Viernes #5
—Creo que esto es algo que nunca se había visto en nuestro país, el convertir un personaje tan hosco y complicado en un mote cariñoso —dijo Birna, sonriendo y meneando la cabeza—. ¿Cómo llegó este libro a tus manos? La verdad es que no es muy conocido en los Estados Unidos.
—Me lo regaló un amigo. —Por un instante, volví a estar descalza en la acera, viendo cómo desaparecía su coche.
Sabía que Birna quería seguir ahondando en el tema, pero se percató de algo y prefirió no hacerlo. Con una sonrisa, me dio las gracias por haber ido a Reikiavik y pasó a aceptar preguntas del público.
Cuando nos traen la comida, salgo de la habitación con Jared y la tía Bev para ayudar a subir las bolsas.
En el vestíbulo de los ascensores, intento darle algunos billetes para ayudar a cubrir la cena, pero Jared se niega a aceptarlos.
Se abre una puerta y nos subimos los tres.
La tía Bev se me queda mirando. Cuando fui de visita a Knoxville, solo conocí a una de las tías de Yash, la tía Sue.
No a Bev ni a Mo. Recuerdo que me comentó que una era muy amable y la otra, muy antipática.
No tengo claro cuál de ellas es Bev, pero de momento me está fulminando con la mirada.
—Fuiste el amor de su vida.
Niego con la cabeza.
—Que sí, nunca se recuperó de lo vuestro —continúa—. Y, por lo que he visto en tus libros, fijo que no es el único al que hiciste caer en tus garras.
Se abren las puertas. Por Dios, de verdad espero que esta sea la borde.
Subimos la comida a la sala de espera y lo montamos todo como si fuese un bufé.
Una enfermera nos trae platos y cubiertos desechables.
Les preparo unos platos a Yash y a Sam y se los llevo a la habitación.
Prácticamente todos los demás han ido a la sala de espera a comer.
Han bajado la intensidad de la luz y apenas se oyen voces.
Sam me da las gracias y me pide que vuelva con un plato de comida para mí.
Yash parece encontrarse peor y no quiere comer.
En la sala de espera, la mayoría se ha servido la cena y se ha sentado en un círculo gigante en torno a la sala. En lo que me sirvo algo de comida, un hombre calvo que huele a loción de afeitar me dice que la pasta carbonara está muy bien. Le doy las gracias y me sirvo un poco en el plato.
—No tienes ni idea de quién soy, ¿verdad?
Me lo quedo mirando. Lo imagino con algo de pelo en la cabeza.
—Ay, madre. ¿EJ?
Me saluda con un gesto de su sombrero imaginario. Sé que pasó un tiempo en un hospital psiquiátrico, que se separó de Marni y que ahora tiene una nueva familia.
—¿Cómo estás? —pregunto con dificultad.
—Bien, como se puede con todo esto. Pero así es la vida, ¿no? —Se vuelve a llenar el plato—. Se nos va a ir un poco antes que el resto, eso es todo. Pero me habría gustado que hubiera tenido una vida distinta.
Yash habría dicho lo mismo sobre él.
—Está muy contento de que todos estéis aquí.
—Sí, todo el mundo se ha pasado a verlo al menos un día o dos. —Nos quedamos de pie junto a la ventana con nuestros platos—. Pero veo que a ti te ha ido bien en la vida.
Alzo mi tenedor para detenerlo.
—No me digas que fui el amor que no pudo ser.
—Pues lo dejaste, eso no se puede negar.
—Lo dejamos porque él me apartó de su lado.
EJ se encoge de hombros.
—Eso se lo hace a todo el mundo en algún momento. Pero solo es algo temporal y lo sabías.
—No. No lo sabía. Para mí fue como si le hubiese puesto punto final a nuestra historia.
Sam se nos acerca y se disculpa por la interrupción.
—¿Te importaría volver a la habitación, Jordan?
—Perdona, EJ.
—No pasa nada, ve con Yasher. Te necesita.
Sigo a Sam por el pasillo.
—Se pone así por las noches —me dice una vez que estamos fuera de la habitación—. Muy inquieto. Le he pedido a la enfermera que le diera un calmante, pero… —Alza la vista hacia el techo—. Quizá puedas entrar y… No sé, ¿cantarle un rato?
—¿Cantarle?
—Ya sabes, una de tus canciones de feria. —Me sonríe.
Es toda una sorpresa cuando la gente se acuerda de lo que recuerdas tú. Esas semanas, hace tantísimas primaveras, cuando le cantaba a Sam para ayudarlo a dormir.
—Vale. —Creo que nunca llegué a cantarle a Yash.
Me abre la puerta y entro sola a la habitación. Yash tiene una mirada llena de angustia. Cuando me siento en mi silla, me aferra con fuerza.
—No pinta bien la cosa, Hink. No pinta nada bien. —Se ha puesto a tiritar.
—Ya viene la enfermera.
—Ella no me ayudará.
—Claro que sí. Te ayudará a dormir. Respira hondo.
—No puedo. Ya no puedo respirar hondo.
—Claro que sí. ¿Conoces la respiración cuadrada?
Niega con la cabeza, pero me mira con unos ojos llenos de esperanza.
—Lo hago con Jack, lo ayuda mucho.
—¿Con el dolor?
—Sí.
—Pobre chico.
—No pasa nada. Jack está bien. —No sé si eso es cierto.
No sé cómo le ha ido el día. Me he dejado el móvil en el bolso desde que he llegado—.
Tú también estás bien, así que inténtalo conmigo.
Respira hondo, retenlo durante tres segundos, luego exhalas y esperas durante otros tres segundos. Y otra vez.
Yash respira con dificultad, con alientos cortos. Tal vez no sea lo mejor que retenga el aire.
—Mejor solo retenlo un segundo —me corrijo.
Asiente y con ese gesto me recuerda a Jack en los días malos.
Entonces me pongo a cantar. Le canto sobre barcos que salen a navegar, sobre ese amor que se fue. Yash me mira, sorprendido (¿Tú? ¿Cantando a Bob Dylan?), y yo le sonrío en lo que mi voz cobra fuerza. Ambos nos relajamos un poquitín.
Cuando les canto esa canción a mis hijos, es como contarles una historia, con montañas, diamantes y brisas occidentales.
Aquí, junto a Yash, se convierte en algo distinto, en nuestra propia travesía de encuentros y desencuentros, de las veces en las que estuvimos juntos y aquellas en las que no, de cuando nos dijimos adiós.
Canto y él me aferra las manos con fuerza mientras tiembla de pies a cabeza. Llego al verso que habla sobre querer que se repita lo que hemos vivido hoy y apenas consigo pronunciar las palabras.
Hago una pausa cuando llega la enfermera con el calmante y vuelvo a cantar cuando se marcha.
Es una canción muy larga y me cuesta obligarme a sacar las palabras, pues cada verso está cargado de pena y arrepentimiento.
Cada imagen que evoca parece una metáfora para la pérdida.
No puedo mirarlo. Me limito a clavar la vista en nuestras manos unidas.
Al final, llego a los últimos versos. Y sí, hay algo que le puede traer cuando vuelva.
Unas botas de cuero español. Yash tiene los ojos cerrados y ha dejado de tiritar.
—Qué bonito —dice Sam en voz baja.
Me vuelvo hacia él.
Se ha quedado en el umbral. Me ve llorando y se acerca para apoyarme una mano en el hombro, un gesto cálido y tembloroso. Nos quedamos viendo a Yash dormir.
Una trabajadora del hospital trae el catre de Sam y él la ayuda a acomodarlo a los pies de la cama.
Saca unas sábanas del armario y hace la cama.
Cuando se inclina, se le sube la camiseta y deja al descubierto la tira de sus bóxers azules sobre la cinturilla de sus tejanos, como siempre.
Incluso antes de que se pusiera de moda.
El reloj que hay sobre el fregadero marca las 9:45 p.
m. No sé cómo es posible. Se me ha pasado la hora de darle las buenas noches a Jack.
Suelto a Yash, pero no se despierta. Al ponerme de pie, noto que tengo la espalda adolorida por haber estirado los brazos por encima de la baranda gran parte del día. Sam se sienta en su catre.
—¿Dormirá toda la noche? —le pregunto.
—Gran parte, sí.
—¿Y tú?
—Creo que también. —Se pone de pie—. ¿Tu vuelo sale muy temprano?
—Voy a cambiarlo. Volveré un rato por la mañana.
—Me alegro. Quizá podamos hablar un poco entonces.
Yo espero todo lo contrario, pero asiento.
—Buenas noches, Sam.
Voy a por mi maleta en un rincón y la sigo para salir de la habitación.
En el taxi, cambio mi vuelo de las seis de la mañana por uno al mediodía y le mando los detalles a Silas.
Me registro en el hotel y subo a mi habitación.
El pasillo es muy amplio y la moqueta, elegante.
Antes de que Jack enfermara viajábamos mucho.
A los niños les encantaba visitar hoteles como este, echar carreras hasta la habitación y pelearse para ver a quién le tocaba abrir la puerta.
Una vez dentro, se ponían a investigar hasta el último rincón: las patatas fritas, la caja fuerte, la alcachofa de la ducha.
Pedíamos servicio de habitaciones y jugábamos a las cartas sobre la cama.
Siempre nos quedábamos en una sola habitación, con dos camas, y creo que esos eran los momentos en los que más feliz me sentía, cuando estábamos todos en una sola habitación.
Esta me parece muy vacía. Me pitan los oídos en el silencio. Subo la calefacción y me dejo caer en la cama con el móvil. Llamo a Silas, pero no contesta. Carson y Claudette me han escrito con un montón de emojis, para mandarme todo su amor hasta Atlanta.
Bloqueo el móvil y se queda oscuro unos segundos antes de que la pantalla se vuelva a iluminar. Es Silas.
—Sigues despierto —le digo—. Eso no es buena señal.
—Jack está bien.
Pero Silas no. Se lo oigo en la voz.
—Hemos tenido un episodio algo difícil esta noche, pero ya está dormido.
—¿De verdad? ¿O está fingiendo?
—Creo que de verdad.
—Ha mejorado mucho con eso de fingir que se ha quedado dormido.
—Lo sé.