Tres
Damián
Detesto volar. Incluso rodeado por el lujo aséptico del jet privado, el tiempo se estira hasta volverse insoportable.
Llevo seis años proyectando mi regreso, ensayando cada paso, y ahora que el momento está a solo unos miles de pies de altura, la ansiedad me clava un gancho constante en el estómago.
¿Quería a mi padre? Es una pregunta que he evitado casi una década.
Pasé mucho tiempo convenciéndome de que el odio era mi único combustible para seguir en pie en Boston.
Alejandro Blackwood jamás permitió que me faltara dinero, pero su afecto era una moneda que se negaba a gastar conmigo.
Fui el fruto del segundo matrimonio, al que amó con locura; tras la muerte de mi madre, me convertí en el recordatorio vivo de su pérdida.
Decía que mi pelo negro y mis gestos eran un calco de los suyos. Supongo que mirarme le dolía demasiado.
Para acallar la cabeza, me obligo a mover el cuerpo.
Sudo a mares golpeando el saco de boxeo, buscando que el agotamiento físico anestesie la rabia.
Al terminar, me observo en el espejo empañado de la ducha.
La barba de varios días me da un aire severo.
Mis ojos verdes —la única herencia que Alejandro no pudo negarme— brillan con una intensidad nueva.
Ya no soy el crío que huyó con la cabeza baja.
Cuando me ajusto la chaqueta oscura, Henry ya espera junto a la salida de la cabina. Su presencia es inquebrantable, una roca en mitad de la marea.
—Listo, señor —dice, con su habitual tono seco.
—No me llames señor, Henry. Te lo he dicho mil veces.
—Es mejor dejar clara su posición antes de entrar en esa casa —respondió, dejando asomar su acento americano.
Miro a Henry y, por un segundo, olvido el funeral.
Es lo más parecido a un hermano que me ha dado la vida, aunque nuestra historia empezara en el lugar más oscuro posible.
Lo conocí hace tres años en un hospital de Boston: estaba sentado en un pasillo de luces fluorescentes, con las manos manchadas de sangre y una desesperación en la mirada exclusiva de los hombres que ya no tienen nada que perder.
Henry es un exmilitar de élite, un hombre entrenado para la guerra que, al regresar a la vida civil, se encontró con un sistema que le daba la espalda mientras su hermana se apagaba en una cama de hospital.
No podía pagar las facturas médicas; al soldado que había sobrevivido a emboscadas en el desierto lo estaba derrotando la burocracia y la falta de dinero.
Algo en su mirada me detuvo ese día. Vi el mismo desamparo que sentí cuando mi padre me mandó al exilio, pero multiplicado por mil.
Me hice cargo de los gastos de su hermana y, a cambio, Henry me entregó su lealtad.
Fue mucho más que un trato comercial; con el tiempo, su disciplina y su instinto protector se convirtieron en mi refugio.
Me enseñó a pelear, a leer las intenciones de la gente y a endurecer el corazón.
En el frío de Boston, nos convertimos en la familia que nos faltaba a los dos.
Al bajar del avión, el aire caliente y seco de Madrid me recibe revolviéndome el estómago.
El trayecto hasta el tanatorio es un desfile de calles que una vez fueron mías y que ahora recorro siendo un extraño.
Alejandro se encargó de difundir que me había ido por voluntad propia, que quería romper lazos.
Incluso dejó caer que me había borrado del testamento, una mentira que todos aceptaron sin rechistar.
Cuando el coche se detiene frente al edificio de granito, Henry baja primero para escanear el entorno con su agudeza táctica. Salgo después y camino hacia la entrada fingiendo una seguridad que se ha convertido en mi mejor armadura. Nadie espera verme aquí.
El frío del aire acondicionado choca contra mí al entrar, mezclado con el olor empalagoso de los lirios. Me acerco a la mesa donde descansa el libro de firmas y escribo mi nombre de un trazo firme: Damián Blackwood.
La mujer que custodia el libro lee el nombre y su rostro se congela por un instante.
Sus cejas se juntan y vuelve a mirarme, buscando en mí al chico que desapareció hace seis años.
No digo nada. Le sostengo la mirada con calma, cierro el libro y avanzo hacia el corazón del tanatorio.
Henry camina medio paso por detrás de mí: mi sombra y mi escudo.
Sé que los murmullos no tardarán en empezar. Sé que mi presencia en la sala será igual que soltar un lobo en un redil de ovejas.
Damián ha vuelto, y la partida de ajedrez que empezó mi padre está a punto de complicarse