Corazón en Jaque (Serie Blackwood Game 1) Siete
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Siete

El taxi avanzaba por las calles de Madrid en un silencio solo roto por el murmullo de la radio del conductor y el zumbido del aire acondicionado.

Me sentía vulnerable allí, sentada en el asiento trasero.

No estaba Desi para abrirme la puerta, ni Javier para ignorarme con su frialdad.

Solo era yo, Valeria, con un bolso que pesaba una tonelada porque dentro guardaba las llaves de un imperio que no sabía si estaba preparada para gobernar.

Saqué el móvil con los dedos temblorosos. Necesitaba una voz que no fuera la de un notario o la de un marido furioso. Marqué el número de África.

—¡Val! —su voz estalló al otro lado de la línea, llena de energía fucsia—.

¿Ya ha terminado el suplicio? Víctor está aquí conmigo.

Se ha tomado un batido de chocolate tan grande como su cabeza y ahora intenta convencer a una niña de que su tigre de peluche es un guardaespaldas real. ¿Cómo ha ido todo?

—África… —mi voz sonó pequeña, casi un susurro. Me apoyé contra la ventanilla, viendo pasar los edificios señoriales como sombras—. Ha sido una locura.

—Cariño, me estás asustando. ¿Qué ha pasado?

—Alejandro lo tenía todo planeado —tragué saliva, intentando asimilar mis propias palabras—.

Me lo ha dejado casi todo a mí. La mansión, la mayoría de las acciones de InnovaPharma, la fundación…

Javier ha perdido el control de su propio legado.

Se ha puesto hecho una furia, ha salido del despacho dando un portazo y me ha dejado allí tirada.

Se hizo un largo silencio al otro lado. Podía imaginar a mi amiga procesando la noticia, quizás ajustándose las gafas de sol mientras asimilaba que su prima política era ahora la dueña del tablero.

—¿La mansión? ¿Te ha dejado la casa? —preguntó al fin, incrédula—. Javi debe de estar echando chispas.

—Peor que eso —continué, bajando la voz—. Damián estaba allí.

El tono de África cambió. El humor se esfumó, dando paso a una nota de nostalgia teñida de dolor.

—¿Mi primo Damián ha vuelto?

—Sí. Apareció de la nada. Javier dice que está desheredado, que es un repudiado, pero Alejandro le ha dejado diez millones de euros y la parte de la empresa que era de su madre.

África, ¿por qué nadie me habló de él? Javier me lo ocultó durante cinco años.

Y la forma en que Damián me miraba… era como si me culpara de su exilio.

Tiene la misma mirada verde de Alejandro, pero fría. Afilada.

África suspiró. Escuché el tintineo de sus pulseras a través del auricular.

—Yo quería mucho a mi primo Damián, Val.

De pequeños éramos inseparables en esa casa.

Jugábamos en el jardín, se inventaba historias para asustarme y me protegía de las broncas de mi tío.

Era un chico muy bueno, de verdad. Inteligente, siempre con su tablero de ajedrez bajo el brazo, analizando cada jugada.

En la adolescencia me ayudaba con los deberes, era el responsable.

Mi padre siempre me dejaba salir de fiesta si él venía conmigo.

Pero un día se fue de golpe. Se marchó de Madrid y mi tío prohibió mencionar su nombre.

Javier se encargó de borrar hasta sus fotos.

No sé en qué clase de hombre se ha convertido después de seis años fuera, pero el Damián que yo conocí no era un monstruo; al revés, tenía un gran corazón.

—Pues el hombre que he visto hoy en el despacho no se parece en nada al niño que recuerdas —repliqué, cerrando los ojos al rememorar aquella mirada esmeralda—. Parecía un lobo esperando el momento de atacar.

África endureció la voz, adoptando un tono firme que solo usaba cuando hablaba en serio.

—Escúchame bien, Val. No dejes que su mirada te amedrente. Si Alejandro te ha dejado todo esto a ti es porque te quería. Sabía que nadie mejor que tú iba a saber llevar su fortuna y proteger el legado de los Blackwood. Pero, sobre todo, recuerda que no estás sola en este nido de víboras.

Hizo una pausa y su tono se volvió más cálido, más protector.

—Me tienes a mí, eso ya lo sabes. Y también cuentas con mi familia.

Mi padre es el único hermano de Alejandro y, aunque lo desheredaran por casarse por amor, siempre ha dicho que tú eres el aire fresco que esa casa necesitaba.

Mi madre te adora, Val. Los tienes a ellos para lo que necesites.

Y tienes a Desi, que ahora es tu escudo.

Y luego está Jasmín… ya sé que a veces es un mundo aparte, pero lleva años siendo de las nuestras y no te va a soltar la mano cuando más la necesites.

—Lo sé… —murmuré, sintiendo un nudo de gratitud en la garganta.

—Y, por encima de todo —continuó—, tienes a Víctor. Ese niño maravilloso es tu motor, es un Blackwood con el corazón puro que tú le has dado. Tienes un ejército a tu alrededor, aunque ahora solo veas sombras. Confía en lo que Alejandro vio en ti.

Sus palabras fueron un bálsamo. Me recordaron que, aunque Javier me viera como una intrusa y Damián como una usurpadora, para el hombre que había construido todo aquello yo era la pieza clave.

—Gracias, pétalo. De verdad. No sé qué haría sin vosotros.

—Pues, de momento, prepárate para la tormenta. Yo llevaré a Víctor a casa en un rato. Intenta no matarte con Javi antes de que yo llegue, ¿vale?

Colgué y guardé el móvil en el bolso, rozando con los dedos la alianza de la segunda esposa de Alejandro, la madre de Damián, que ahora me pertenecía. Mientras el taxi giraba por la calle principal que llevaba a la urbanización, me enderecé en el asiento.

Tenía que dejar de ser la mujer asustada que Javier esperaba. Alejandro me había dado una brújula para no perder el norte ni el tiempo. Y no pensaba desperdiciar ni un segundo más.

El trayecto se hizo largo. Ver subir los números del taxímetro me encogió el estómago —costumbres de cuando no tenía un duro que nunca desaparecían del todo—, pero ¿quién era yo para quejarme? Acababa de heredar una fortuna.

El taxi me dejó en la verja exterior. Me tocó cruzar el patio delantero a pie. Fue entonces cuando unos gritos rompieron el silencio de la urbanización.

—¡Jamás deberías haber vuelto! —rugió Javier, fuera de sí.

—Mira quién habla —respondió Damián, con un tono burlón y profundo.

Cuando por fin llegué frente a la entrada, la escena era dantesca. Javier intentaba abalanzarse sobre su hermano, pero Damián lo esquivaba con una gracia insultante, como si bailara. Cuanto más lo humillaba con su agilidad, más rojo de rabia se ponía mi marido.

—¡Esta es mi casa, largo! —insistió Javier, golpeando la puerta en un gesto infantil.

—Esto no es tuyo, y yo tengo derecho —replicó Damián, esquivando un manotazo sin despeinarse.

Me apoyé en la verja, observándolos. Nunca había visto a Javier así: perdido entre la furia y la torpeza, mientras Damián se movía sabiéndose dueño de la situación. Resultaba hipnótico. Y frustrante.

Desi estaba en mitad de la refriega intentando agarrar a Javier por los hombros para que no cometiera una locura, con poco éxito. Me dio pena verlo sufrir por la familia que tanto quería, así que decidí intervenir.

—¡Parad de una vez! —exclamé.

Mi voz los paralizó. Ambos se detuvieron y me miraron. Eran el día y la noche: el azul gélido de Javier frente al verde abrasador de Damián.

—¿Podéis dejar las tonterías y entrar en casa? —sentencié.

Javier se giró hacia mí como un toro herido.

—¡Esta es mi casa! ¡No es tuya ni de nadie! —gritó. Le temblaban los puños y la rabia le deformaba las facciones, provocándome un escalofrío.

Damián se interpuso antes de que Javier invadiera mi espacio. Se movió tan rápido que apenas lo vi venir; en un parpadeo ya estaba entre nosotros, sujetando a su hermano por las muñecas con frialdad. Lo contenía sin el menor esfuerzo.

—La casa, por ley, es suya —dijo Damián, sonando como una sentencia de muerte.

Javier se soltó de un tirón, acobardado. Damián lo había apretado lo justo para marcar límites claros, demostrando quién tenía la fuerza física allí. Mi marido me lanzó una última mirada de amenaza y desconcierto.

—Voy a anular ese testamento… ¿Qué le hiciste, Valeria? ¿Qué coño has hecho para que mi padre te diera esto? —escupió, dándose la vuelta y metiéndose en la mansión de una patada a la puerta.

Solté el aire retenido. La tensión acumulada se liberó de golpe y las piernas me flaquearon. Un mareo súbito hizo girar mi mundo.

Todo se volvió verde. Un verde esmeralda que me ancló de nuevo a la realidad.

Damián me observaba en silencio, con una fijeza que me erizaba la piel. Las palabras se me habían esfumado. Su mirada era dura, evaluándome, juzgándome y declarándome culpable antes siquiera de abrir la boca.

—No nos han presentado. Soy Damián —dijo, trazando una sonrisa burlona.

Ese gesto me desconcertó. Su aspecto salvaje, con el pelo negro enmarañado por el viento, le daba un aura de peligro. La tensión del ambiente no desapareció; mutó en algo mucho más inquietante.

—Valeria… —logré responder con un hilo de voz.

Se inclinó hacia mí, un gesto sutil que pareció encoger el mundo hasta encerrarnos a los dos. Su cercanía me cortaba el aliento; su forma directa de mirar me obligaba a sostenerle el pulso, aunque por dentro estuviera temblando.

—Será mejor que entremos y hablemos tomando un café —intervino Desi, estresado pero intentando mantener la calma.

Ambos asentimos. Mientras caminábamos hacia la mansión, sentí que la tensión cambiaba de forma. Damián era un enigma; Javier, un huracán. Y yo caminaba entre los dos hacia una casa que, de repente, ya no reconocía.