Corazón en Jaque (Serie Blackwood Game 1) Uno
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Uno

Me desperté con el cuero cabelludo ardiendo, un picor nervioso que me recordaba la falta de sueño.

Otra noche en blanco. Los ojos me escocían, pesados e hinchados tras llorar sin fin.

A mi lado, Javier roncaba con una regularidad irritante; un sonido rítmico, casi obsceno por lo imperturbable.

El mundo seguía girando en su eje perfecto mientras el mío se había hecho añicos.

¿Cómo podía dormir así? Me quedé mirando el techo en penumbra, sintiendo los pensamientos agolpándose en mi cabeza, espesos y grises, fundidos con el aire de la habitación.

La luz que se filtraba por las cortinas era indecisa, una claridad de cementerio que no llegaba a ser día.

Me puse las zapatillas de estar por casa y sentí una punzada de rechazo.

Aquí todo estaba diseñado para no pasar nunca frío, en un intento inútil de que el lujo anestesiara el dolor.

​—¿Señora?

​El sobresalto fue tal que el café bailó en mi mano y mi antebrazo chocó contra la sartén aún caliente. El siseo del metal contra mi piel me arrancó un gemido.

—¡Ah, joder! Desi, casi me da un infarto.

​Desiderio se acercó con el rostro contraído por la culpa. No era solo un chófer; era el rastro vivo de Alejandro, su sombra y su amigo fiel durante décadas.

—Perdone, no quería asustarla. Déjeme ver eso.

​Sus manos, expertas y tranquilas, me tomaron por el brazo mientras sacaba el botiquín. El algodón frío sobre la quemadura me hizo apretar los dientes.

—Listo —murmuró tras vendarme con una agilidad que contrastaba con su figura rechoncha—. ¿Usted tampoco podía dormir?

​Negué con la cabeza, incapaz de mentir. Miré el tazón humeante y luego hacia la planta de arriba.

—Me sorprende que Javier pueda —solté, con un tinte de amargura imposible de ocultar.

—Bueno, ya sabe que tiene un sueño profundo... —respondió Desiderio, tratando de suavizar el golpe.

​El mutismo que siguió no fue incómodo; era un espacio compartido por la pérdida.

Cerré los ojos y la cocina desapareció. Lo recordé igual que el primer día.

Alejandro no solo tenía dinero; imponía una autoridad natural, una presencia que te hacía creer que nada podía tocarlo.

Pero lo que me desarmó no fue su poder, sino la dulzura inesperada de su mirada al encontrarme.

Yo era una mota de polvo, invisible y perdida, y me ofreció un refugio.

Me enseñó que la seguridad es una forma de amor, y que no todo lo invencible tiene por qué ser frío.

​Ahora, con la venda apretando la herida y la cocina vacía, el peso de los muros era asfixiante. Se había ido la única persona que me hacía sentir a salvo. Solo quedaba esta mansión inmensa y un marido que roncaba mientras yo me quemaba.