Corazón el Enamorado (Las crónicas de Ravenswood 1) Sábado #2
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Sábado #2

—Lo sé, Sebastian me dijo que estaba pensando en dimitir.

A Marco se le congela la sonrisa en la cara.

—Es broma —añade Yash.

Marco suelta un suspiro.

—No me des esos sustos, Yashman.

El tío Bill enciende la tele y la voz del presentador del tiempo ahoga la mitad de su conversación. Al acabar, la vuelve a apagar.

—Qué va, si no escribí más que unos pocos capítulos —está diciendo Yash.

—Ya lo harás.

—A estas alturas va a ser que no, Marco.

—Ya verás que sí. Lo buscaré en librerías.

En cuestión de un año, lo voy a buscar en librerías.

—Se mira el reloj—. Bueno, yo me voy yendo.

Me alegro de verte, campeón. —Le da la mano a Yash—.

De verdad que sí. —Se aleja de espaldas y, antes de marcharse, le da unos golpecitos al tirador de la puerta antes de señalar a Yash—.

¡Voy a buscar tu libro en librerías, te lo digo en serio!

Intento buscarle la mirada a Yash, pero este sigue mirando la puerta. Se le ilumina el móvil y él se inclina para leerlo.

No hay nadie en esta habitación que no tenga el móvil en la mano. Arlo está dictando algo en el suyo en voz alta.

—Eso es inaceptable. Punto. No sigas con eso. Signo de exclamación. Ya lo hablaremos cuando vuelva —Baja la voz un poquito—. Emoji de corazón.

Compruebo el oxígeno de Yash, que está parpadeando entre ochenta y nueve y noventa y uno. Me levanto y vuelvo a ocupar mi silla antes de acomodarle la cánula correctamente.

—Quiero decirte algo —empieza.

—Vale. —Acerco mi silla todo lo que puedo a su cama para inclinarme sobre la baranda.

Entrelaza los dedos con los míos.

—Quiero decirte que ya no estoy enfadado contigo.

Me río, pero él habla en serio.

—¿Cómo que ya no estás enfadado conmigo?

—Durante mucho tiempo creía que te gustaba hacerme sufrir, castigarme, tenerme al… —Hace una pausa para respirar— al pie del cañón para hacer que me disculpara una y otra vez, pero sin llegar a perdonarme nunca.

—Me acuerdo de un poema sobre un elefante. Y de un párrafo sobre Molly la prostituta. Ah, y que sepas que Céline apoyaba a los nazis, por cierto. Pero no recuerdo ninguna disculpa.

—Me disculpé muchas veces. En tantísimas cartas.

¿En serio? Porque no recuerdo nada semejante. Lo único que recuerdo son las palabras de otras personas, las ideas de otros escritas con su letra.

—¿Creías que estaba jugando contigo? —le digo.

—Me pareció muy inmaduro por tu parte que no quisieras hablar conmigo durante tres años cuando habíamos tenido lo que según yo era una relación bastante seria.

—Ah. ¿Una relación bastante seria, dices? Pero no lo bastante como para que fueras a Nueva York, ¿verdad? Más bien como para hacer que subieras al coche y condujeras en dirección contraria, ¿no?

—Ya me temía que no íbamos a poder tener esta conversación.

—No intentaste que la tuviéramos, más bien.

—Lo intenté durante años, pero tú no dejabas que me explicara.

—¿Qué quieres explicarme? Yo fui a Nueva York pero tú no.

—Tuve mis razones.

—Lo nuestro era de otro mundo.

—Lo sé.

—Y tú lo mandaste todo al cuerno.

—No, al menos no pretendía hacerlo. Me entró miedo. Fue algo temporal. Solo tenía veintitrés años.

—Yo también.

Oímos barullo en la puerta y tres mujeres entran en la habitación, quizás hermanas, todas con abrigos de plumón que son demasiado para el frío de Atlanta, con el cabello con mechas rubias exactamente igual y unas raíces oscuras que se han dejado a propósito.

—No puede ser —les dice Yash.

—Claro que sí. ¿Qué esperabas? —dice la mayor.

Rodean la cama y todas huelen a distintos productos y perfumes. Me pongo de pie y me quedo al lado de la puerta, con su madre.

Yash menea la cabeza.

—No tendríais que haber venido. —Me mira y me pide que hagamos una tregua momentánea—. Son Marni y sus niñas, Hink.

Marni. La abrazo y me quedo mirando a sus hijas, ambas adultas y con las lágrimas dejándoles manchurrones por las mejillas por culpa del maquillaje. Marni se sienta en mi silla y sus hijas se apoyan en la baranda.

—Bichitos —dice Yash, estirando su mano libre—. No os preocupéis por mí, que estoy bien. Estoy de maravilla.

Eso las hace llorar con más ganas.

No puedo ponerme a hablar de cosas insustanciales ahora.

Siento los pulmones como prendidos fuego.

Me escapo de la habitación y busco a Sam para preguntarle de qué hablaba con la enfermera.

Como no lo veo, sigo avanzando hacia el baño.

El séquito de Yash ocupa la planta entera.

Brent y la tía Bev están usando el portátil en la sala de espera.

EJ ha encontrado un rinconcito para hacer una llamada de trabajo y Jared y el tío Percy están en la cocina comiendo unos vasitos de ramen al lado del microondas.

Reviso el móvil en el cubículo del baño. Silas me ha enviado un mensaje: Todo bien por aquí. Que tengas un buen viaje. Besos.

Compruebo la hora y no le encuentro sentido alguno a los números.

Ya he perdido el vuelo que tenía al mediodía.

Llamo a Silas.

— Hola , madre —me saluda Jack, usando la palabra en español.

El sonido de su voz hace que el resto de las cosas que me dan vueltas por la cabeza desaparezcan.

—Hola, cielo. ¿Cómo va todo?

— Todo bien . —No parece estar conteniendo el dolor, pero hay algo que le preocupa.

—¿Qué pasa?

—Nada.

Espero.

— Es que… Ya quiero acabar con toda esta intervención y olvidarme del asunto. —Dice la palabra «intervención» como hace la cirujana de Houston. Su «intervención» era una operación de siete horas.

—Esta será la última en muchísimo tiempo.

—Es que…

—Lo sé.

—No, no creo que lo sepas.

Espero de nuevo.

—Es como si fuese un fantasma en el insti. Justo cuando creo que podré ser un chico normal que va a clase, tengo que volver a faltar. Otis se ha echado novia.

—¿En serio?

—Sí.

Espero.

—Va con unos zapatos muy raros.

—¿Ah, sí?

—Como anticuados, no los entiendo. Y me estoy perdiendo muchas cosas.

—Cosas sobre chicas, quieres decir.

—Chicas, deportes, mis clases de español. Hoy, Alex usó una palabra que no conocía: pájaro . ¿Sabes lo que es eso?

—Significa «ave».

—¡Hasta tú lo sabes!

—Es que viví en España.

—Me estoy quedando atrás. Y el próximo año quiero poder irme de viaje. Es parte de las clases. No tendrás ni que pagar por ello.

—Claro que irás. Te lo prometo. —Dios, ayúdame a cumplir esa promesa.

—¿Crees que es posible que los alienígenas bajen y nos metan sus pensamientos en la cabeza como si fueran un virus?

—Ya te he dicho que no tienes permiso para ver esa serie.

— No la estoy viendo. Otis me ha contado un poco por encima.

Otis, el chico que le habló sobre la bomba atómica cuando iban a preescolar, sobre porno en segundo de primaria, quien nunca deja que las operaciones de Jack, su dolor o sus meses de ausencia se interpongan en su amistad.

El amigo más leal, malhablado, gamberro y generoso que uno jamás podría tener.

—¿Cómo vamos de dolor?

—Un uno.

—¿En serio?

—Sí.

—¿Te has tomado la pastilla?

—Aún no.

—Tómatela antes de que te suba el dolor.

—¿Cómo está Yash el Arbóreo? —Es así como lo llaman mis hijos: Yash el Arbóreo.

—Está bien. No siente dolor.

—¿Le han dado morfina?

—Sí.

—Ah, quién como él.

No es lo que quiere oír la madre de un niño de doce años, la verdad.

—Ya volveré hoy a casa. Seguramente cuando anochezca.

—Vale, guay. Otis me ha preguntado si quería que tuviéramos una trieja.

—Vaya.

—¿Sabes lo que es?

—Ajá.

—Le he dicho que no.

—Creo que es lo más sensato, sí.

—No quiero tener que compartir a mi primera novia.

—Quizás a ninguna.

—Nadie sabe lo que pasará en el futuro, a lo mejor cambio de parecer.

«Nadie sabe lo que pasará en el futuro», hijo mío tenía que ser. Tengo que recordar esta conversación palabra por palabra para contársela a Silas.

—Otis me ha dicho que fue idea de ella. Me dijo que ella me iba a invitar a salir, pero que luego se enteró de que no iba a ir a clases durante un mes, así que probó suerte con Otis. Quieren venir a visitarme cuando haya vuelto de la operación.

—¿Incluso si no sois trieja?

—Sí. Ojalá se ponga los zapatos esos, así los ves. ¿Oye, mamá?

—Dime.

—¿Crees, de verdad de la buena, y no solo para no hacerme sentir mal, que podré irme de viaje a México?

—Sí que lo creo. De verdad de la buena. —Y es cierto. Es mi obligación creerlo. Estar segura de ello, con toda el alma.

—Me he olvidado de lavarme los dientes esta mañana. Y anoche.

—Deberías hacerlo en cuanto terminemos de hablar.

— Puedo notar mugre atascada por ahí . —Se está pasando la lengua por los dientes—. ¿Yash ha dicho eso de que sus dientes son como una especie de repisa para la comida?

—Sí.

—Es algo a lo que le doy vueltas.

—Sí, yo también.

—A ti te pasa mucho. Siempre tienes comida entre los dientes.

Me río.

—Es un problema, quizá debería ponerme aparatos.

—No harías algo así, ¿no?

—¿No quieres que tu madre lleve aparatos?

—Mamá.

—Podría ponerme esos invisibles, los que parece que llevas film en la boca y te hacen arrastrar las palabras así.

—Mamá.

—No lo haré. ¿Puedes decirle a tu padre que al final me iré en un vuelo más tarde? Y que volveré en taxi.

—Vale. Ahora sí que me voy yendo.

Se me escapa la risa. Está imitando a la madre de Silas.

—Ve a lavarte los dientes. Te quiero.

Me quedo en el cubículo y reservo un vuelo para la tarde.

Fuera de la habitación 508, Marni está consolando a sus hijas.

—Han tenido que ponerle una máscara de oxígeno y ya no hemos podido seguir hablando —dice.

Entonces se me acerca para añadir en voz baja:

—Dios, lo veo muy mal.

¿En serio? Yo ya no lo noto, pero asiento de todos modos.

Me da la mano. Nunca le había dado la mano a tanta gente en mi vida.

—Me alegro mucho de que estés aquí. —Comprueba la hora—. Mierda, tenemos que irnos.

—No podemos irnos sin despedirnos —dice una de las bichitos.

—Claro que no. —Marni abre la puerta y las veo desaparecer dentro de la habitación.