Corazón el Enamorado (Las crónicas de Ravenswood 1) Sábado #3
93%

Sábado #3

Vuelvo a recorrer el pasillo y me siento en el rinconcito que ha desocupado EJ.

¿Se habrá estado escondiendo de Marni? Hay dos enfermeras no muy lejos, conversando cerca de la entrada de la zona de enfermería.

Hablan en voz baja sobre una tal Kelly, la cual nunca recoge la bandeja, la ve pero se niega a levantarla, la condenada.

Me quedo allí sentada, paralizada y sin moverme, a sabiendas de que Marni y sus hijas están haciendo lo que yo tendré que hacer dentro de unas pocas horas.

No entiendo por qué Marni ha venido solo para quedarse quince minutos. No tiene sentido. Nada tiene sentido.

Vuelvo a la habitación y veo a Yash con una máscara puesta. Sus niveles de oxígeno están a noventa y seis y Sam le está palpando el cuello.

Yash me extiende una mano.

—¿Cómo lo notas tú? —me dice, algo amortiguado por la máscara. Ladea el cuello para que pueda palparlo.

El dedo se me hunde, está peor que antes.

A Sam le vibra el móvil.

—Está de camino —dice, tras echarle un vistazo a la pantalla.

—Parezco un globo —comenta Yash.

—Se lo preguntaremos al médico.

—¿Quién está de camino? —pregunto.

—Su jefe —contesta Sam.

El fiscal se nos presenta en la puerta con un traje de color gris oscuro sin la más mínima arruga.

Es alto y muy apuesto. Yash dice que pretende presentarse a congresista, aunque es él quien le ha estado escribiendo los discursos.

Le cedo mi silla, pero el hombre no se sienta.

Le estrecha la mano a Yash, apoya los antebrazos sobre la baranda de la cama y suelta con voz como de anuncio:

—Pero qué putada.

—Sí, no es lo ideal —dice Yash, bajándose la máscara.

—Lo lamento.

—Has visto peores cosas, no mientas. ¿Cómo ha ido?

—¿Lo de ayer?

—Sí.

—Se rindió enseguida. Te robé la frase esa de que no se trata de hacer algo bueno sino de sembrar el hábito de la bondad. —Tiene una voz cautivadora.

—Puede que se la haya pedido prestada a Aristóteles.

El fiscal asiente un par de veces. Entonces le dedica una sonrisa de oreja a oreja. Su careta de indiferencia desaparece. Se agacha y le dice en un murmullo ronco:

—Nunca encontraré a alguien tan talentoso como tú, Yash Thakkar. Nadie te llegará a los talones siquiera. Ha sido todo un honor y un privilegio trabajar contigo.

—El honor ha sido mío —repone Yash.

Se dan la mano más rato del que imaginaba, pero tengo que interrumpirlos para indicarle a Yash que su oxígeno está bajando.

—Recobre la compostura, letrado, que tiene que ir a saludar a los presentes —dice Yash, volviéndose a poner la máscara sobre la boca y la nariz.

El fiscal va abriéndose paso poco a poco entre los que ocupan la habitación, presentándose y repitiendo los nombres que le dicen. A la madre de Yash la saluda con un abrazo.

—Tengo todos tus libros —me dice, al llegar hasta donde estoy y haberme presentado.

—¿A él también lo has obligado a que me leyera? —le pregunto a Yash.

Veo una sonrisa bajo su máscara nublada.

—Soy tu fan. Me encantó el de los músicos.

El fiscal continúa presentándose y Yash se lleva una mano al cuello de nuevo. Se le está hinchando. Me parece muy propio de él que se haya pasado años quejándose de su trabajo y resulte que su jefe lo adora.

—¿Tengo pinta de sapo? —pregunta bajándose la máscara.

Niego con la cabeza.

—No te creo. Seguro que parezco un sapo.

Sam me da un toquecito en el hombro y me hace un ademán para que salga de la habitación un momento con él. Lo sigo por el pasillo hasta que se detiene y se apoya en la pared, entre dos habitaciones.

—Jamie ha hablado con el médico que está de rondas y le ha preguntado sobre las burbujas de aire. Es algo llamado «enfisema subcutáneo».

—¿Por culpa del catéter PICC?

—Eso. —Me dedica una pequeña sonrisa.

Deliberamos nuestras opciones: podrían hacerle una pequeña incisión para liberar el aire o insertarle un tubo en el pecho para retirarlo. Ambos procedimientos lo arriesgan a una infección y a que tenga incluso más molestias.

Negamos con la cabeza a la vez.

—Vale, genial —dice Sam—. Es lo que creía yo también.

Se va al baño que hay más allá en el pasillo y yo vuelvo a la habitación. El fiscal se ha ido. Yash tiene la vista clavada en la ventana. Ocupo mi silla y le doy la mano. Él se vuelve hacia mí.

—No quiero discutir, cariño —me dice.

—Es lo que menos quiero —contesto, y parezco un personaje sacado de una obra de Hemingway.

—Estaba pensando en que Silas consiguió que lo perdonaras solo con una postal. Debe de ser tremendo escritor.

No quiere discutir, dice.

—Pasé años intentando volver a ponerme en contacto contigo —continúa—, pero tú no me lo permitiste. Por un error que comete cualquiera, algo temporal.

—No era nada temporal.

—Sí que lo era. No pretendía que fuese nuestro final. Creía que podríamos solucionarlo.

—¿Después de que me dejaras tirada? ¿Por qué no antes de hacer que me fuera de París?

—Te llamé en Navidad, ¿recuerdas? Quería hablarlo entonces, pero no estabas por la labor.

—Ese otoño las cosas estuvieron muy complicadas.

—Hink, si tuviera cien oportunidades para hacerlo todo de nuevo, en ninguna de ellas haría lo que hice. Te quería, tienes que creerme. Es solo que me entró el pánico.

—Lo sé, una relación es un compromiso serio.

Niega con la cabeza y se baja la máscara.

—No, no es eso. O no fue solo eso. Estaba comprometido con nuestra relación.

—Aunque su voz suena muchísimo más clara, las palabras salen despacio—.

Estaba en el inicio de mi vida, había muchas cosas que quería hacer.

Y apenas podía hacerme cargo de mí mismo.

—Hace una pausa para absorber más oxígeno de la máscara—.

No sabía si podría con el peso de los dos, ¿me entiendes?

No me mires así, te lo ruego. Estaba sin un céntimo, igual que tú.

Y tú tenías deudas. No estábamos siendo realistas.

No quería terminar como mi padre, tan joven y con el peso de semejante responsabilidad.

No quería que la historia se repitiera. Y no estaba seguro de si entendías las consecuencias de…

—¿Consecuencias, dices? Hablemos de consecuencias, Yash. Estaba embarazada. Para cuando me dejaste plantada en el aeropuerto, estaba de cinco meses ya.

Y es justo por esto que nunca se lo he contado. Por la desolación que le retuerce la expresión al ir comprendiéndolo todo. No quería verla. Se aparta de mi agarre.

—¿Qué…? —dice y se frustra por que no lo entienda del todo.

Sus niveles de oxígeno han bajado súbitamente. Le vuelvo a poner la máscara sobre la boca y la nariz.

—Respira —lo insto—. Tienes que respirar, cariño.

Sobre la máscara, su mirada es frenética.

Sam vuelve y rodea la cama para acomodarse en su sitio de siempre, al otro lado.

«Vete», quiero decirle. «Déjanos en paz».

Yash suelta unos cuantos sonidos que no comprendo.

—Dile a Cole que no venga —le dice a Sam, despacio y con mucho esfuerzo—. No voy a durar hasta el martes.

Sam y yo intercambiamos una mirada. Yash cierra los ojos justo cuando Jamie llega a revisarle los signos vitales.

Escapo de la habitación antes de que Sam pueda interrogarme.

Vuelvo al rinconcito de antes y me siento dándole la espalda a todo.

Saco el móvil del bolso para ver la hora.

Tengo la pantalla llena de mensajes y llamadas perdidas de Silas, Jack y Harry, además del chat grupal de la familia. El corazón se me dispara en el pecho.

Jack ya tiene fecha para su operación de tronco encefálico.

Presa del miedo, me pongo a leer todos los mensajes.

Es el miércoles. Este miércoles. Quieren que estemos en Houston mañana por la noche para empezar con las pruebas del preoperatorio el mismo lunes por la mañana.

Los mensajes de Jack muestran lo emocionadísimo que está, todo en mayúsculas, con emojis de personitas bailando de alegría.

Los porcentajes, las estadísticas, nada de eso le importa.

Lo único en lo que puedo pensar yo es en esos pocos casos en los que todo sale mal, en los riesgos (daño cognitivo, parálisis, muerte), mientras que, para él, lo único que existe es la posibilidad de recuperar su vida.

Los mensajes que ha enviado Silas después son pura logística.

Nos ha conseguido billetes para los tres, un vuelo que sale mañana desde Portland por la tarde, además de una habitación con dos camas grandes en el hotel al lado del hospital.

También ha conseguido que su suplente favorito se encargue de sus clases durante la semana y que Harry se quede con la familia de su mejor amigo, Eli.

Luego Harry ha escrito que esta semana no tiene nada importante en el insti y que quiere acompañarnos.

Que usará sus ahorros para pagárselo. Silas dice que le ha conseguido sitio en nuestro vuelo.

Jack demuestra su alegría por que su hermano nos acompañe con más emojis.

Desde el principio, Harry ha lidiado con la enfermedad de su hermano fingiendo que no es real.

Aunque las primeras dos operaciones fueron cerca, en Boston, se negó a ir al hospital.

Pero ahora nos acompañará a Houston. Las lágrimas me invaden mientras les contesto.

Si bien quiero llamar a Silas y hablar con los tres, estoy llorando demasiado y no quiero asustarlos.

—Jordan. —Sam se sienta en una silla a mi lado—. ¿Estás bien?

Le muestro el móvil.

—A mi hijo le han dado fecha para una operación importante que necesita.

—Qué alegría. —Conque Yash le ha contado lo de Jack—. ¿Para cuándo?

—Para el miércoles. En Houston. —Me seco las lágrimas con las manos—. Perdona, parece que no puedo parar de llorar. —Es como si hubiese vuelto al seminario de Ray Hart, como si todas las cosas horribles y aterradoras que pudieran pasar se me echaran encima a la vez—. ¿Te lo ha contado Yash?

—No, no quiere hablar con nadie. ¿Qué ha pasado?

—No sé si va a querer hablar conmigo de nuevo. Espero que contigo sí.

Asiente y con ese gesto me recuerda a Silas, al modo que tiene de no indagar más.

—Voy a ir a buscarnos algo de sopa.