Corazón en Jaque (Serie Blackwood Game 1) Seis
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Seis

Mi cuerpo reaccionó al instante ante aquel tono. Grave. Profundo. De un atractivo peligroso. Me giré por puro instinto… y su imagen me dejó en shock.

​Era un hombre de mi edad. Vestía un traje oscuro hecho a medida y su físico destacaba bajo la tela, pero no fue eso lo que me dejó clavada al suelo.

Fueron sus ojos. De un verde esmeralda intenso.

Parecidos a los de Alejandro… pero más vivos.

Más afilados. El contraste con su cabello negro azabache resultaba hipnótico, y sus facciones masculinas parecían esculpidas con crueldad.

​El estómago se me encogió. No era miedo; era una sacudida distinta, casi eléctrica.

​Aquellos ojos verdes no recorrían la sala ni miraban a los demás. Estaban clavados en mí. Dos cristales impenetrables que me mantenían atrapada bajo su hechizo.

​No reaccioné hasta escuchar al notario y sentir la mano de Javier en mi pierna por debajo de la mesa.

—Ya estamos todos —anunció el hombre.

​Javier se había quedado rígido, pálido como la cera. Sus ojos azules parecían desencajados, fijos en el recién llegado con un odio palpable.

—¿Qué coño haces aquí? —murmuró con un hilo de voz.

—Lo mismo que tú. Me mandaron llamar para la lectura del testamento.

​Aquel extraño hablaba con seguridad. Su presencia transmitía la misma autoridad silenciosa de Alejandro Blackwood; imponía respeto sin esfuerzo.

Javier se levantó de golpe, empujando la silla hacia atrás con un chirrido metálico.

—Serás cabrón…

​Fue entonces cuando me fijé en el hombre situado detrás del recién llegado: un guardaespaldas silencioso. Desi, a mi lado, se levantó con los ojos empañados, ignorando la furia de mi marido.

—Damián, hijo mío… cuánto tiempo —dijo con la voz quebrada.

​Por primera vez, el chico de ojos verdes apartó la vista de mí. Ignorando a su hermano, se acercó a Desi, el hombre que durante tantos años había sido la mano derecha de su padre. Lo abrazó con cercanía, como si aquel contacto guardara años de afecto contenido.

—Te he echado de menos, tío.

—Ay, muchacho… —suspiró el hombre, emocionado—. Tendrías que haber venido a despedirte de tu padre.

​Damián bajó la mirada un instante.

—Estuve allí… —dijo en voz baja—. Solo que no quería… esto.

Alzó de nuevo los ojos. Y volvió a mirarme.

​Javier seguía de pie, rojo de rabia. Entrelacé mi mano con la suya para intentar calmarlo. Pensé que la apartaría, pero al final cedió y volvió a sentarse. Aun así, apretaba la mandíbula con tanta fuerza que parecía a punto de partirse un diente.

El notario carraspeó.

—Están aquí todas las personas estipuladas por Alejandro Blackwood. Podemos comenzar.

​Empezó a leer. Su tono era neutro, pero cada palabra parecía llevar la intención y la voz de Alejandro.

​ «A Javier, hijo mío. Te dejo los bienes de tu madre y un total de diez millones de euros. Adminístralos con cuidado y nunca olvides que el dinero no da la felicidad. Aprende de los errores, no tropieces dos veces con la misma piedra y busca la alegría donde de verdad se encuentre.»

​Un leve murmullo recorrió la sala. Entre líneas se leía la distancia afectiva de Alejandro y su lección póstuma.

​ «A Desiderio, mi amigo leal y mi familia.

Te dejo el Porsche 911 Turbo S, dinero suficiente para vivir sin preocupaciones y la casa de vacaciones de Ibiza, donde todos los años pescábamos atunes.

Pero, sobre todo, Desiderio, te encargo la protección de Valeria y de Víctor.

Mi vida, mis secretos y todo lo que soy queda en tus manos si alguna sombra osara amenazar a los míos. Confío en ti.»

​El notario respiró hondo antes de continuar, dejando que las palabras del difunto flotaran en la sala como ecos.

​ «A Valeria, mi niña, te dejo una carta para que recuerdes lo que el tiempo no debe borrar, una brújula para guiarte cuando te sientas herida, una propiedad vacacional y la colección de joyas de mi esposa.

También te dejo las empresas InnovaPharma S.A.

, BioVida Laboratories y la Fundación Luz de Vida; tu inteligencia y empatía son lo que ellas necesitan.

La casa principal también es tuya, con la condición de que mis hijos y mi nieto puedan vivir en ella siempre que no haya conflictos en tu contra.

Y suficiente dinero para que nada doblegue tu voluntad.

Toma la alianza que portó el amor de mi vida, para que te guíe en lo más profundo del corazón.»

​Mis manos empezaron a temblar. Cada objeto, cada frase, era un hilo de afecto y secretos. No era riqueza; era un mapa silencioso de lo que importaba y de lo que se protegía.

​El notario siguió leyendo:

​ «A Damián, pequeño mío, te dejo una carta con mi última voluntad. Vuelve a casa, hazte cargo de las empresas de tu madre, protege siempre a tu familia y no pierdas el norte. Te dejo diez millones de euros y el control parcial de BioVida Laboratories.»

​ «A mi nieto Víctor, te dejo todas mis propiedades y todas las joyas familiares, excepto las de mi esposa Adela.

Lo más valioso de mi legado queda en un fideicomiso que tu madre administrará, con cuidado y vigilancia, para que tu camino esté protegido y tu herencia siempre segura.

Que recuerdes que, en la vida, las piezas más valiosas no siempre se ven y que quien juega también debe proteger.

Con esto me despido. Hasta siempre.»

​El notario cerró la carpeta. Javier no esperó a que terminara la sesión. Se levantó de un salto y salió de la sala dando un portazo que hizo temblar los cuadros de las paredes.

​Los demás recibimos un sobre.

​Me quedé en la silla, atrapada en un instante fuera del tiempo.

Tenía un cuñado del que nadie me había hablado.

Según Javier, estaba desaparecido… pero Alejandro le había dejado más herencia que a él.

Y yo era ahora la dueña de la mansión, las empresas, el dinero. Demasiado para procesarlo de golpe.

​Desi salió a toda prisa tras Javier. Al recuperar un poco el enfoque, me di cuenta de que Damián ya no estaba. Había desaparecido de la sala, como un espectro que dejaba tras de sí un silencio cargado de secretos.

​Cuando salí a la calle, nuestro coche ya no estaba.

Llamé a un taxi con los dedos temblorosos, sintiéndome minúscula frente a la majestuosidad del edificio. Justo entonces, la pesada puerta de madera y bronce se cerró a mi espalda con un golpe sordo, un eco seco que me retumbó en las sienes.

​Me giré sobresaltada y lo vi.

Damián estaba de pie en el escalón superior, dominando el espacio con la altura heredada de los Blackwood. Su mirada no era de desprecio casual; escondía una sospecha oscura que me revolvió las entrañas y me hizo tiritar en mitad del verano.

​Aquel hombre no me conocía de nada. No sabía quién era yo, ni cómo había llegado a la vida de su padre, pero sus ojos verdes me escaneaban como si fuera una intrusa, una usurpadora de lo que por derecho le correspondía.

En ese instante, bajo el peso de su escrutinio, comprendí una verdad aterradora: era mucho mejor no ser su enemiga. Pero, con el testamento de Alejandro aún quemándome en el bolso, me temía que ya era demasiado tarde para eso.