Corazón el Enamorado (Las crónicas de Ravenswood 1) Sábado #4
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Sábado #4

Quince minutos después, vuelve con sopa de tomate, unos sándwiches de queso gratinado y una taza de té. Ya casi he dejado de llorar.

La comida está rica. Él también se ha comprado un sándwich de queso.

—De verdad que verte era lo último que tenía en la lista, Sam.

—Yo también me sentía un poco cortado —dice, asintiendo—. Sé que es demasiado tarde, Jordan, pero quiero pedirte disculpas. Siento mucho lo mal que me comporté.

—Yo también lo siento. No fui sincera contigo. Ni con nadie, vaya.

—Lo sabía. Probablemente antes que cualquiera de vosotros dos. Creo que una parte retorcida de mí quería ver cómo acababa todo.

Al final del pasillo, la madre de Yash está preguntando por Sam, pero él no se levanta.

—Aún te recuerdo tirada en el suelo —continúa—. En esa fiesta. No pretendía empujarte.

—Lo sé.

—Recuerdo la mirada que me echaste. Cuando pienso en que mis hijos se irán a la universidad y podrían comportarse así… —Menea la cabeza y hace bolita el envoltorio del sándwich.

—¿Aún eres creyente?

—No. ¿Yash no te lo contó?

—No, no hablábamos sobre ti. No sé nada de tu vida.

Asiente, comprendiéndolo.

—Tuve una crisis de fe tras la muerte de Ivan.

Una crisis existencial, más bien. Muy explosiva.

Hizo que mi matrimonio se fuera al traste, que me alejara de mis padres y mis hermanos, de toda mi congregación.

Yash fue el único que se quedó, básicamente.

El único que siguió a mi lado y me ayudó a superarla.

También estaba sufriendo por la pérdida de Ivan y por sus propios problemas y aun así cargó conmigo a cuestas durante dos años.

Quería morirme, pero él no me dejó. —Se inclina hacia mí—.

No sé todo lo que pasó, pero sí sé que, desde que te conoció, lo habría dado todo por ti.

—Salvo por esa vez en la que de verdad lo necesitaba a mi lado.

—Lo más probable es que no me creas, pero cuando se presentó en mi casa esa noche, le dije que estaba cometiendo un error.

Sabía lo mucho que te quería. Porque había arriesgado nuestra amistad por ti.

Pero es un hombre complicado, ni ahora puedo decir que lo entienda del todo.

Escogió vivir su vida solo. No es que así hayan sido las cosas, es que él lo escogió.

Oímos a la madre de Yash llamarnos, hasta que nos encuentra en nuestro rinconcito.

—Ya viene el médico —dice, cortante. Puedo ver un vistazo del enfado que Yash describió hace mucho.

Sam se levanta, pero yo no.

—¿No vienes?

—Creo que será mejor que no.

—De acuerdo. Pero no te vayas, ¿vale? ¿A qué hora sale tu vuelo?

—A las nueve.

Comprueba el reloj.

—Quédate hasta las siete y media, entonces. Sea lo que fuere que os hayáis dicho, no te vayas así. Dale un poco de tiempo y habla un poco más con él. Despídete. Decir adiós es importante.

Con eso vuelve a la habitación de Yash, y yo me quedo pensando en que quizás esta sea la conversación más larga que hayamos mantenido él y yo en la vida.

La madre de Yash se sienta en el borde de la silla en la que estaba Sam. Parece muy frágil, muy menudita. Creo que el dolor convierte a las mujeres en aves. No quiero convertirme en un ave en pleno pasillo de hospital.

—Jared ha pedido comida venezolana para cenar.

—Acabo de comer un sándwich.

—Yo tampoco tengo apetito. No puedo comer nada.

Mantiene mucha distancia con Yash. O quizás es él quien la mantiene a raya a ella.

Siempre que entra en la habitación le ofrezco mi silla, pero casi nunca la acepta.

Las pocas veces que sí, apenas hablaron.

Le dio la mano una vez y él no tardó en apartarla.

Prefiere quedarse en la puerta o en el pasillo, flanqueada por Paige y sus hermanas.

Una vez, Yash me dijo que no eran de la misma especie.

Que él era un ser humano y ella, un yugo de dos toneladas.

En otra ocasión, tras terminar de hablar con su madre por teléfono, dijo que ella quería cosas que él no podía darle.

Sam le cuenta lo que le han dicho los médicos y no sé yo si ella se queda con toda la información.

Conozco bien esa sensación, ese miedo que te embota los sentidos mientras te esfuerzas por escuchar lo que dice el médico.

La tía Mo le lleva un plato lleno de arepas, arroz, alubias negras y plátano frito. El tío Percy llega desde la sala de estar con dos platos, uno de ellos para la tía Mo. EJ es el siguiente. Comen apoyados en la pared de enfrente.

La madre de Yash mueve su arroz con el tenedor de aquí para allá, pero no come ni un poco.

Brent y Bean llegan por el pasillo.

—No queremos jugar a las sardinas —dice la tía Mo, apartándose a regañadientes de su rincón para que quepan los demás—. ¿Peggy Lynn?

La madre de Yash asiente.

—¿Te acuerdas de cuando Alvin murió en este mismo hospital?

La aludida suelta un sonidito de asentimiento.

—¿Recuerdas que, unos días antes, alguien trajo una bandeja llena de aperitivos? Pero una enorme, hasta arriba de galletitas y cosas así. ¿Dónde está esa bandeja? Necesitamos una como esa para toda esta gente.

La madre de Yash se levanta sin contestarle y la tía Mo se vuelve hacia mí.

—Esperó demasiado, ¿no? Para ser que es tan listo, a veces puede ser muy bruto, ¿no crees?

—Una vez le presenté a una chica —dice Bean—. Pero solo una, porque al día siguiente ella me llamó y me dijo: «¿Quién diablos es la tal Jordan?».

EJ se aparta de la pared y se acerca con toda su estatura para mirarme desde arriba.