Treinta y siete
El aire gélido del aparcamiento del Palacio de Cibeles chocaba contra el calor que todavía traía en la piel. Los flashes de los últimos periodistas se reflejaban en el hormigón, pero allí abajo la elegancia se había evaporado. Solo quedaba la rabia.
Javier me arrastraba del brazo con una fuerza que me cortaba la sangre. Ya no era el hijo perfecto: llevaba la corbata desanudada, el pelo revuelto y una mirada desquiciada. Se detuvo frente a su coche y soltó un rugido de animal herido.
—¡Cincuenta y un millones! —gritó hacia la oscuridad donde los pasos de Damián resonaban con calma—. ¡Me has tendido una trampa en mi puta cara! ¡Hijo de puta!
Damián emergió de las sombras, con las manos en los bolsillos, impasible. A unos metros, África y Jasmine se habían detenido, paralizadas por la violencia de la escena. Vi a África dar un paso atrás, agarrando su bolso como un escudo.
—No ha sido una trampa —dijo Damián. Su voz era un látigo de hielo—. Ha sido un espejo. Te he mostrado lo que eres: un hombre que prefiere arruinar su legado antes que admitir que ha perdido el control.
Javier soltó mi brazo y se lanzó contra su hermano con furia ciega. Fue un ataque desesperado. Antes de que llegara a rozarle, una sombra se interpuso. Henry apareció de la nada, bloqueando el golpe. Sujetó a Javier por las muñecas, inmovilizándolo contra el lateral del vehículo.
—Señor, mantenga la compostura —advirtió Henry. Sus ojos lanzaban una advertencia clara.
—¡Suéltame! —bramó Javier—. ¡Valeria, sube al coche ahora mismo!
Al ver la agresión, África y Jasmine superaron el miedo. Corrieron hacia nosotros, decididas a intervenir.
—¡Javier, joder, déjala en paz! —gritó África, encarándose a su primo.
Henry interceptó a las chicas, bloqueando sus brazos con firmeza.
—¡Atrás! —ordenó—. No intervengan ahora.
Se detuvieron, vibrando de rabia. Henry les lanzó una mirada rápida.
—Confíen —susurró antes de volver a centrarse en Javier.
Pero Javier aprovechó la distracción para aferrarme de nuevo.
—¿Creéis que os la vais a llevar, supermierdas? —escupió hacia mis amigas—. Recuerda quién duerme en casa, Valeria. Recuerda quién tiene la custodia. Si no subes a este coche ahora mismo, no volverás a ver al niño en tu vida. Te lo juro por la tumba de mi padre.
La amenaza me golpeó como una losa. Damián se tensó; sus puños crujieron, pero Henry le lanzó una señal para que esperara. Me obligué a caminar hacia el coche. Cada paso me pesaba una tonelada. Sentía la mirada de Damián quemándome la espalda, una mezcla de impotencia y promesa de guerra total.
Javier me empujó dentro y cerró la puerta de un portazo.
Arrancó quemando rueda, dejándolos atrás en una nube de humo.
Mientras nos alejábamos, miré por el retrovisor.
Damián seguía inmóvil en medio del parking.
No sabía qué iba a pasar, pero sentía que todo mi mundo estaba a punto de saltar por los aires.
La luz grisácea del amanecer entró por la persiana sin traer alivio. Pasé la noche en vela, sentada en la alfombra de la habitación de Víctor, con la espalda apoyada contra su cama y los dedos entrelazados con los suyos. Los ojos me ardían y cada crujido de la mansión me hacía saltar el corazón.
El silencio se rompió cuando el reloj de cuco del pasillo marcó las nueve. En ese preciso instante, tres golpes secos y autoritarios sonaron en la puerta principal.
Me levanté con los huesos entumecidos. Bajé las escaleras a trompicones y me encontré con Javier. Estaba demacrado, saliendo de su despacho con los ojos inyectados en sangre.
Desi abrió la puerta con gesto serio. En el umbral, recortados contra la luz del jardín, estaban los uniformes de la Guardia Civil. Dos agentes y un hombre de traje gris con una carpeta de cuero.
—¿Qué es esto? —bramó Javier, intentando recuperar su tono de mando—. ¡Llamaré a mis abogados!
—Señor Blackwood, traemos una notificación del Juzgado —dijo uno de los agentes—. Existe una orden de ejecución inmediata. Debemos trasladar al menor, Víctor Blackwood.
Sentí el suelo desaparecer. Corrí al vestíbulo, interponiéndome entre ellos y las escaleras.
—¡No! ¡A mi hijo no se lo lleva nadie! —grité con la voz rota—. ¿Qué está pasando?
—Señora, es una medida cautelar dictada por un juez tras la demanda presentada ayer —explicó el secretario judicial—. El niño debe ser trasladado para pruebas biológicas y quedar bajo custodia supervisada hasta la vista de urgencia. Usted, como madre, puede acompañarlo.
Miré a Javier. Estaba pálido, desencajado. Su arrogancia se había esfumado.
—¡Esto es cosa de mi hermano! —rugió—. ¡Es un error!
Desi se acercó a mí y me puso una mano en el hombro. Su contacto me dio un segundo de estabilidad.
—Confíe, señora —me susurró al oído—. Esté tranquila. Yo voy con usted. No la voy a dejar sola.
Subí a la habitación y cogí a Víctor. El niño, asustado por los gritos, se aferró a mi cuello.
—Mamá… ¿a dónde vamos? —susurró.
—No pasa nada, cariño. Solo vamos a dar un paseo —mentí, sintiendo que el corazón se me partía.
Al bajar, los agentes esperaban junto al furgón. Desi se colocó a mi lado, cargando una pequeña mochila con cosas para el niño. Subimos al vehículo y Desi se sentó junto a nosotros, ignorando la mirada de odio de Javier, que se acomodó frente a nosotros.
El motor arrancó y la mansión quedó atrás. Javier me miró fijamente. En sus ojos había un miedo que nunca había visto.
—No podemos dejar que le hagan esa prueba —me susurró con urgencia—. Tienes que negarte. Di que vulnera sus derechos, di lo que sea. Ese ADN no puede entrar en un laboratorio.
Me detuve, abrazando a Víctor con más fuerza.
—¿De qué hablas? —pregunté—. Si la prueba se hace, se demostrará que es tuyo y la demanda de Damián se irá a la basura. ¿No era eso lo que querías?
Javier bajó la cabeza.
—Esa es la cuestión, Valeria —dijo en un susurro—.
Yo nunca te salvé aquella noche. Te encontré cuando todo había pasado.
Llegué tarde. Mi padre me obligó a callarlo, a hacerme cargo de ti y a casarme contigo para dar la cara.
Nunca supe con certeza quién era el padre.
Y no quiero que un laboratorio me dé la respuesta ahora.
Me quedé paralizada. El mundo se detuvo.
—¿Qué estás diciendo? —pregunté, sintiendo náuseas.
—Que si esa prueba sale mal… lo perdemos todo —respondió—. Los dos.
Miré a Javier con asco y luego bajé la vista hacia mi pequeño.
Víctor tenía los rasgos de los Blackwood.
Tenía esos ojos tan característicos… los ojos de Alejandro.
Un escalofrío me recorrió la columna. ¿Qué me habían hecho realmente aquella noche?
¿Por qué Alejandro había maniobrado con tanta precisión para meterme en su familia?
La confusión me devoraba. Si Javier no me salvó, ¿quién lo hizo? ¿Había sido el viejo Alejandro quien abusó de mí aprovechando mi estado? ¿O era algo todavía más oscuro?
Desi me apretó la mano, sacándome de mis pensamientos.
Sus ojos me pedían que aguantara. Me pegué a la ventanilla, abrazando a Víctor, mientras intentaba recomponer una historia que acababa de saltar por los aires.
Mi matrimonio no había sido un puerto seguro, sino una celda de silencio construida por un muerto.
Y la verdad estaba a punto de salir a la luz en un tubo de ensayo.