Corazón en Jaque (Serie Blackwood Game 1) Nueve
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Nueve

Le pedí a Desi que nos sacara de allí. No quería caminar por las calles asépticas de la urbanización; necesitaba aire de verdad. Nos llevó en silencio hasta un pueblo a quince minutos de la mansión. Él era mi mayor apoyo en ese momento.

​Nos dejó frente a un restaurante de los de toda la vida. Nada de minimalismo ni nombres en francés. Fachada de piedra, terraza con solera y, lo mejor de todo, un parque infantil justo al lado, lleno de columpios y sin nadie a la vista.

—Gracias, Desi —le dije antes de bajar.

Él asintió, transmitiendo una seguridad que yo necesitaba como el aire.

​Víctor estaba radiante. Para él, ese parque era un tesoro. Nos sentamos en la terraza, lo bastante cerca de los columpios para vigilarlo mientras pedíamos.

—¿Puedo comer patatas? —preguntó, ilusionado.

—Claro, cariño.

—¿Y croquetas?

—También croquetas —respondí, sintiendo por fin que el nudo del pecho cedía un poco.

​Miraba la carta, disfrutando del olor a leña y del barullo del pueblo, cuando una sombra tapó el mantel a cuadros. Levanté la vista. El estómago se me contrajo de fastidio.

Javier.

​Llevaba la chaqueta colgada del brazo. Su camisa blanca estaba impecable, pero el cansancio le marcaba las facciones. Por un segundo, el contraste dolió: parecía un príncipe desterrado en medio de una plaza de pueblo. Ninguno habló.

Luego, soltó un suspiro pesado.

—Valeria… lo siento.

​Parpadeé. Escuchar a un Blackwood pedir perdón era un evento canónico.

—No debí hablarte así esta mañana —continuó, bajando la voz—. Ha sido un día complicado. Mucho que procesar.

Asentí, manteniendo la guardia alta.

—Sí. Lo ha sido.

Javier miró la silla libre.

—¿Puedo sentarme?

​Dudé. Aquel era nuestro momento, mi espacio seguro con Víctor. Pero al ver su expresión de derrota, acabé cediendo.

—Claro.

​Se sentó frente a nosotros. Víctor, hasta entonces distraído mirando el parque, se quedó rígido. Miró a su padre con una mezcla de esperanza y timidez que me rompió el alma.

—Hola, papá —dijo con una vocecita llena de ilusión.

Javier ni siquiera giró la cabeza. Un simple asentimiento, y volvió a ignorarlo. Sus ojos estaban fijos en mí, como si Víctor fuera parte del decorado.

—Valeria, de verdad que lo siento —insistió, ignorando al niño que lo miraba con los ojos muy abiertos—. No tenía derecho a decir eso. Estaba fuera de mí por mi padre y por la aparición de ese… de Damián.

​La tensión volvió a cargar mis hombros. Miré a mi hijo. La sonrisa le había desaparecido del rostro; bajó la vista y empezó a jugar con la servilleta.

—Está bien —dije al fin, aunque por dentro hervía de rabia—. Olvidémoslo.

​Él asintió, aliviado, como si esas palabras devolvieran la normalidad al mundo. Pero mientras él se relajaba, yo solo podía mirar a Víctor clavando la vista en sus rodillas, olvidándose del parque que tanto deseaba. Ni una caricia en el pelo, ni una pregunta sobre los columpios. Nada.

​De golpe, las croquetas ya no me parecían tan buena idea.

Se me quedaron secas en la garganta. Comimos en silencio durante unos minutos eternos.

Solo se oía el choque de los cubiertos contra la loza y el murmullo de las otras mesas.

Víctor mordisqueaba una patata con desgana, levantando la vista hacia su padre de vez en cuando, esperando que le dirigiera la palabra.

Pero Javier estaba ocupado recalculando su posición.

​Al final rompió el silencio. Se inclinó hacia delante, cruzando los dedos en la misma postura de negociador que usaba en las juntas de InnovaPharma.

—Al final estamos casados —dijo, buscando mis ojos con una frialdad disfrazada de lógica—. Entiendo que papá quisiera ayudarte a tener patrimonio propio. Es un gesto generoso, pero en el fondo, nada cambia entre nosotros.

​Me sonó a condena, no a declaración de paz. Estaba marcando territorio, intentando convencerse de que mi nueva posición era un simple regalo decorativo. Dejé el tenedor a un lado.

—Mira, Javier, no quiero nada tuyo —solté con firmeza—. Trabajaré en la fundación y viviré en la casa. Pero el resto se lo dejaré a Víctor. Tú puedes seguir siendo el director de la empresa, pero él es el heredero de lo que Alejandro construyó.

​Ese golpe lo descolocó. Su máscara de control se agrietó por un segundo, revelando molestia pura.

—¿Pero qué va a hacer el niño con todo eso? —preguntó con desprecio, como si hablara de un juguete roto.

El pobre Víctor estaba sentado justo delante, moviendo la cabeza de uno a otro como en un partido de tenis del que no entendía las reglas, pero sentía los golpes. Me dolió el pecho al ver su confusión.

​—Deberíamos hablar de esto más tarde —dije, bajando la voz hasta convertirla en una advertencia—. No es el momento ni el lugar.

​Javier apretó los labios en una línea fina y amarga, con ganas de seguir discutiendo la viabilidad financiera de un niño de cinco años allí mismo, entre raciones. Pero se calló.

Se reclinó en la silla, suspirando con impaciencia. Por primera vez desde que él llegó, la mirada de Víctor se cruzó con la mía. Sus ojos rebosaban preguntas silenciosas.

Le sonreí. No fue una sonrisa de alegría; fue una alianza. Una promesa.

​Me devolvió el gesto. Un movimiento tímido de labios que le iluminó un poco la cara. En medio de la frialdad paterna y el caos de los Blackwood, solo necesitaba saber que yo seguía de su lado. Que él era mi prioridad absoluta.

​—¿Puedo ir a jugar? —preguntó, rompiendo el aire espeso de la mesa.

Miraba con anhelo el parque de al lado. Seguí su vista. Era un parque sencillo: un tobogán de chapa, un par de columpios de cadenas oxidadas y suelo de caucho desgastado. Miré alrededor por instinto de protección. No había casi nadie, solo el eco de un pueblo a la hora de comer.

Asentí. Quería que escapara de la sombra de su padre, aunque solo fuera unos metros.

—Pero no te alejes, Víctor. Te quiero ver desde aquí todo el tiempo.

—¡Vale!

​Salió corriendo, feliz, como si el mundo entero fuera suyo en esos pocos metros de corcho y toboganes. Vi cómo sus pequeñas manos se aferraban a la rampa con determinación.

Entonces, la voz de Javier volvió a arrastrarme a la mesa.

—Hablemos de…

—¿Podrías tratar mejor a tu hijo? —lo corté, manteniendo la vista fija en la mancha de color que era la camiseta de Víctor.

​Giré la cabeza ante su silencio. Javier limpiaba una mancha invisible en el mantel.

—No le trato mal —respondió con desdén.

—No le tratas. Que no es lo mismo —le corregí con la indignación quemándome la garganta—. Ni siquiera le has mirado a los ojos al saludar.

—Eres muy exagerada, Valeria. Mi padre nunca estuvo encima de mí, ni andaba preguntando cómo me sentía, y no lloré por eso. Me hizo el hombre que soy hoy.

​Habíamos chocado contra ese muro de hormigón mil veces. Para Javier, el afecto era debilidad y la atención, un lujo. Agotada por el funeral y el testamento, no tenía fuerzas para otra discusión circular. Suspiré.

—De ahora en adelante te pido que no hablemos de dinero delante de él. Es un niño. No merece ser parte de tus cálculos.

​Javier bebió un sorbo de agua. Sus ojos azules me evaluaron como si fuera una cifra más.

—Tendrá que espabilar. Y más si pretendes dejarle toda mi fortuna. No quiero que se convierta en un blando incapaz de gestionar un imperio.

​El posesivo me ofendió en el alma.

—No es tuya, Javier. Grábatelo en la cabeza. Todo era de tu padre, y él decidió a quién dejárselo. Punto. Y además… es tu hijo. No es una inversión, es un ser humano.

​Abrió la boca, seguro para soltar otra de sus frases lapidarias sobre el linaje Blackwood. Pero en ese instante, mis ojos volvieron al parque por reflejo maternal.

La estructura del tobogán estaba allí. Los columpios se mecían por la brisa. Pero Víctor no estaba.

Me levanté de golpe, tirando la silla hacia atrás con un estruendo. Varias personas se giraron.

​—¿Dónde está? —mi voz sonó rota.

Javier frunció el ceño.

—¿Qué pasa ahora? No habrá ido muy lejos, Valeria, no seas dramática…

​Dejé de escucharle. El ruido del restaurante se convirtió en un zumbido blanco. Salí corriendo de la terraza, ignorando el bolso, a Javier y al resto del mundo.

Solo quería encontrar a mi niño.

​Llegué a la zona de caucho con el corazón golpeándome las costillas. Miré hacia los columpios. Cadenas vacías. Hacia el tobogán. La rampa metálica brillaba desierta. El balancín de madera estaba inmóvil. Busqué a la desesperada su pelo oscuro y su camiseta de colores a ambos lados del parque.

Nadie.

​El pánico me propinó un puñetazo invisible en el pecho, dejándome sin aire. Aquel parque pequeño y seguro se volvió inmenso, laberíntico y mudo. El mundo se detuvo.

—¿Víctor? —llamé, sin poder ocultar el terror en la voz.

​Solo el silbido del viento y el motor de un coche a lo lejos me respondieron. El corazón me retumbaba en las sienes. El sudor frío me resbalaba por la espalda. Estaba a punto de gritar su nombre cuando un sonido me detuvo en seco.

Una risa grave. Profunda. Divertida.

​No pertenecía a un niño. Transmitía cierto calor familiar capaz de erizarme el vello de los brazos. Venía de la casita de madera bajo el tobogán, oculta a la vista desde la terraza.

Me quedé paralizada, con el alma en vilo, mientras el sonido de esa risa llenaba el vacío de mi pánico.