Corazón el Enamorado (Las crónicas de Ravenswood 1) Viernes #4
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Viernes #4

La manada vuelve con nuevos visitantes incluidos, gente que acaba de salir del trabajo.

Dos compañeros que trabajan con el alcalde, un amigo que conoció en la Facultad de Derecho, un vecino.

Cedo mi silla. Aunque Jared ha vuelto a la habitación, las sillas a su alrededor están todas ocupadas.

Sam me llama hacia su lado. Nos apoyamos juntos contra la pared del fondo.

Soy consciente de lo mucho que lo culpé por todo lo que sucedió entre Yash y yo.

Creía que sus intentos por sabotearnos habían sido deliberados desde el inicio, que se valía de su superioridad moral para sacársela en cara a Yash y que se anotó el punto de la victoria al hacer que se mudara a Atlanta con él.

Sin embargo, al quedarme de pie al lado de Sam, quien probablemente no haya salido de este edificio en más de una semana, quien no ha hecho más que mostrarse amable y agradecido conmigo desde mi llegada, puedo ver que probablemente la historia no haya sido tan sencilla.

A su lado, me siento como Jordan de nuevo. Me siento joven, como si me hubiesen hecho cruzar un portal secreto de vuelta al pasado.

—Mira.

Me entrega su móvil. En la pantalla veo una publicación en la página de Facebook que ha creado para Yash.

Es una larga historia de una tal Connie sobre una vez que fue con Yash al súper cuando estaban en segundo de secundaria para buscar unos materiales que necesitaban para un proyecto y lo gracioso que fue él mientras escogían rotuladores, y que después de eso se quedó prendada por él, por mucho que Yash no se enterara de nada.

Me echo a reír y le devuelvo el móvil.

—Le llegan cosas así cada pocas horas. Todas las que se enamoraron de Yash Thakkar sin que él tuviera ni idea.

El tío Bill se levanta, lo que me deja una silla libre justo al lado de Jared.

—Discúlpame un momento —le digo a Sam antes de impulsarme para apartarme de la pared—. Yash me ha puesto deberes.

Me acomodo en el asiento vacío.

—Jared, ¿verdad? —le digo—. Seguro que no te acuerdas de mí, pero una vez jugamos al escondite inglés frente a tu casa.

—Me acuerdo. —Intenta sonreírme, pero tiene los ojos enrojecidos y le gotea la nariz—. Llevabas una coleta lateral y me llamabas «enano».

—Coleta lateral, mira tú. Menudo vocabulario. A mi marido aún le cuesta distinguir entre un vestido y una falda. —Una de las tías de Yash alza la cabeza para mirarme. Siento como si mencionar a mi marido fuera una falta de lealtad en este lugar.

—Me dedico a dibujar, tengo que saber esas cosas.

—Yash me ha dicho que quieres hacer novelas gráficas.

—Ya he escrito dos y casi acabo con la tercera. Es una especie de tríptico.

—¿Se las has mostrado a alguien ya?

—Sí, tengo una agente. Está esperando que termine la tercera para intentar buscar dónde publicarla.

—¿Y piensas mudarte a Los Ángeles?

—Se suponía que tenía unas entrevistas en Pixar hoy y mañana, tengo un colega que trabaja ahí, pero las he pasado a la semana que viene.

No ha sido problema. —Mira a Yash, quien está hablando con Sam y alguien con abrigo y corbata que acaba de entrar—.

Es como un padre para mí. O un hermano. O ambos, la verdad. No podía irme.

¿Este es el chico por el que Yash se preocupa?

—Solo quiere lo mejor para ti.

—Cree que soy un fracasado.

—Claro que no.

—En serio. Cree que sueño cosas imposibles, que tengo la cabeza en las nubes y no sé poner los pies en la tierra.

—Eso es más por él que por ti. Se preocupa.

Jared asiente.

—Sé que lo hace por mi bien. Pero tengo que llegar a California. Hay una chica allí, aunque no es que estemos juntos ni nada.

—Pero piensas conquistarla.

Se echa hacia atrás e intenta buscar las palabras.

Lo espero.

—Lo más probable es que esté demasiado triste para conquistar a nadie —dice con mucho esfuerzo.

Le doy unas cuantas palmaditas en la rodilla. No tiene ni idea de lo encantador que puede resultar un muchachote melenudo que lo esté pasando mal.

—Ya verás que, cuando estés listo, va a caer rendida a tus pies.

—Pero bueno, te he pedido que hablaras con el chico, no que os volvierais amantes. —Los recién llegados se han marchado y he recuperado mi silla a su lado—. No puedo confiar en ti ni siquiera en mi lecho de muerte, ¿eh?

—A Jared le irá bien.

—¿Eso crees?

—Estoy segura.

—Ya veremos. Pienso dejarle lo que tengo, por poco que sea. Mis intentos de ahorros.

Nos quedamos en silencio un rato.

—¿Crees que pronto lo sabré todo?

Se me revuelve el estómago. No puedo devolverle la mirada, así que la clavo en nuestras manos unidas.

—Seguro que sí.

—Por fin sabré lo que pasó con el español aquel —dice.

Salí con unos cuantos chicos después de Yash y antes de conocer a Silas, pero solo le hablé de Paco. Estaba con él cuando Yash me mandó el poema del elefante.

—Te hablo sobre el español ahora mismo, si quieres.

Yash alza una mano para detenerme.

—No, no. Esperaré a escuchar la versión extendida del otro mundo. Con todos los detalles morbosos.

—Vale, pues lo reconocerás porque es el que se metía los jerséis dentro de sus vaqueros grises.

Yash se echa a reír.

—Sabía que era un ñoño.

—En su defensa, estaba muy de moda por aquella época.

—Ya, claro.

Noto que sus niveles de oxígeno han bajado, así que le acerco la cánula a la nariz.

—Respira hondo —le pido.

—«Hondo» es un término muy relativo —repone él.

Hago unas cuantas respiraciones de ejemplo. Yash me mira y me imita lo mejor que puede, con lo que su oxígeno vuelve a noventa y tres y se me queda mirando después de eso.

La intensidad de su mirada hace que me cueste devolvérsela.

—Eres preciosa, cariño —me dice.

«Cariño», una palabra que pertenece a otro universo. Me desorienta tanto que dejo de saber dónde estoy.

—Yash —lo llama su tío desde el otro lado de la habitación.

Yash pasa de él. Se ha percatado de que hay algo a lo que le estoy dando vueltas para mis adentros.

—¿Qué ocurre? —me pregunta—. Cuéntame qué pasa.

Pero el tío Percy habla más fuerte.

—A ver, tortolitos. Tenéis que decirnos qué queréis para cenar, porque mi delicado estómago ya no está para otro plato de lo mein de cerdo, ¿sabéis? —nos dice, dándose unas palmaditas en la barriga.

—Yo diría que ya tienes un par de cerdos enteros ahí metidos —repone Yash.

—Tengo una granja entera aquí dentro, Yashie.

Se deciden por comida italiana.

La tía Sue se ofrece a ir a buscar la comida en su coche. Jared alza el móvil y les dice que puede hacer que nos lo traigan.

—No puedes pedir comida a domicilio si estás en un hospital —repone el tío Percy.

Jared se lo explica.

—¿Cómo que Jordash? —pregunta el tío Percy.

—Door Dash —pronuncia Jared muy despacio.

—Pero si en Jordash compras ropa.

—Yo me encargo —dice Jared, sin pizca de fastidio, en lo que empieza a preguntarle a la gente qué quiere comer.

Yash me sonríe y no parece recordar la última pregunta que me ha hecho.

—Según lo veo yo, el amor en tus novelas funciona como la esperanza. ¿Por qué escogiste algo así? ¿Es eso lo que crees, que el amor es esperanza?

Estaba en un escenario en Reikiavik con mi editora islandesa, Birna Gunarsdóttir. Era la primera vez que nos veíamos, en el último viaje que hice antes de que Jack enfermara.

—La mayoría me pregunta por el sexo, no por el amor.

—Lo sé, lo he visto por internet. Pero mi pregunta es sobre el amor.

—¿Acaso el amor no es una forma de esperanza? —contesté.

—No. El amor es devastación. Es lo que te permites sentir bajo tu cuenta y riesgo, por mucho que la razón te diga lo contrario.

Iba vestida de negro, con los labios de un rojo intenso, y pude ver en su rostro que hablaba muy en serio. Tras unos segundos, se obligó a suavizar la expresión.

Había capturado la atención del público por completo.

—Cierto. Es todo lo que dices —concedí—. Solo que ¿qué sería de nosotros si no lo sintiéramos de todos modos? Creo que es la única forma que tenemos de sentir esperanza. En nuestra supervivencia, quiero decir. ¿De qué nos sirve cualquier otra virtud si el amor no está presente?

—En la literatura, el amor es una debilidad. Yago puede manipular a Otelo sin mayor problema gracias al amor que este siente por Desdémona. Anna Karenina se lanza a las vías de un tren.

—Otelo confía en Yago, no en Desdémona. La sociedad de Anna Karenina no le permite estar con Vronsky. El amor no es debilidad, es la gente la que se interpone. Son ellos los que son débiles y peligrosos, no el amor.

Con una mueca de sus labios rojos, mi editora continuó:

—He leído en varias entrevistas a lo largo de los años que Gente independiente es uno de tus libros favoritos. ¿Es eso cierto?

—Sí. Quizá mi favorito a secas.

Oímos un aplauso espontáneo entre el público.

—¿Por qué? ¿Por qué este libro sobre un pastor de ovejas desdichado?

—Hay ocasiones en las que uno puede recordar el momento exacto en el que lee ciertos libros, ¿verdad?

El cuándo y el dónde. Un buen libro, y hablo de uno bueno de verdad, no solo nos transmite una experiencia ficticia, sino que altera e intensifica el modo en que vives la vida mientras lo lees.

Y también lo preserva, como si fuese una cápsula del tiempo.

—Por mucho que prácticamente todo el público fuera de Islandia y no entendieran del todo mi idioma, pude notar que sabían de lo que hablaba—.

Cuando pienso en Gente independiente , recuerdo la brisa de verano colándose por la ventana y la manta que teníamos en la cama, y a mis hijos, que eran muy pequeños por aquel entonces.

También recuerdo que Silas, mi marido, lo leyó justo después que yo y empezamos a llamarnos Bjartur el uno al otro.

—El público se echó a reír de pronto y comprendí que era porque había pronunciado terriblemente mal el nombre del personaje.

A Birna también le hizo gracia.

—¿Os llamabais Bjartur? ¿Y eso?

—Era un apelativo cariñoso.

Más risas.