Corazón el Enamorado (Las crónicas de Ravenswood 1) Viernes #2
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Viernes #2

Entra una enfermera, imagino que para mandar a callar a todo el mundo, pero en su lugar se abre paso entre todos los hombres que están de pie y en sillas y se dirige hacia el otro lado de Yash, para cambiar uno de los medicamentos, darle a algunos botones y acomodarle la cánula.

Le da unos toquecitos con una de sus uñas blancas y largas al número que indica el oxígeno en el monitor de signos vitales.

—Tienes que respirar hondo o tendré que ir a por la mascarilla de oxígeno.

Yash respira hondo y el número de la máquina sube.

—Buen chico. —La enfermera se vuelve hacia mí—. No queremos que baje de los noventa, ¿vale?

Asiento, la enfermera se marcha y Yash me vuelve a dar la mano, sin apartar la vista de mis ojos.

Antes no era de los que daba la mano o te miraba a los ojos, pero, por alguna razón, no me incomoda.

—Estoy muy contento, Hink —me dice—. Te he echado muchísimo de menos.

No seguimos en contacto después de que nos visitara en Maine.

O bueno, yo no lo hice. Él nos mandó una tarjeta de agradecimiento y me escribió un par de cartas.

Quizá más de un par, pero desde que Jack enfermó las cosas se tornaron algo difusas.

Hace como un año, me llamó para decirme que tenía cáncer.

Jack se estaba recuperando de su tercera operación.

Hablamos bastante durante esa primavera y ese verano.

Lo puse en contacto con el oncólogo de Jack, que a su vez le recomendó a alguien de Atlanta.

Yash pasó por quimioterapia y radioterapia y luego por un ensayo clínico que hizo que sus tumores empezaran a reducirse.

En cuestión de unos meses, uno llegó a desaparecer del todo.

Me mandó el anuncio de una casita en venta a las afueras de Atlanta y debajo escribió: «¡Este individuo que lleva el pan a la mesa se acaba de comprar una casa! ».

Ese otoño me invitaron a la Universidad de Boston para hacer una lectura de uno de mis libros y echarle un vistazo al taller de ficción de los alumnos de posgrado.

El taller lo daba el escritor Ray Hart. El último otoño había sido la primera historia de Ray Hart en ver la luz; desde entonces, había publicado dos novelas maravillosas, con doce años entre ambas.

La primera la leí en Phoenix, cuando vivía con mi madre.

Por aquel entonces aún no había empezado a escribir, pero cuando terminé aquella novela le dije a mi madre que iba a escribir un libro.

Nunca quito ese libro de mi escritorio, para no olvidar esa sensación.

A pesar de que hacía años que había dejado de viajar por trabajo, de aceptar cualquier clase de invitación, aquella no me quedaba muy lejos y tenía que ir a conocer a Ray Hart.

Esa tarde, mientras conducía hacia la Universidad de Boston, llamé a Yash.

Al final, él también había terminado enamorándose de las novelas de Ray Hart y, tras releer El último otoño , admitió que esa también era una buena historia.

Era uno de esos días de octubre, frescos y brillantes.

Hasta la autopista me pareció muy bonita.

Jack se había ido al colegio y yo me había arreglado y salido de casa, lista para ser una autora profesional de nuevo.

Yash era la única persona que entendería exactamente cuán emocionante era ese momento para mí.

Me contestó casi al instante. Y entonces supe que algo no iba bien.

Las últimas pruebas que le habían hecho indicaban que los tumores habían empezado a crecer de nuevo. La inmunoterapia ya no estaba dando resultados. Le habían dejado de dar el medicamento, de hecho.

—¿Tras mirarlo una sola vez? ¿Y si es solo algo puntual? ¿Y si se empiezan a encoger otra vez el mes que viene?

—Es un ensayo clínico. Si fallas una vez, no calificas.

—¿Qué te ha dicho tu médico?

—Que comience a dar la voz. Que será cosa de unos seis meses.

—No. No me lo creo. Tiene que haber algo más que podamos hacer.

— Ya. —Oía la sonrisa en su voz—. Ya imaginaba que dirías algo así.

Por el ruido, parecía que iba andando y que le faltaba el aliento.

—¿Dónde estás?

—En mi casa vacía. Aún ni me he llegado a comprar un sofá.

—Pues necesitas un sofá.

Lo oí sentarse en algún lado.

—Subir las escaleras es como hacer un triatlón. —Hizo una pausa—. Pero fuera de eso, estoy muy bien.

Continué conduciendo a través de ese día tan reluciente en mi par de botas de ante nuevas, las que había comprado específicamente para ese día, y me sentí como si se hubiese abierto un abismo de tiempo entre nosotros. Como si yo siguiera siendo joven y él se hubiera convertido en un carcamal.

Cuando recuperó el aliento, me dijo que le preocupaban sus libros.

No quería que los separaran. Entonces se le quebró la voz.

¿Estaría llorando? Yash nunca lloraba. No sabía si podría tolerarlo.

Pero no se echó a llorar, solo repitió que le preocupaba que no hubiese nadie que pudiese aceptar su biblioteca entera.

Aunque la idea parecía hacer que respirara peor y me entraron ganas de decirle que ya me quedaba yo con todos, no lo hice.

En su lugar, le insistí en que ya saldría un nuevo ensayo, un medicamento mejor. Le dije que iría pronto a verlo, cuando las cosas con Jack estuvieran algo más estables.

Me acerqué andando a la universidad y encontré el edificio que indicaba mi itinerario, así como el aula en la que se iba a dictar el taller.

Ya había unos cuantos alumnos esperando, así que me presenté y nos pusimos a hablar sobre el programa.

Ray Hart fue el último en llegar y cerró la puerta a sus espaldas.

—¿No ha llegado aún? —preguntó, y unos cuantos de los alumnos me señalaron.

—Ah, estupendo. Perdona. —Se acercó, me puse de pie y nos estrechamos la mano—. Es un placer conocerte —me dijo.

Llevaba unos cuantos libros, dos de ellos míos, como solían hacer los muchachos en la universidad, contra la cadera. Vestía unos pantalones de pana, ligeramente desgastados en la parte trasera. Por mucho que tuviera más de sesenta años, todo en él me recordaba al chico universitario de su historia.

Me ofreció la silla de respaldo alto entre todas las que había en la mesa del seminario, la que claramente era para él, pero le dije que estaba bien donde estaba. Él me sonrió y ocupó su sitio, y pude ver que les caía bien a sus alumnos, que creaba un ambiente agradable en su clase.

Empezó dándome las gracias por haber ido, que había admirado mi trabajo desde que publiqué por primera vez. Sostuvo en alto mi último libro y dijo que era una de las cosas más impresionantes que había leído en años. Sus palabras hicieron que un calorcito se me extendiera por el pecho.

—Mandé a esta clase a leerlo hace dos semanas y la bandeja de entrada se me ha llenado de algo que no suelo recibir: correos de agradecimiento.

De estos jóvenes que ves aquí. Muchos de ellos me confesaron que jamás habían terminado un libro que les había encargado leer.

Así que cuentas con un público encantado de escuchar cualquier detallito que quieras compartir con nosotros.

Me dedicó una sonrisa muy amable. Yo me había quedado sin palabras ante sus alabanzas, algo que no me había visto venir.

No habíamos intercambiado ni una palabra hasta este momento.

A mí me había invitado un comité, y todas mis interacciones habían sido con el administrativo a cargo.

No sabía que había leído mis libros y él no tenía ni idea del cariño que les tenía yo a los suyos.

Le di las gracias, con la voz algo cortada por la cantidad de emociones que me habían embargado, e intenté contar la historia sobre cómo había descubierto sus obras en mis años de universitaria, pero lo que me vino a la mente fueron las páginas fotocopiadas que dejé bajo la puerta trasera de Breach House y Yash en el árbol con mis hijos, por aquel entonces todos sanos y fuertes, y Yash por teléfono, preocupado por sus libros.

Y no pude controlarlo. Perdí el control de un momento a otro.

Me eché a llorar en mitad de ese seminario y no pude parar.

Ray Hart me miró horrorizado y no pude explicarle lo de Jack, lo de Yash, lo mucho que apreciaba sus obras y la sorpresa que había sentido al ver que él también valoraba las mías, las cuales había abandonado por completo desde que mi hijo había enfermado.

Tenía una mano alzada, intentando asegurarles a todos que solo necesitaba un momento para recomponerme.

Al final conseguí hacerlo. Como intentar explicarme solo habría conseguido desatar otro exabrupto por mi parte, me puse a repetir frases ensayadas sobre mis novelas y mi proceso de escritura.

Les mostré las libretas con espiral, donde había escrito mis primeros borradores en lápiz, y contesté a sus preguntas tan bien como pude.

Al terminar, Ray Hart le pidió a uno de sus alumnos que me acompañara a la sala en la que iba a dar mi charla.

Cuando me presentó al público una hora más tarde, no sentí la misma calidez que le había demostrado a mi trabajo hacía un rato, aunque quizás fuera mi propia vergüenza que distorsionaba las cosas.

En la cena que compartimos luego, nos sentamos en extremos opuestos de la mesa y tuve que disculparme antes del postre, pues debía conducir de vuelta a Maine.

En el coche me dije que le escribiría para explicarle lo sucedido y disculparme, pero al final no lo hice.

Una vez que llegué a la autopista quise llamar a Yash para contarle el fiasco que había sido todo, que había echado a perder mi oportunidad de conocer a Ray Hart.

Pero era tarde y no quería que supiera, al contarle lo mucho que había llorado en aquel seminario, que ya sabía que se estaba muriendo.

Algo pasa en la tele que no es bueno y los hombres de la habitación se ponen a refunfuñar.

—Menuda cola he tenido que hacer —dice alguien a mis espaldas, entrando en la habitación.

El cuerpo se me tensa antes de que mi mente tenga tiempo para procesarlo.

Es Sam.