Corazón en Jaque (Serie Blackwood Game 1) PROLOGO
2%
Corazón en Jaque (Serie Blackwood Game 1)

Corazón en Jaque (Serie Blackwood Game 1)

Por Amanda Samchez

© inepub.com

PROLOGO

​ La noche era pegajosa. Madrid no solía tener esa temperatura en junio, pero el aire estaba espeso, cargado.

Había terminado bachillerato con matrícula de honor, rodeado de sonrisas fingidas y fotos.

Sus amigos insistieron en celebrarlo, pero él no tenía ganas; en casa las cosas estaban tensas y, aunque no sabía de cierto por qué, lo intuía. Siempre lo hacía.

​A la segunda copa, el mundo empezó a deslizarse unos milímetros fuera de su eje.

No fue algo súbito, sino sutil. Primero sintió la lengua pesada; después, un calor extraño tras los ojos y la sensación de que el suelo respiraba bajo sus zapatos.

No estaba borracho —apenas había bebido—, algo no encajaba.

​En el coche, el cuero del Mercedes le mareaba. El olor, antes limpio, ahora era insoportable: metal caliente, colonia cara, gasolina. Todo era demasiado intenso. Desi dijo algo que no entendió del todo.

—Para... para un momento —pidió, con la voz espesa.

​No quería manchar la tapicería ni darle a su hermano el gusto de reírse de él durante semanas.

La puerta se abrió y el aire de la calle le golpeó la cara, pero no ayudó.

El callejón estaba oscuro y húmedo. Vomitó con violencia, como si quisiera arrancarse algo del estómago, mientras su mundo oscilaba. Se apoyó en la pared y respiró.

​Y entonces lo oyó.

Un grito. No fue largo, sino ahogado. Su mente tardó en procesarlo, como si alguien hubiera puesto algodón entre él y la realidad. Le siguieron los pasos apresurados, el rasgar de una tela y una risa masculina demasiado cercana.

​—Perra. Me ha mordido.

Otra voz, más nerviosa, replicó:

—Tiene ketamina en sangre para tumbar a dos caballos. ¿Cómo puede seguir moviéndose?

​Las palabras flotaban, llegaban fragmentadas.

Ketamina. Caballos. Risa. Su visión se estrechó y lo supo: algo iba muy mal.

Intentó caminar recto, pero el suelo no cooperaba.

Cada paso era una decisión consciente en un callejón que parecía más largo de lo que debía ser.

Y entonces los vio. Tres sombras rodeando un cuerpo pequeño contra la pared.

Uno de ellos sostenía una jeringuilla, otro le sujetaba las muñecas y el tercero miraba alrededor, alerta.

​No debería meterse. Lo sabía. Su cabeza giraba como una moneda sobre una mesa y podía irse, pero no lo hizo. Se movió primero contra el que estaba más atrás. El golpe no fue elegante; fue torpe, impulsado por rabia más que por técnica. Aun así, resultó suficiente. Un crujido seco y el cuerpo cayó.

​El mundo volvió a inclinarse. El segundo apenas tuvo tiempo de reaccionar ante dos golpes rápidos.

Sintió cómo sus nudillos ardían y el aire sabía a hierro.

El tercero sacó una pistola. Todo se volvió extraño y lento, pero no pensó.

Se lanzó. La culata chocó contra un cráneo con un sonido sordo.

Otro cuerpo al suelo. Su respiración era irregular y la visión se le duplicaba.

​Y entonces la vio, no como objeto ni como una mujer vulnerable, sino como un ángel que no pertenecía a aquel lugar.

Su pelo rubio estaba pegado al rostro por el sudor y la suciedad, pero aun así parecía emitir luz.

No un brillo poético, sino una luz real, casi dolorosa en la penumbra.

Sus ojos no eran amarillos; eran dorados, como cuando el sol atraviesa miel espesa.

Lo miraban sin comprender, intentando enfocarlo.

Olía a calle, a humedad, a miedo. Y debajo de eso, algo limpio, a jabón barato, quizá.

Tenía el chándal rasgado, una rodilla ensangrentada y los labios partidos.

Y, a pesar de todo, estaba luchando. No lloraba.

​Le sostuvo la mirada un segundo demasiado largo. El tiempo se deshizo. El mareo desapareció por un instante, como si su cuerpo hubiera encontrado un punto fijo en medio del vértigo. Algo se acomodó dentro de él. No sabía su nombre ni sabía nada, pero supo que no podía dejarla allí.

​La levantó. Pesaba menos de lo que esperaba, demasiado ligera, y sintió sus dedos aferrarse a su camiseta con una fuerza sorprendente. El mundo volvió a inclinarse. Caminó hacia el coche como si cruzara un puente inestable.

​Desi salió alarmado.

—¿Qué ha pasado?

—Tres tipos. Drogados —le costaba articular—. Llama a la policía… y arranca.

—¿A dónde vamos?

​Miró a la chica en sus brazos. Su respiración era irregular, pero seguía consciente. Sus ojos no se apartaban de él. El callejón olía a vómito, sangre y gasolina.

—A casa.