Corazón en Jaque (Serie Blackwood Game 1) Dos
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Dos

​Seguía en la cocina cuando escuché el ritmo ligero de unos pies bajando la escalera. No necesité girarme para saber de quién se trataba.

—Mamá.

—Buenos días, cariño.

Se acercó y se refugió contra mi pierna. Le acaricié el pelo, sintiendo ese calor que solo emiten los niños, como si guardaran un sol propio bajo la piel.

—¿No podías dormir? —le susurré.

—He tenido un sueño raro —murmuró, acurrucándose más contra mí. Lo alcé para sentarlo en la encimera y poder abrazarlo de verdad—. El abuelo no estaba.

​Mi mano se detuvo en su espalda. Respiré hondo, intentando que la opresión en el pecho no me impidiera hablar. Tenía cinco años. Era demasiado pequeño para entender la muerte, pero no para sentir el vacío que deja la ausencia.

—Hoy vamos a despedirnos de él —le dije, buscando las palabras con cuidado.

—¿Se va de viaje? —quiso saber, ladeando la cabeza.

​Tragué saliva. Los adultos nos protegemos tras palabras como «funeral» o «pérdida», pero los niños solo entienden de regresos. Aparté el mechón rebelde que siempre bailaba en su frente.

—No es eso. El abuelo… ya no puede quedarse con nosotros.

—Pero dijo que me enseñaría a montar en el caballo grande —murmuró, bajando la mirada hacia su tigre de peluche.

​Se me formó un nudo en la garganta. Su abuelo siempre encontraba un hueco para él entre sus negocios y llamadas; se convertía en el hombre que contaba historias absurdas o se perdía en una partida de ajedrez en el jardín.

—Lo sé, amor. Lo sé.

—¿Está enfadado?

—No, nunca contigo. Te quería más que a nada en el mundo.

​Víctor procesó la información con una gravedad que no le correspondía a su edad.

Entonces Noche apareció en silencio desde algún rincón de la cocina, como hacía siempre, y se enroscó alrededor de las piernas de Víctor ronroneando.

Mi pequeño gato negro de ojos verdes, recogido de la calle años atrás, tenía ese don: aparecer justo cuando alguien lo necesitaba.

Víctor lo alzó y lo apretó contra su pecho antes de rodearme el cuello con sus brazos pequeños.

​—¿Hoy hay que ponerse ropa de mayores? ¿La que pica?

Se me escapó una risa triste.

—Esa misma.

​Subimos juntos la escalera. Su habitación, iluminada ahora por la luz cruda de la mañana, era un caos de bloques de construcción y dinosaurios que parecían montar guardia. Saqué el pequeño traje negro que colgaba al fondo del armario.

Víctor lo miró como si fuera un enemigo personal.

—No me gusta. Pica —protestó mientras le abotonaba la camisa blanca.

—Es probable —admití—. Pero es solo por hoy.

​Cuando terminé, parecía un pequeño caballero indignado. Antes de que pudiera escapar, me miró de frente, con esa capacidad que tienen los niños de ver a través de las máscaras.

—Mamá, ¿tú también estás triste?

La pregunta me golpeó en el centro del pecho. Le sonreí, aunque sentí que la sonrisa pesaba una tonelada.

—Sí, Víctor. Mucho.

​Asintió, como si mi respuesta fuera la pieza que le faltaba. Me dio un último abrazo apretado antes de salir corriendo detrás de Noche.

Me quedé sola y me dirigí a mi dormitorio. ¿Qué se pone una para enterrar a la persona que era su único refugio? Recordé el funeral de mi madre; en esa ocasión yo no tenía nada negro, solo un chándal rosa y el corazón roto. Hoy, en cambio, mi armario estaba lleno de luto caro.

​—¿Aún no te has vestido?

La voz de Javier me llegó desde atrás.

Ya estaba enfundado en su traje oscuro, impecable.

Era un hombre atractivo, de eso no había duda; de constitución atlética y con unos ojos azules que solían ser un imán para cualquier mujer.

Sin embargo, no se parecía en nada a su padre.

Víctor había heredado el verde de Alejandro y mis pecas, pero Javier parecía haber nacido de un molde distinto, uno más frío.

​Me miré al espejo. Mis ojos color miel estaban enrojecidos y contrastaban con mi cabello rubio.

Elegí un vestido negro liso, sencillo, y unas gafas de sol para ocultar el rastro del insomnio.

Cuando me giré, lo encontré sentado en la cama, revisando su móvil con una indiferencia que me revolvió el estómago.

—Va a ser un día duro —dije, tratando de buscar una grieta de humanidad en él—. Vendrá tu tío, la familia lejana… ya sabes, además de los conocidos de negocios, amigos… Te darán el pésame, querrán hablar contigo.

—Bah, estaremos un rato, nos dejamos ver y nos volvemos —respondió sin levantar la vista—. Estoy cansado.

​Sentí un impulso violento de empujarlo para que reaccionara ante la muerte de su propio padre.

—Por Dios, Javi, ten un poco de respeto.

—Bueno, espero que a mi tía no le dé un infarto hoy —añadió con una sonrisa cínica—; si no, aprovechamos y hacemos un dos por uno.

​Me quedé helada, escandalizada por su crueldad. Se levantó, se acercó con esa confianza física que siempre le sobraba y me plantó un beso rápido en la mejilla.

—Venga, no te lo tomes tan a pecho, quiero mucho a Dolores.

Y con esa frase, me dejó sola en la habitación.

​ Me quedé inmóvil, mirando la puerta cerrada, sintiendo cómo el eco de su indiferencia rebotaba en las paredes. El silencio de la casa, que antes me parecía solemne, ahora me resultaba asfixiante.

​Justo cuando sentía que la rabia iba a ganarle el pulso a la tristeza, mi móvil vibró sobre la mesita de noche. Lo tomé con los dedos todavía temblorosos. Era un mensaje de África:

​📱 [Mensaje de WhatsApp de África]

​ “Sé que hoy el mundo pesa el doble, mi niña. Yo estoy intentando no desmoronarme por lo de mi tío, pero me preocupa mucho más cómo estás tú. No tienes que fingir conmigo, ¿vale? Aquí estoy para cuando necesites escapar de todo. Te quiero mucho.”

​Apreté el teléfono contra mi pecho y solté un aire que no sabía que estaba reteniendo.

África era mi mejor amiga y estaba sufriendo —Alejandro no solo era su tío, era su referente— y aun así, encontraba fuerzas para ser mi red de seguridad.

Su generosidad me hizo sentir una punzada de culpa, pero también fue el primer rastro de calor humano que sentía en toda la mañana.

Ella perdía a un tío, pero sabía que yo estaba perdiendo mi único refugio en esa casa.

​Me puse las gafas de sol, ocultando no solo los ojos enrojecidos, sino la pequeña chispa de gratitud que el mensaje había encendido.