Corazón en Jaque (Serie Blackwood Game 1) Cuatro
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Cuatro

Desi mantenía las manos firmes sobre el volante, con la calma profesional que siempre me transmitía seguridad.

A su lado, nuestro jefe de seguridad vigilaba el entorno.

Nunca llegué a entender del todo por qué necesitábamos semejante despliegue, pero Alejandro siempre decía que nadie alcanza la cima sin pisar a unos pocos por el camino.

Aquella frase, que en su boca sonaba a advertencia, hoy me resultaba amarga.

​Para mí, Alejandro nunca fue ese hombre implacable que otros describían.

Fue quien financió mis estudios, quien me impulsó a investigar y me dio un lugar de respeto en su organización.

Jamás me miró por encima del hombro ni intentó apagar mi voz.

Fue mi mentor, mi refugio y el mejor abuelo que Víctor podría haber tenido.

Lo echaba tanto de menos que el aire me quemaba los pulmones.

​—¿Te puedes estar quieto de una vez? ¡Eres insoportable con ese baile de San Vito!

La voz de Javier cortó el aire del coche como un latigazo.

Víctor, que había estado dando pataditas rítmicas al asiento, se encogió al instante y se hizo pequeño contra el respaldo.

Me hirvió la sangre. Javier sabía de sobra que el TDAH de su hijo no era una elección; no se trataba solo de hiperactividad física, sino de una mente funcionando a mil revoluciones que necesitaba movimiento para no colapsar.

​—¿Por qué no jugamos al «veo-veo», cariño? —propuse, acercándome a él para romper la tensión.

—¡Sí! —respondió con un hilo de voz.

​Javier no añadió nada más. Se colocó los auriculares y clavó la vista en la ventana, ignorándonos mientras atravesábamos los dominios de su familia con indiferencia gélida.

Así transcurrió el resto del viaje: yo intentando mantener a salvo el mundo de mi hijo mientras su padre se encerraba en su propio búnker de cristal.

​Al llegar al tanatorio, el panorama era abrumador. Trajes oscuros, coronas de flores acumuladas en la entrada y una multitud que confirmaba que Alejandro Blackwood no era un hombre cualquiera.

—Hemos llegado —anunció Desi en voz baja.

Víctor se pegó al cristal.

—¿Aquí está el abuelo?

—Sí, amor —respondí, sintiendo una punzada de dolor. Aún no comprendía que «estar» no significaba despertar.

​Javier salió del coche de inmediato, práctico y directo, considerando las emociones un estorbo que retrasaba su agenda.

Yo me tomé un segundo extra con Víctor, prometiéndole que pronto llegaría su prima África para llevarlo a comer algo divertido.

Sus dedos tamborileaban nerviosos contra la puerta, pero la idea del Burger King pareció calmarlo.

​Al entrar, el aire acondicionado me recibió con un frío irreal. Javier firmó el libro de condolencias a una velocidad que me resultó casi ofensiva y, de inmediato, los buitres sociales lo rodearon.

—Lo siento mucho, Javier.

—Una pérdida irreparable…

​Me quedé atrás, sujetando la mano de mi hijo y sintiendo una extraña inquietud. Sentía una mirada clavada en la nuca, una corriente eléctrica que me obligaba a girar la cabeza sin parar, pero no logré encontrar a nadie conocido entre la multitud.

Dejé a Víctor con su padre un momento y me acerqué al ataúd. Alejandro parecía dormido, estoico incluso en la muerte. Una lágrima solitaria me recorrió la mejilla y, justo en ese silencio cargado de incienso, me alcanzaron los murmullos de un grupo de desconocidos.

​—Es el hijo pequeño… —susurraba una mujer—. Algo grave debió hacer para que Alejandro lo mandara tan lejos.

—Dicen que lo desheredó por temas de drogas —respondió otro.

—¿Habéis visto? Es el hermano de Javier… a lo mejor solo ha venido por la herencia.

​Me quedé petrificada. ¿Hermano? Llevaba cinco años casada con Javier y jamás había mencionado tener un hermano. Mi cabeza empezó a dar vueltas. ¿Sería adoptado? ¿Un secreto familiar inconfesable? El suelo se volvió inestable.

Volví junto a Javier, que ignoraba por completo a Víctor mientras estrechaba manos.

—¿Podemos hablar? —le susurré, con el corazón martilleándome en los oídos.

—No es el momento, Valeria.

—Es importante.

—¡Estoy en el velatorio de mi padre! —exclamó, elevando la voz lo suficiente para que varias personas se giraran—. ¿Hay algo más importante que esto?

​La vergüenza me tiñó las mejillas. Retrocedí, sintiendo que las paredes del tanatorio se cerraban sobre mí. Necesitaba aire. Necesitaba salir de allí antes de que la ansiedad me ganara la partida.

​Por suerte, un imponente Porsche Cayenne de un color rosa metalizado que rozaba lo escandaloso se detuvo frente a la entrada.

De él bajó África, y verla fue recibir una bocanada de aire fresco en mitad de un incendio.

A pesar del luto, se negaba a renunciar a su esencia: llevaba el pelo teñido de un rosa vibrante que brillaba bajo el sol de Madrid, a juego con el coche.

Aunque el vestido era negro, los accesorios y el maquillaje en tonos fucsia chillón gritaban su nombre a los cuatro vientos.

Era una chica de gustos extravagantes, pero tenía el corazón más grande que la mansión de los Blackwood.

​Al verme, sus ojos —del mismo verde que los de Alejandro— se llenaron de preocupación genuina.

—¡Valery, ya estoy aquí! —exclamó, rodeando el coche para estrecharme en un abrazo que olía a libertad.

—Gracias, África. De verdad, gracias —susurré, aferrándome a ella.

​Era sobrina de Alejandro, y sabía que estaba sufriendo por él, pero renunciaba a su propio lugar en el velatorio por Víctor y por mí.

Mi mente voló al pasado mientras la sentía cerca.

África fue la primera amiga de verdad que tuve; nos conocimos poco después de quedarme embarazada, cuando yo era apenas una intrusa asustada en aquella familia de hielo.

Siendo la prima de Javier, podría haber sido mi enemiga, pero decidió ser mi guía, mi escudo y la hermana que la vida no me dio.

​Me separé un poco para mirarla a los ojos, todavía con el pulso acelerado.

—África, ¿Javier tiene un hermano? —solté sin preámbulos.

Parpadeó, un tanto confundida por la urgencia de mi tono.

—Sí —respondió con naturalidad, hablando del tema como si comentara el clima.

​El mundo pareció detenerse.

—¿Por qué nunca me lo has dicho? —le recriminé, sintiendo una mezcla de alivio y traición.

Se encogió de hombros, mirándome con una sencillez desarmante.

—Nunca me preguntaste, Valery.

​Me quedé sin palabras. Tenía razón. En cinco años, nunca había escarbado lo suficiente en el pasado de Javier como para interesarme por hermanos olvidados. África me tomó de las manos y me devolvió al presente.

—Ahora no es el momento de romperte la cabeza con eso. Tú solo respira. Yo me llevo al pequeño terremoto a que se desfogue; este lugar es una cárcel para él y necesita quemar energía.

Se inclinó hacia mi oído, bajando la voz.

—Recuerda lo que hablamos. Tienes el poder, aunque Javier intente anularte. Sé fuerte.

​Asentí, asimilando sus palabras y encontrando la firmeza que me faltaba.

—Venga, campeón, vamos a por ese batido gigante —le dijo a Víctor, ayudándolo a subir al coche.

​La vi marcharse y me quedé allí, observando cómo aquel destello rosa desaparecía entre los coches fúnebres.

África era mi único vínculo con la cordura, pero me había dejado una confirmación que me quemaba por dentro.

Me ajusté las gafas de sol, tomé aire y volví a entrar al tanatorio.

Tenía que descubrir quién era ese hermano y por qué su existencia había sido un secreto para mí durante media década