Corazón en Jaque (Serie Blackwood Game 1) Ocho
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Ocho

La escena resultaba extraña. Estábamos en el salón de abajo, nuestro refugio habitual para ver películas o montar legos con Víctor.

Damián permanecía de pie frente a mí, observándome en silencio.

Javier acababa de entrar y se plantó a su lado, tan cerca que sus hombros se rozaban, marcando territorio.

​—Bueno, hablemos como adultos —exigió Javier, disfrazando el nerviosismo con un tono duro—. ¿Cómo vamos a solucionar esto?

—No hay nada que solucionar —respondió Damián. Su tono era de hielo, inalterable.

—No pienso tener a un extraño en mi casa… la misma donde viven mi mujer y mi hijo.

​Por un instante, comprendí su postura. Era instinto básico de protección, o lo que Javier entendía por ello.

—Primero: no es tu casa —replicó Damián, tajante—. Segundo: papá lo ha resuelto. Tranquilo, no quiero la mansión para siempre, pero necesito vacaciones. Llevo seis años en Estados Unidos y unos meses aquí me sentarán bien.

​Al pronunciar la última frase, clavó sus ojos en mí. Fue un choque frontal, escrutador; una mirada capaz de desnudarte por dentro. Tragando saliva, busqué una salida pragmática. La mansión era inmensa; dos personas que se odiaban podían vivir aquí sin cruzarse en semanas.

​—Nosotros solo ocupamos el ala este —intervine, tratando de mantener la voz firme—. Puedes usar el ala oeste, la zona de tu padre. Por mi parte no hay problema. En cuanto al resto… creo que mi marido y yo deberíamos hablar a solas.

Damián se incorporó de un salto. Se quitó la chaqueta oscura con lentitud, restándole importancia a nuestra presencia.

—Voy a instalarme. Nos vemos.

​En cuanto desapareció por el pasillo, solté el aire retenido. Pero Javi no me dio tregua. Se giró hacia mí de golpe.

—¿Qué vas a hacer?

—¿A qué te refieres, Javier?

—¡Mi herencia, joder! —gritó, perdiendo los estribos—. El dinero, el fideicomiso, las propiedades, las empresas… ¡Todo lo que me pertenece!

​Me froté las sienes; el dolor de cabeza amenazaba con volver.

—Javier, tu padre ha decidido. Dejó las cosas así por una razón.

—¡Pero estamos casados! —rugió, acortando la distancia entre los dos con los puños apretados.

—Sí, y tenemos separación de bienes —le recordé, sintiendo un nudo de amargura en la garganta—. Tú mismo me lo hiciste firmar antes de la boda. Además, las herencias no entran en los gananciales. Y las cosas de Víctor… son suyas. Yo solo las administro.

​Javier empezó a dar vueltas por el salón, soltando maldiciones entre dientes.

—¡No es justo! ¡No es justo! —gritaba—. ¡Yo soy su hijo, su heredero! ¿Qué ha pasado, Valeria? ¿Te lo has… follado? ¿Es eso? ¿Te lo has tirado para que te diera la empresa?

​Actué por puro instinto. El sonido de la bofetada estalló en el salón. Me puse en pie de un salto, dejándole los cinco dedos marcados en la mejilla.

—¡Alejandro era como un padre para mí! —le grité, con la voz rota de asco—. ¡Llevo días llorando su muerte mientras tú solo te dedicas a mirar el móvil y chatear!

​Salí corriendo de allí sin esperar respuesta.

El pasillo se volvió borroso por las lágrimas.

Mi matrimonio tenía grietas, muchas, pero Javier jamás había cruzado esa línea.

Me había llamado puta en mi propia cara.

Me encerré en el cuarto y me dejé escurrir contra la puerta hasta tocar el suelo.

Las lágrimas me quemaban la piel. Me ahogaba el dolor de la traición y la falta de aire.

​Yo no había pedido nada de esto. Ni las empresas ni la mansión. Quizá tenía razón y yo era una simple intrusa en el linaje Blackwood.

Unos nudillos golpeando la madera me sacaron del pozo. Pensé que era Javier buscando disculparse, pero los toques eran rítmicos y muy suaves. Me sequé la cara con la manga, cogí aire y abrí.

​Ahí estaba Víctor. Sostenía una pelota y lucía una sonrisa gigante que se desdibujó en cuanto me vio los ojos hinchados.

—Mamá, ¿estás bien?

​Su voz infantil rompió mis defensas. Las lágrimas regresaron. Entró en silencio, empujó la puerta hasta cerrarla y se subió a la cama conmigo.

—Sí, cariño… solo tengo un día triste —mentí, esforzándome por sonar serena.

Sus dedos minúsculos intentaron secar mi rostro mojado. Ese gesto me encogió el corazón.

—Pero al abuelo no le gusta vernos llorar —sentenció, con la aplastante lógica de sus cinco años.

​Una pequeña sonrisa logró asomarse a mi boca.

—Tienes razón. Pero a veces, cuando la cabeza está muy llena de sentimientos… se escapan por los ojos.

Los suyos, de un verde esmeralda idéntico al de Damián, me miraron con tristeza.

—Yo te quiero, mamá.

Lo abracé contra mi pecho, hundiendo la nariz en su pelo. Durante un rato, mientras el mundo se despedazaba al otro lado de la puerta, todo lo demás dejó de importar.

​Ver a Víctor reír iluminaba la habitación. Mientras lo tenía acurrucado, sintiendo su respiración pausada contra mí, mi mente viajó al pasado, al día en que descubrí que venía en camino.

​ Hacía apenas un mes y medio que tenía un techo sobre mi cabeza.

Mi madre siempre decía que nadie daba algo a cambio de nada, pero Alejandro me había dado cobijo y trabajo cuando me encontraba en la calle.

En aquel entonces, yo no era más que una sombra agradecida; aún no sabía qué quería de mí, pero pronto lo descubriría.

​ Fue un lunes. Me habían asignado un empleo en el servicio de limpieza de la mansión.

Las mañanas de los lunes tocaba lavandería: horas interminables pasando ropa a las secadoras y planchando montañas de camisas impecables.

Todas de hombre; ni una sola prenda de mujer en aquella casa.

El turno era partido y empezaba muy temprano.

Aquel día no había desayunado y, tras media hora entre vapores de plancha, sentí una arcada feroz.

​ Vomité casi a los pies de la jefa de partida. Era una mujer estricta, con cara de la señorita Rottenmeier y muy mala uva, que odiaba la debilidad. Me fusiló con los ojos. Me mandó al cuarto con un simple gesto de asco, haciéndome sentir minúscula.

​ Estaba sentada en la cama de mi pequeña habitación de servicio, todavía mareada, cuando alguien llamó a la puerta. Era una compañera. Llevaba una pequeña bolsa de farmacia en la mano. Dentro había un test de embarazo.

​ —¿Quién te ha dado esto? —pregunté, confundida.

—El señor.

—¿Alejandro?

—No… Javier.

​ Se marchó, dejándome con el corazón martilleando contra las costillas.

Hacía cuarenta y cinco días que yo había perdido mi virginidad con él…

o eso creía. Aquella noche borrosa en la que todo se sintió como un sueño confuso.

Desde entonces no habíamos cruzado palabra; cada vez que lo veía por los pasillos, yo agachaba la cabeza, ardiendo de vergüenza.

​ Quince minutos después, el test descansaba sobre el lavamanos, boca abajo. No me atrevía a darle la vuelta. Lloraba sin parar, presa de un miedo atroz y de una soledad que me calaba hasta los huesos. ¿Qué sería de esa criatura? Vivía en una habitación de servicio y no tenía a nadie en el mundo.

Aun así, respiré hondo, reuní el poco valor que me quedaba y le di la vuelta.

​ Dos rayas.

​ Estaba embarazada. Apoyé las manos en el lavabo y cerré los ojos, sintiendo cómo el destino se sellaba para siempre. En ese instante, a pesar del terror, una certeza me atravesó el pecho: nunca volvería a estar sola.

​Abracé a Víctor con más fuerza. Su pequeño cuerpo encajaba a medida contra el mío, cálido y confiado, como si el mundo fuera un lugar seguro mientras yo estuviera cerca. Era una responsabilidad que a veces pesaba, pero me mantenía en pie.

Habían pasado años desde aquel baño frío. La sensación seguía siendo la misma. Él era lo único mío en este laberinto de lujos y traiciones.

​—¿En qué piensas, mamá? —preguntó, levantando la cabeza para mirarme.

Le aparté un mechón oscuro de la frente, idéntico al de su tío Damián.

—En que tengo mucha suerte.

—¿Por qué?

—Porque te tengo a ti.

​Trazó una sonrisa gigante, capaz de quitarle fuerza a cualquier bofetada de Javier o mirada de Damián.

—Yo también tengo suerte. Porque te tengo a ti.

Le hice cosquillas en las costillas y estalló a carcajadas.

—¡Mamá, para! ¡Para!

—Nunca —reí, olvidando por un segundo que la casa era ahora un campo de batalla legal.

​Al final los dos acabamos tumbados, sin aire de tanto reír. Cuando nos calmamos, Víctor pegó un salto, inagotable.

—Tengo hambre.

—Qué raro —respondí—. Eso sí que es una novedad.

—¡Mamá!

—Vale, vale —concedí, poniéndome en pie—. Vamos a cazar algo de comida.

​Nos lavamos la cara —yo para borrar el rastro de las lágrimas y él para quitarse el sudor del juego—, nos cambiamos de ropa y salimos. Al bajar las escaleras, el silencio de la mansión pesaba. Javier no estaba a la vista y el ala oeste permanecía cerrada, guardando el misterio de Damián.

​Afuera, el sol de mediodía caía fuerte, haciendo vibrar el aire sobre el asfalto.

A Víctor le encantaba salir a comer; era nuestro pequeño ritual para despejarnos.

Cruzamos el patio delantero hacia donde Desi nos esperaba con el coche, pero por un momento me detuve a mirar hacia atrás, hacia las ventanas del piso superior.

Sentí de nuevo ese pinchazo en la nuca. Alguien nos observaba tras los cristales.

​—¿Vamos, mamá? —Víctor tiró de mi mano, ansioso.

—Sí, cariño. Vamos.