Cinco
Las horas se estiraban hasta volverse insoportables.
A pesar del aire acondicionado, el ambiente dentro del tanatorio resultaba denso, casi sólido.
Sentía la muerte igual que una losa invisible sobre los hombros, mezclada con murmullos apagados y una tensión capaz de erizarme el vello.
Aquel perfume dulzón de las coronas de flores empezaba a marearme, llenando mis pulmones de un rastro de despedida que no quería aceptar.
En mitad de aquel sepelio, algo me perturbó más que el propio dolor.
Más allá del aire viciado, tenía la extraña certeza de que alguien me clavaba los ojos en la nuca.
Giré la cabeza un par de veces, buscando al responsable entre la multitud de trajes oscuros, pero solo encontré rostros vacíos y conocidos fingiendo estar presentes.
Esa sensación no me abandonó ni un segundo; un pinchazo constante, una sombra dispuesta a seguirme incluso al caminar hacia la salida.
Al subir por fin al coche, un latido doloroso me castigaba las sienes.
Cerrar la puerta y dejar atrás aquel nido de víboras supuso un alivio a medias, empañado por la inquietud que seguía vibrando bajo mi piel.
Apoyé la cabeza contra el cuero del asiento y cerré los ojos.
La pregunta me quemaba la lengua. Tenía que soltarla.
—¿Tienes un hermano? —solté, directa, sin abrir los ojos.
Noté el cambio de energía en el interior del vehículo al instante. La postura de Javier se tensó y, por primera vez en todo el día, me miró de verdad. Sus ojos azules cargaban con una sospecha oscura.
—¿Qué sabes? —su voz fue un siseo.
—Javier, ¿tienes un hermano, sí o no?
Mis dedos jugaban con la correa del bolso por puro nervio. Sus manos apretaron el volante hasta blanquear los nudillos. Estaba a la defensiva, arrinconado.
—Un hermanastro, sí —escupió al fin—. Ahora respóndeme tú: ¿cómo demonios te has enterado?
—Llevamos cinco años casados —repliqué, sintiendo una oleada de indignación que me quemaba el pecho—. ¿No crees que yo merecía saber ese pequeño detalle?
Una punzada de amargura me revolvió el estómago.
Yo, que venía de la nada, que me había sentido tan sola hasta que Alejandro me rescató, creía haber encontrado por fin una familia.
Un puerto seguro. Pero en ese instante me sentí una intrusa, una pieza externa que solo conocía la versión editada de su historia.
—Está desheredado. Repudiado —soltó con un desprecio capaz de helar la sangre—. Hace años que se marchó por su propia cuenta… y no va a volver. No es parte de esta familia, Valeria. Es una mancha que mi padre borró hace mucho tiempo.
—¿Una mancha? —me giré hacia su asiento, incapaz de contenerme—. Javier, hablamos de un ser humano. ¿Dónde estaba en nuestra boda? ¿Por qué no asistió al bautizo de Víctor? ¿Cómo pudisteis actuar ignorando su existencia mientras celebrábamos momentos sagrados para la familia?
Dolió recordar las fotos de nuestra boda, los brindis, el día que presentamos a nuestro hijo. Todo parecía ahora una farsa coreografiada, una puesta en escena de la que habían borrado a alguien de la fotografía original.
—Todo esto no te incumbe —sentenció, volviendo la vista a la carretera provisto de una dureza final—. No estuvo porque no merecía estar. Es pasado, Valeria. Tierra quemada. ¡Dímelo! ¿Quién te ha hablado del tema?
—La gente no dejaba de cuchichear en el velatorio —le dije, manteniendo la voz firme a pesar del nudo en la garganta—. Parece que la única que no sabía nada era yo.
Sus hombros perdieron tensión ante mi respuesta, al creer que solo eran chismes de pasillo.
—Lo siento. De verdad. No tiene importancia —añadió. Intentaba suavizar el tono, aunque sus palabras seguían hechas de hielo—. Dejó de existir para nosotros hace mucho. No permitas que un fantasma te arruine el día.
Me encogí contra la puerta, clavando la vista en el asfalto.
El silencio volvió a instalarse, espeso y tóxico.
Javier no solo odiaba a su hermano; le aterraba que su sombra pudiera tocar la vida perfecta que tanto se había esforzado en inventar.
¿Qué otras sombras escondían bajo las alfombras de nuestra mansión?
El entierro supuso un adiós definitivo bajo un cielo anaranjado que precedía al atardecer. No me quité las gafas de sol; mis ojos eran dos heridas abiertas y no quería que nadie leyera mi dolor. Durante toda la ceremonia, la misma presencia invisible me siguió entre las tumbas.
Al llegar a casa, solo quería refugiarme en la normalidad. Desiderio, que nos esperaba en la puerta, me dedicó una mirada de soslayo que me reconfortó más que cualquier palabra de mi marido. Era el único que parecía entender cómo aquella casa se estaba desmoronando.
Desperté a la mañana siguiente con una mata de pelo negro tapándome la visión.
El olor cálido y familiar de mi hijo me devolvió la calma.
Tenía su pequeño pie clavado en mi costado, pero sonreí.
Eran las siete de la mañana. Me levanté con cuidado y fui a la cocina a preparar café.
Hoy era la lectura del testamento. Javi decía que todo volvería a la normalidad, pero yo sentía que el suelo bajo mis pies seguía temblando.
—¿Dónde estabas? —preguntó Javier al verme entrar en el dormitorio. Ya estaba despierto, impecable.
—He dormido con Víctor.
—África se queda con él mientras vamos al notario —dijo mientras se ajustaba la chaqueta—. Mi padre estipuló que debíamos ir allí, no quería trámites en casa.
Me preparé con rapidez. Elegí unos pantalones de lino y un top negro, algo equilibrado, ni muy solemne ni muy informal.
—¿Por qué no te pones los pendientes que te regalé en Navidad? —sugirió desde el umbral.
Javier tenía la costumbre de comprarme joyas carísimas en cada festividad. Una forma de tapar con diamantes las grietas de nuestro matrimonio. Casi nunca las usaba. Los excesos me daban náuseas.
—Hoy mejor no —corté.
La conversación murió ahí, como siempre.
El despacho del notario era un santuario de madera cara y olor a cera. El hombre que nos recibió era un viejo conocido de Alejandro. Nos sentamos frente a su mesa, rodeados por el peso de la herencia.
—Bien, empecemos —apremió Javier, ansioso por terminar con el trámite.
—Tenemos que esperar a alguien más —respondió el notario con calma desesperante.
Fruncí el ceño. ¿A quién? Repasé en mi cabeza lo que sabía de la historia de los Blackwood mientras el silencio se volvía denso en la sala.
Alejandro siempre fue un hombre de contrastes, fruto de una unión poderosa: su padre era un caballero inglés del que heredó el apellido y un puñado de pequeñas empresas, pero su verdadero imperio procedía de su madre española.
Ella le dejó en herencia la joya de la corona, la empresa farmacéutica que había cimentado la inmensa fortuna de la familia.
Pero el dinero no pudo comprarle la felicidad.
Era un hombre marcado por la pérdida; sus dos esposas habían muerto jóvenes.
La primera, víctima de una enfermedad del corazón; la segunda, por un devastador cáncer de huesos.
Aquellas tragedias lo llevaron a abrir una fundación dedicada en exclusiva a la investigación de enfermedades raras y un par de clínicas punteras.
Era su forma de luchar contra el destino que le había arrebatado a sus grandes amores.
En cuanto a la familia, el árbol genealógico terminaba en Javier.
Los padres de Alejandro habían muerto hacía décadas, y su único hermano —el padre de África— había sido desheredado por su propio padre.
¿Su gran crimen? Haber perseguido el amor por encima del deber y el legado Blackwood.
De esa unión prohibida nació África, la sobrina que Alejandro adoraba pero que, por técnica legal, estaba fuera de la línea sucesoria principal.
Por eso no entendía la espera. No quedaba nadie más. No debería haber nadie más.
La tensión se volvió física. Los ojos de Javier se oscurecieron, convertidos en dos esquirlas de hielo.
—¿A quién hay que esperar? —preguntó, molesto.
En ese momento, la puerta del despacho se abrió para dejar paso a Desi. Al verlo, solté un suspiro de alivio; siempre había sido el apoyo incondicional de Alejandro.
—¿Ha dejado dinero al servicio? —murmuró Javier con un desprecio capaz de hacerme hervir la sangre.
—Desi es de la familia, Javier —le susurré, apartándome.
Javier parecía a punto de estallar.
—Ahora va a entrar la señora de la limpieza, ya verás… —masculló entre dientes.
Sin embargo, antes de que pudiera añadir nada más, unos pasos firmes resonaron a nuestra espalda y un aroma dulzón —el mismo que me había inquietado en el cementerio— inundó el recinto.
Entonces, una voz grave y cargada de ironía letal rompió el sepulcral silencio del despacho.
—No, hermanito. Aunque admito que siempre se me han dado bien las tareas domésticas… sobre todo limpiar la mierda ajena. Pero tranquilo, hoy solo he venido a verte la cara.