
Víctor se despidió con la mano, con una sonrisa de admiración que jamás le había dedicado a su padre. Damián se incorporó.
—No os importa que Desi me devuelva a la mansión, ¿verdad? Vosotros ya tenéis el otro coche para la vuelta —dijo sin esperar respuesta, alejándose con tranquilidad.
El silencio en el parque se volvió denso. Javier se giró hacia mí con los puños apretados.
—Vámonos de aquí. Ahora mismo.
Pero yo no me moví. Me quedé mirando la espalda de Damián, pensando en la forma en que Víctor había encajado en su presencia en cuestión de minutos.
Algo fallaba. La manera en que Javier miraba a Damián —con miedo, no solo con odio— y la forma en que Damián me miraba a mí —como si yo fuera la pieza de un rompecabezas que él ya había resuelto— me decían que la tormenta no había hecho más que empezar.
La vuelta a casa fue un funeral, roto solo por las preguntas inocentes de Víctor sobre cuándo volvería a jugar con su «tío nuevo».
Javier no abrió la boca en todo el trayecto; se limitó a mirar por la ventanilla con la mandíbula apretada.
En cuanto cruzamos el umbral de la mansión, él desapareció en su despacho con una botella de cristal en la mano.
Yo me refugié en la rutina: bañar a Víctor, leerle un cuento y esperar a que sus ojos verdes se cerraran por fin.
Pero mi mente no descansaba. Los nombres de las empresas daban vueltas en mi cabeza como un carrusel desquiciado: InnovaPharma, BioVida, la Fundación…
¿Por qué yo? ¿Por qué Alejandro me había entregado las llaves del reino a mí, una antigua empleada de limpieza que solo quería una vida tranquila para su hijo?
A medianoche, la casa se sentía como un mausoleo. Necesitaba orden, lógica, respuestas. Me di una ducha larga, dejando que el agua caliente se llevara el sudor y el miedo del parque. Me puse un camisón de seda blanco, limpio y ligero, y bajé descalza a la cocina.
Noche apareció de las sombras del pasillo y se enroscó en mis tobillos antes de saltar a la silla de al lado. Sabía que iba a ser una noche larga.
Encendí la luz tenue de la encimera y puse la cafetera.
Sobre la mesa de mármol, desplegué el testamento y los balances de las empresas.
Intentaba entender la estrategia de Alejandro: la mitad de las acciones de BioVida eran de Damián, así que ambos compartíamos una de las empresas que más ingresos generaba.
Estaba absorta en un gráfico de acciones cuando una ráfaga de aire de la calle y un olor a esfuerzo físico me sacaron del trance. La puerta de servicio se había cerrado.
Me giré de golpe.
Damián.
Venía de hacer deporte. Llevaba una camiseta técnica negra pegada al pecho, húmeda de sudor.
Sus pantalones cortos revelaban unas piernas atléticas.
Tenía el pelo azabache pegado a la frente y la respiración aún agitada.
Al verme allí, en camisón y rodeada de documentos legales, su mirada me hizo dar un paso atrás hasta chocar con el borde de la mesa.
Noche saltó de la silla y desapareció por el pasillo. Hasta el gato sabía cuándo convenía retirarse.
—Vaya. La heredera no puede dormir —su voz grave resonó en la cocina vacía—. ¿Contando las monedas antes de que salga el sol?
—Solo intento entender —respondí, cruzándome de brazos al ser consciente de la finura de mi camisón—. Todo esto es… demasiado.
Se acercó con esa elegancia que me ponía los nervios de punta. Se detuvo a menos de un metro. Olía a adrenalina y a su aroma dulzón. Miró los papeles sobre la mesa con desprecio.
—No hay mucho que entender, Valeria. Es un plan maestro. Mi padre sabía que Javier es un inepto. Pensó que tú, con esa carita de ángel y tu capacidad para adaptarte a las circunstancias, serías el muro perfecto para que yo no recuperara lo que es mío.
—Yo no he planeado esto —la voz me salió trémula—. Ni siquiera sabía que existías hasta hoy.
Soltó una risa seca y se inclinó sobre la mesa. Apoyó las manos a ambos lados de los papeles, acorralándome. Sentí el calor de su cuerpo y el pulso de su entrenamiento.
—Finges muy bien. Casi me convences en el parque —su mirada bajó por un segundo, recorriendo mi figura. La temperatura de la cocina pareció subir diez grados—. Pero sé quién eres.
Se me cortó la respiración. El corazón me latía con fuerza salvaje.
—Me casé con Javier porque… porque me apoyó —logré articular, aunque mis recuerdos de esa noche siempre habían sido una mancha borrosa.
—Javier es un cobarde que compra trofeos. Pero tú eres la que tiene el poder ahora. Disfrútalo mientras dure. Porque en este tablero de ajedrez, tú eres la reina, pero yo soy el que sabe cómo termina la partida.
Algo dentro de mí se rompió. La tristeza por la muerte de Alejandro, el desprecio de Javier y las acusaciones de este extraño colmaron el vaso. La rabia subió por mi garganta.
—¿La reina? —le espeté, levantándome y obligándole a retroceder un paso—. Me habláis como si fuera una pieza de vuestro juego sucio, pero ninguno me ve de verdad. Para Javier soy una posesión legal y para ti, una estafadora. ¡Yo no era nadie cuando llegué aquí! ¡Limpiaba vuestros suelos!
Damián arqueó una ceja, sorprendido por el estallido, pero yo no había terminado. Esa humillación que sentía por no tener su apellido ni su arrogancia se convirtió en fuego.
—No sabes nada de mí, así que no te permito que me hables como si me conocieras. No tienes ni idea de lo que he luchado por Víctor. Guarda tus metáforas de ajedrez; si Alejandro me dejó esto, es porque sabía que vosotros solo sabéis destruir lo que tocáis.
Me sostuvo la mirada. Por un segundo, la ironía desapareció de sus ojos, sustituida por algo mucho más oscuro y peligroso. Se dio la vuelta, sacó una botella de agua de la nevera y salió de la cocina sin mirar atrás.
Me quedé allí, temblando, con el café humeando y las manos apoyadas en los documentos que ahora odiaba.
Me sentía humillada, cansada de ser el blanco de sus guerras.
Pero mientras las lágrimas de rabia asomaban a mis ojos, me hice una promesa: si me querían como un peón en su tablero, iban a aprender que hasta la pieza más pequeña puede dar un jaque mate.