Corazón el Enamorado (Las crónicas de Ravenswood 1) Viernes #3
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Viernes #3

—Todos los residentes y practicantes que llevan días sin dormir necesitaban cafeína —continúa.

Me entra el impulso de apartar mi mano de la de Yash.

Con un café en cada mano, rodea la cama de Yash y va hacia el otro lado.

Me percato de una silla que hay en ese rincón, con una mochila al lado.

Es su sitio. No lo había visto antes. Deja los cafés en la bandeja llena de cosas que hay en la barandilla de la cama.

Sin alzar la mirada, recoge las servilletas sucias, los envoltorios de las pajitas y los envases desechables y lo tira todo en la papelera que tiene detrás.

Toma un pañuelo de la mesita de noche, lo humedece en un vaso de agua y limpia la bandeja, levantando los vasos de café uno a la vez para limpiar por debajo de ellos también.

Yash me aprieta la mano con más fuerza. Sabe que quiero soltarlo, que no quiero que me descubran.

—¿Qué ocurre? —pregunta Sam, alzando la vista para mirarme.

Sí que ha envejecido, pero no tanto. Tiene los mismos ojos color avellana. La misma sonrisa pequeña.

—Anda, Jordan —exclama.

Vuelve a mi lado de la cama y yo me levanto.

Cuando me abraza, lo noto temblar.

—Qué bien que hayas venido —dice.

Nos volvemos a la vez para mirar a Yash, y este nos sonríe a ambos, encantado de la vida.

Alguien encesta en la tele y la habitación se llena de vítores. Yash intenta incorporarse, lo que hace que se arranque la cánula de la nariz, y Sam y yo nos estiramos a la vez para acomodársela. Yash me vuelve a dar la mano.

—¿Quieres más hielo? —pregunta Sam, sacudiendo el vaso enorme y de plástico que tiene Yash.

—No, no. Siéntate a ver el final del partido.

Sam se sienta en su silla del rincón y echa la cabeza hacia atrás, contra la pared. Tiene la vista hacia la tele, aunque no la está mirando. En cuestión de segundos, se le cierran los ojos.

—¿Sabías que lleva durmiendo aquí una semana?

—dice Yash—. Según parece lo llamé en mitad de la noche para decir tonterías.

Y él supo que era el oxígeno, así que me fue a recoger en coche y me trajo hasta aquí.

Dicen que me habría muerto si no hubiera venido a por mí.

Todas las noches le dejan un catre allí al pie de mi cama.

—Menea la cabeza, como si las palabras no fuesen suficiente.

Los ojos se le llenan de lágrimas, pero las contiene—. Ha sido un muy buen amigo, Hink.

Los hijos de Sam entran y rodean la cama hacia el lado en el que se encuentra su padre. El más pequeño se abre paso entre las rodillas de él y le tira de la manga.

—Papá.

Sam se despierta de golpe y abre los ojos.

—Ya ha llegado mamá.

—Vale, vale. Id a por vuestras cosas.

—Ya estamos. —Ambos tienen una mochila a los hombros.

Sam asiente, se pone de pie y les da un abrazo. El mayor es más alto que él.

—¿Tenéis el uniforme en casa de vuestra madre?

Ambos dicen que sí y se vuelven hacia Yash.

—Adiós, renacuajos —se despide Yash.

—Adiós, rana —dice el mayor.

El más pequeño abre la boca para decir algo, pero le resulta imposible. Su carita de valentía se quiebra. Se inclina sobre la baranda de la cama y apoya la cabeza en el pecho de Yash, mientras él le acaricia el pelo.

—Mañana no podemos venir —informa el mayor.

—En ese caso, os veré el domingo —dice Yash—. No me moveré de aquí, ya lo veréis.

El pequeño se endereza.

—¿Te han devuelto tu examen de Ciencias ya?

Asiente.

—¿Y qué tal?

—Sobresaliente.

—Te lo dije. ¿Ves que te lo dije?

El niño asiente de nuevo y sigue a su hermano fuera de la habitación.

No sabía nada sobre los hijos de Sam o la relación que mantenía Yash con ellos. Siempre ha dicho que sus amigos lo abandonaban cuando empezaban a tener hijos.

Fuera, en el pasillo, el pequeño se pone a llorar.

Sam y yo intercambiamos una mirada. Con ella, intento decirle que lo siento. Que lamento que no pueda protegerlos de algo así.

—Son unos chicos estupendos —dice Yash por lo bajo.

Paige se asoma por el umbral.

—Rosemary dice que el médico que hace las rondas está empezando con este pasillo.

Las rondas. ¿No es pronto para eso? Echo un vistazo al reloj y es imposible que ya pasen de las cinco. No sé cómo se ha hecho tan tarde.

—¿Podéis poner el partido en la sala de espera? —pregunta Yash.

—Ted ya está en eso —contesta ella.

Yash se vuelve hacia Sam.

—Hora de pedirle a todo el mundo que salga.

Sam ya está de camino al mando. Le quita el sonido a la tele y todos parecen saber qué hacer. Se despiden de Yash chocándole los cinco.

Espero a que todos salgan y me levanto para hacer lo propio.

—Tú no, Jordan —me dice Sam. Y entonces añade, con más delicadeza—: ¿Podrías quedarte?

—Claro. —Me vuelvo a sentar y le doy la mano a Yash.

El médico entra seguido de un rebaño de residentes que no tardan en acomodarse en un semicírculo a sus espaldas. A Sam y a Yash no parece sorprenderles esta súbita invasión de desconocidos.

—Buenas tardes, señor Thakkar —dice el médico sin mayor emoción en la voz, en lo que comprueba algo en su iPad. De pronto, alza la cabeza y le extiende la mano—. Soy el doctor Gaucher.

Yash me suelta para estrechársela y el médico se vuelve hacia mí.

—Señora Thakkar.

Ninguno de los tres lo corregimos, me limito a estrechar su áspera mano.

—¿Cómo se encuentra hoy? —inquiere el médico, con más ánimo del que parece sentir en realidad.

—Bien —contesta Yash—. Estupendamente.

—En una escala del uno al diez, en la que uno es el nivel mínimo de dolor posible, ¿algún dolor o incomodidad?

—Ninguno. Cero —repone Yash.

Noto que está intentando complacer al médico, ganarse su ayuda al ser un paciente tan agradable, sin dolor alguno.

El médico le apoya la campana del estetoscopio en el pecho.

—Parece que respira bien.

—Sí.

—¿Y le están dando suficiente morfina? —Pasea la mirada por todos nosotros para recibir una respuesta.

Yash y Sam asienten.

—Me alegro —dice el médico, revisando su iPad—. Va todo muy bien, entonces.

¿Qué parte de todo esto puede ir muy bien?

En el otro lado de la sala, a los residentes les cuesta concentrarse.

Tensan la mandíbula, cambian el peso de un pie a otro.

Pasan la mirada por la habitación entera, aunque nunca sobre nosotros.

En cambio, yo los observo uno a uno. ¿Qué dramas se habrán desarrollado entre ellos?

Puedo notar su juventud en la sala, un campo de fuerza lleno de miedo, anhelo y confusión.

Es muy intenso. Sé que no sienten nada de nuestra parte, de dos hombres y una mujer cerca de los cincuenta.

Nada de lo que pasó entre nosotros o lo extraño que resulta que los tres estemos en la misma habitación en este momento.

Todos nos hemos visto atrapados en esta puesta en escena; Yash pretende que no se está muriendo, Sam y el médico hacen como que la medicina aún puede hacer algo por él y yo tengo el papel de la esposa sacrificada que no se separa de su lado.

Sam le hace algunas preguntas sobre el oxígeno, sobre los litros por minuto y un medicamento que no reconozco.

El médico se las responde todas.

—¿Algo más? —pregunta, echándole un vistazo al reloj. Varios de los residentes hacen lo mismo.

«Hay que mantenerlos estables hasta las 6:05», como dice el viejo refrán médico.

Negamos con la cabeza.

—Me alegro de ver que tiene a su familia consigo —dice el médico—. Muchos no tienen tanta suerte. —Entonces se marcha y se lleva a su rebaño.

A Sam le vibra el móvil, así que se lo saca del bolsillo.

—Es Cole.

Yash niega con la cabeza.

—¿Otra vez?

—Ahora dice que no podrá llegar hasta el martes.

—¿Y quiere saber si seguiré vivo hasta entonces?

La risa de Sam sigue siendo silenciosa.

—Algo así.

Yash se presiona un punto por debajo de la clavícula.

—Ven, toca esto —le dice.

Sam toca el lugar que le señala.

—Haz presión.

Sam hace lo que le pide.

—Es como esponjoso, ¿no te parece?

—Un poco. ¿No lo tenías antes?

—Creo que no. Ven, toca tú —me dice, abriéndose la bata azul de hospital para que tenga mejor acceso.

Hago presión donde me dice. Su pecho descubierto me sorprende. Había olvidado lo ancho que era, lo suave. Noto el lugar señalado como un globo pequeño, tenso pero no denso.

—¿Debería pedirle al médico que volviera?

—Veamos si se va por sí solo.

Sam asiente.

—¿Quieres que le pida a la manada que vuelva?

—Claro.

Sam va a la sala de espera y Yash me da un apretoncito en la mano.

—¿Has visto a mi primo Jared, el melenas? Es el nieto de Sue y Percy.

—¡¿Ese era Jared?!

—Me preocupa el chico. ¿Recuerdas que se suponía que sus padres iban a volver para llevárselo?

Pues no hubo suerte. Y a mi tía Sue le ha costado lo suyo criarlo.

Quiere hacer novelas gráficas. —Yash pone los ojos en blanco—.

Y mudarse a Los Ángeles. Se supone que tiene un amigo con contactos.

Una pérdida de tiempo, en serio. ¿Podrías hablar con él y hacer que ponga los pies en la tierra?

—¿A qué te refieres?

—A que no se entera de nada. Vive en un sueño.

—Alza la mano para señalar hacia arriba—.

No está siendo realista. Y seguro que termina dejando preñada a alguna chica por ahí.

—Ve el cambio en mi expresión y lo malinterpreta—.

Perdona. Seguro que deja embarazada a una jovencita muy lista.

Tú habla con él, porfa. Me preocupa y yo ya no puedo ayudarlo.

—Vale, hablaré con él.

—Gracias. Dile las cosas como son, cuéntale lo complicado que es vivir una vida creativa. Todos los riesgos que hay que tomar. Cuéntale sobre toda la gente que conoces, yo incluido, que no lo consiguieron.

¿Y tú qué sabrás sobre riesgos? Eso es lo que quiero decirle. Tú que siempre vas a lo seguro, Don Precauciones. Y yo te protegí la única vez que las cosas no salieron como esperabas.

Es muy desagradable eso de sentir tanta rabia contra una persona que se está muriendo.