Sábado
Sábado
Me despierto en plena oscuridad, sin que se cuelen los rayos del amanecer por la gruesa cortina, y emerjo de un sueño en el que intentaba encontrar a Harry en un restaurante para darle un mensaje.
Él estaba tan pequeño que aún se sentaba en la trona.
Yo lo veía a través de una ventana, pero no había puerta por la que entrar.
Echo mano del móvil para ver la hora, para comprobar cuánta noche me queda por delante, pero, antes de tocarlo, un mensaje de Yash me ilumina la pantalla.
Ven tan temprano como puedas.
Ahora mismo voy.
Diez minutos después de mandarle eso, me subo a un taxi.
El vestíbulo del hospital me parece una iglesia, cavernoso y vacío. El ascensor se abre de inmediato y me lleva a toda prisa a la quinta planta.
Yash está solo en su habitación. Sam y su catre no están. Tiene el móvil en la mano, pero la pantalla está oscura. Se ha vuelto a quedar dormido. Dejo mi maleta en su rincón y deslizo una silla hasta su lado en silencio. Cuando mi brazalete roza la baranda con un tintineo, se vuelve y me sonríe.
—Has venido. —Me toma la mano y se la lleva a su pecho, hasta cubrirla con las suyas. Aunque el estirarme de ese modo por encima de la baranda hace que me duela la espalda, no me aparto.
»Cuando el cáncer volvió, solo quería oír tu voz —me dice.
—¿Cómo que volvió?
—La primera vez fue algo sin importancia.
Al menos es lo que me pareció a mí. —Menea la cabeza—.
¿Qué cosas importan en esta vida? Nadie te lo dice.
Fue cosa de una intervención, un poco de radioterapia.
Todo acabó en cuestión de unos pocos meses.
Fue entonces que fui a Maine, cuando acabé con el tratamiento.
—No me lo dijiste.
—No tenía ningún amigo que visitar en la costa. Es que no quería morir sin haberte visto otra vez.
—Yash. —Aprieto más la mano que tengo sobre su pecho y llevo la otra hasta posarla encima.
—Me alegro de que volvamos a ser amigos —me dice, pero me mira como si hubiésemos compartido una larga e íntima vida juntos.
Sam llega con tres cafés. Una vez más, me entran ganas de apartar las manos de las de Yash.
Deja el de Yash sobre la bandeja y me muestra los otros dos.
—¿Ya bebes café?
—Si no hay remedio.
—¿Solo? —Me muestra el otro—. ¿O con leche? A mí me da igual.
—Claro que no —me río—. Dame el café con leche, Sam.
—Gracias al cielo —dice con una sonrisita. Yash tenía razón. Sí que se parece a Silas un poco en la zona de los labios.
Le da a un botón en el lateral de la cama que hace que esta suba hasta dejar a Yash sentado.
Nos bebemos el café. Sam hace reír a Yash con sus resúmenes de las publicaciones de Facebook más recientes.
Es imposible creer que se esté muriendo.
—¿Recuerdas que Ivan nos hacía comprarle un café solo para dárselo a la enfermera que le gustaba? —dice Yash.
—Mona se llamaba, sí —dice Sam.
—Siempre con sus jugarretas, hasta el último momento —añade Yash.
Sam ya ha terminado de beber y se ha puesto a juguetear con el borde de su vaso. Ya han pasado por esto, solo que ahora Sam se va a quedar solo. Sé que es eso en lo que está pensando Yash.
—¿Recordáis cuando Ivan llegaba por la mañana, se sentaba en el sofá tan pancho él con los brazos abiertos y decía «Menuda máquina fui anoche»? —comento.
—Lo imitas muy bien —dice Sam.
Poco a poco, volvemos a sumergirnos en el pasado.
En el corcho que hizo Ivan sobre Finnegan’s Wake .
En la crisis que tuvo Sam con Hume. Describo lo que fue para mí entrar en Breach House por primera vez, las siluetas que había sobre la mesita cerca de la puerta, el papel pintado del baño, el cajón con las pipas en el despacho.
Ninguno de los tres ha pensado en eso desde hace mucho.
Tengo la precaución de quedarme en la planta de abajo, nada de habitación verde, ningún grabado, ningunas Confesiones en la mesita de noche.
—Y esas copas de vino tan preciosas y delgadísimas. Las usábamos cuando jugábamos a Sir Hincomb Funnibuster —digo, y Yash asiente con su sonrisa llena de morfina mientras que Sam me mira, totalmente en blanco.
—El juego de cartas. —Espero a que lo recuerde—. ¿Trébol el Policía? ¿Pica el Jardinero?
—Corazón el Enamorado —dice Yash, mirándome como si Sam no estuviese presente.
Sam lo recuerda.
Yash menciona un sitio al que íbamos a desayunar y yo niego con la cabeza.
—Íbamos muy seguido —me dice, pero parece que mis recuerdos se limitan a Breach House.
Se ponen a rememorar otros sitios, a unos amigos a los que no consigo ponerles cara.
—Recuerdo que te levantabas a las cuatro y media de la madrugada para escribir tus relatos —dice Sam.
—El mismo día de la entrega, eso seguro —digo entre risas.
—Te metías en el despacho de Gastrell y salías con una historia terminada. A mí me parecía algo extraordinario.
¿Eso hacía?
—Bueno, es que tampoco era literatura de calidad. Y vosotros dos fuisteis los primeros en hacérmelo ver.
—Tampoco estaban tan mal —dice Sam.
—¡No me cambies la historia! Si ninguno de los dos me hizo nunca un cumplido sobre ninguno de mis relatos.
—¿El del monaguillo de labio leporino? —acota Yash.
Todos nos partimos de risa.
—Esa época me dio muy fuerte por Flannery O’Connor.
—La cosa es que te estabas esforzando por convertirte en escritora —dice Sam.
—De vosotros dos aprendí todo lo que sé.
Ambos intercambian una mirada y una sonrisita.
—¡No me refiero a eso! —digo entre risas, sonrojada—. Os tomabais en serio los estudios. Yo no hasta que os conocí.
—Pero si Gastrell te llamó «una escritora de prosa innata» —dice Yash.
—¿Qué dices?
—Sí, al final de tu ensayo sobre la Eneida.
«Quizás algún día recordemos con gusto incluso estas adversidades». Recuerdo a Gastrell cerrando el libro y pronunciando esa cita con los ojos cerrados.
—Que no me escribió eso —le digo.
—¿Fuisteis juntos a su seminario sobre la inmortalidad? —pregunta Sam.
—¿Cómo no lo recuerdas? —me dice Yash.
—Yo siempre quise llevarlo —sigue Sam.
—Me entró un poco de envidia y todo —reconoce Yash.
—¿Porque a ti solo te calificó como el genio con la mente más versátil que había conocido en la vida? —repongo.
Yash sonríe.
—Porque quería ser un escritor de prosa innato.
—Esa clase la daba en su casa, ¿no? —quiere saber Sam.
Asiento. El sofá a rayas, nuestros pies rozándose bajo la mesita de centro.
—Sí, era un poco raro —contesta Yash.
Sam asiente. Ha ido mutilando tanto su vaso que ya parece una estrella de mar. Lo deja caer sobre la bandeja de Yash.
—Voy a por otro. ¿Alguien quiere más?
Tanto Yash como yo decimos que no.
La quinta planta sigue en silencio. Oímos sus pasos alejarse despacio por el pasillo.
—No quería perderos a ninguno de los dos ese otoño —confiesa él.
—Y no lo hiciste —le aseguro, dándole un apretoncito en la mano.
—No en aquel momento, pero a ti sí que te perdí.
—Nos perdimos el uno al otro —le digo.
—Necesito que hablemos de eso, Hink…
—Toc, toc —dice alguien en la puerta abierta.
—Ya ha vuelto Jamie —dice Yash.
—¿Cómo se encuentra, señor Thakkar? —pregunta una enfermera con trenzas y un pijama sanitario de color azul oscuro.
—Estoy perfecto.
Rodea la cama hasta situarse al otro lado y cambia una de las bolsas vacías del portasueros por una bien llena.
—¿Y tú qué tal? —quiere saber Yash.
La enfermera hace una pausa en lo que está haciendo para dedicarle una sonrisa de oreja a oreja.
—Yo también, la verdad —le dice, dándole un apretoncito en el hombro.
Con toda la práctica del mundo, le retira un tubo que tiene en el codo, introduce los contenidos de una jeringuilla hasta vaciarla, la retira y vuelve a colocar el tubo.
Cuando se marcha, veo que Sam la intercepta en el pasillo. ¿Le estará preguntando por la burbuja de aire que tiene Yash en la clavícula?
De sopetón, llega toda la familia de Yash desde el hotel.
Aunque intento cederle mi silla a su madre, a Paige, a la tía Sue, todas me insisten en que me quede sentada.
Se inclinan un momento sobre Yash, le preguntan cómo ha dormido, les echan un vistazo a sus niveles de oxígeno, le dan unas palmaditas de ánimo y ocupan sus lugares: los hombres en las sillas que hay en la habitación y las mujeres en el pasillo.
Se acomodan como si fuesen un grupo en la oficina.
Porque están trabajando ahora mismo, están de vigilia.
Yash le da un largo sorbo a su café y cierra los ojos.
La habitación está llena de murmullos masculinos.
El tío Bill le está contando a Jared lo que piensa sobre la gestión de las cadenas de suministro.
EJ y Arlo están charlando sobre la organización de los torneos y los tiros de tres puntos, en preparación para la siguiente ronda de partidos de baloncesto.
No sé si volveré a tener un momento a solas con él.
Yash abre los ojos.
—¿Te cuento un secreto, Hink?
—Claro.
—Sé que tendrás que irte dentro de unas pocas horas, así que quería que fueses la primera en saberlo: no me estoy muriendo.
—¿No?
—Ya estoy mejorando, lo noto. Me sabe mal porque todo el mundo ha venido, pero ya no me estoy muriendo. No se lo digas a nadie aún, quiero disfrutar de esto un poquitín más. De todos los que han venido. ¿Es muy egoísta de mi parte?
—Claro que no.
—Puedo decírselo mañana.
—Vale.
—Pero gracias por venir. Nunca lo olvidaré. Con todo lo que tienes por casa. —Me mira con tanta preocupación que los ojos se me llenan de lágrimas. Me da un apretoncito en la mano—. Jack estará bien, Hink. Ya lo verás. Todos estaremos bien.
Su madre hace entrar a un nuevo visitante: traje de rayas, cabello húmedo, vaso grande de café en la mano.
Le cedo mi silla, pero el individuo se aparta, dice que solo está de paso, que hace una hora que debería haber estado en la oficina, como si Yash fuese el culpable de su tardanza.
Me aparto a una silla al otro lado de la habitación de todos modos.
—Marco —saluda Yash, y noto que no le cae bien.
—Hola, campeón —dice el aludido, como si estuviese hablando con un crío de ocho años—. Te echamos de menos en el trabajo. Nadie hace nada. La oficina se va a la mierda sin ti.