Corazón el Enamorado (Las crónicas de Ravenswood 1) Viernes
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Viernes

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Silas me insiste en que vaya. A mí me sabe muy mal dejarlos, incluso si solo es durante una noche.

—Estaremos bien —me asegura, aparcando cerca de las puertas de embarque. Jack está en el colegio, por primera vez en nueve días.

—Lo sé.

Lo que me preocupa es la operación. La doctora nos dijo que puede que tuviéramos solo un día para llegar hasta Houston para el preoperatorio.

—Incluso si recibiéramos la llamada ahora mismo, podríamos estar allí el domingo.

Ya no hablamos sobre lo que nos va a costar, sobre la excedencia que ha tenido que tomarse él en el trabajo, no remunerada, ni de que yo llevo cinco años sin publicar nada.

Asiento y saco mi maleta pequeña del asiento trasero.

—Solo es una noche —me dice, dándome un abrazo fuera de las puertas giratorias—. Lo lamento mucho. —Se refiere a lo de Yash, pero lo único que siento ahora es la tristeza de tener que dejar a mi familia.

—No quiero ir —le digo, cuando aún estoy entre sus brazos, rozando con los labios los inicios de la barba que le cubre el cuello—. Detesto los hospitales.

En el avión, me aferro a la roca que me ha dado Jack.

Lo hace desde que era muy pequeñito, eso de darme una roca para que me acompañe en mis viajes.

Las colecciona. Esta ya me la había dado antes, tiene una pequeña abolladura.

Jack dice que tiene forma de corazón, pero yo no diría tanto.

Lo que sí, me encaja bien dentro de la mano.

Despegamos y recuperamos la posición horizontal.

Observo las nubes por la ventana. Cuando estoy en un avión, pienso en mi madre.

Pienso en ella en muchos sitios, por mucho que ya haga dieciséis años que nos dejó.

Si bien no llegó a conocer a mis hijos, sí que me ha ayudado a criarlos.

Sé cuánto los quiere, puedo sentirlo. Hablo con ella.

Le rezo. Cierro los ojos y le suplico que los mantenga a todos bien y a salvo en lo que vuelvo.

Yo puedo, pienso, mientras me llevo mi refresco de arándanos rojos a los labios.

No pasa nada, pienso, mientras avanzo con mi maleta en dirección a la salida.

La compré para mi última gira literaria y casi no la he usado desde entonces.

Es una de mis posesiones más elegantes, con sus cuatro ruedas muy resistentes y unas cremalleras que no se rompen.

Es de color azul marino y tan fácil de maniobrar que puedo hacer piruetas con ella ante el mínimo roce.

Podría huir de casa y unirse al cuerpo de ballet.

Todo irá bien , pienso, en la carretera de camino al hospital. Yo puedo . Reviso el móvil y veo que no tengo ninguna novedad de mi familia.

En el vestíbulo, me fallan las fuerzas. Me dejo caer sobre una butaca que da a los ascensores y la maleta se detiene, sin ganas, cerca de mi rodilla. No, no puedo . Los ascensores suben y bajan con sus ruidos y silbidos fuertes.

Dejo que pasen unos minutos más. Cuando me levanto y le doy al botón para subir, una puerta se abre de inmediato. No hay nadie dentro. Mi maleta da un pequeño saltito sobre la entrada por delante de mí y he de seguirla. Presiono el botón de la quinta planta.

En ocasiones el tiempo parece ofrecer resistencia, como el viento. Pasa un rato hasta que el suelo me empuja y me hace subir.

No quiero estar aquí. No quiero hacer esto. Necesito volver a casa. Vuelvo a revisar el móvil y no tengo ningún mensaje. Ninguna llamada de la cirujana.

El ascensor se sacude un poco antes de detenerse. La puerta se abre y tengo frente a mí un largo pasillo que rodea un área de enfermería. El olor me invade. Dios, cómo lo odio.

Compruebo el mensaje de Sam de nuevo y busco el número de habitación: es la 508. Intento pasar por el área de enfermería sin decir nada, pero una mujer alza la mirada del ordenador.

—¿Viene a ver a Yash Thakkar?

¿Cómo lo sabe?

Asiento.

Me señala la habitación que está en la esquina, en diagonal a donde nos encontramos.

Y allí está Sam, dándome la espalda, apoyado contra una pared al lado de la puerta y hablando con varias señoras mayores.

La imagen me confunde muchísimo. No parece haber envejecido, al menos no de espaldas.

Tiene una cabellera castaño cobrizo muy poblada, sin señales de calvicie en la coronilla y ni una sola cana.

La misma espalda recta, cintura estrecha y piernas arqueadas.

Una de las mujeres alza la vista hacia mí en lo que me acerco.

Sam se vuelve y se transforma en un chiquillo.

Un adolescente, de la misma edad que Harry.

De la habitación 508 sale otro Sam, más pequeño y más joven.

Se queda allí un momento para luego apoyar la cabeza sobre el hombro de su hermano.

Ambos pasan por mi lado, con expresiones acongojadas, y se alejan por el pasillo.

—Ay, Jordan —exclama la mujer, aferrándome el brazo—. No has cambiado nada.

Hace más de veintiocho años que nadie que no sea Yash me llama así.

—Soy Rosemary —me dice—. Rosemary Gallagher. —Es la madre de Sam.

—Rosemary —exclamo, de pronto conmovida al verla en el hospital.

El apretón que me da en la mano es fuerte, con sus huesos marcados y sus anillos de oro.

—Has venido.

—Jordan —dice la mujer a su izquierda, y yo reconozco su sonrisa amable.

Es Paige, la madrastra de Yash. Lleva el pelo corto y noto su ropa suave y holgada cuando me abraza.

El padre de Yash murió hace algunos años, y Yash y Paige se volvieron más unidos desde entonces—.

Ay, le va a hacer muchísima ilusión verte.

No sé por qué se emociona tanto todo el mundo.

—Pasa, pasa —me dice Rosemary—. Ve a verlo.

Avanzo hacia la puerta, pero veo a alguien salir. Es la madre de Yash.

—Ay, cielo. Has venido. —Es tan menudita que tengo que agacharme para abrazarla. Su rostro y sus huesos parecen diminutos. La noto muy frágil entre mis brazos—. Te ha estado esperando.

Abre la puerta, pero no estoy lista. No estoy preparada para nada de esto.

La habitación es grande y está llena de gente, hombres todos.

Hay unos ocho o diez en sillas, otros de pie, y todos tienen la vista clavada en la tele suspendida en el extremo más alejado de la habitación.

Algo pasa y todos le gritan a la pantalla a la vez.

Unos cuantos se ponen de pie de un salto.

Yash está en el centro, incorporado un poco en la cama, con una gorra de los Georgia Bulldogs que aún lleva la etiqueta y gritando como el resto de los presentes.

Es el único que se percata de mi presencia y la expresión se le ilumina como hace muchísimo tiempo. Pero entonces ve que noto la cánula de oxígeno, los sueros intravenosos y el catéter de Foley que sale de un lado de la cama, y recuerda dónde estamos, por lo que su expresión se torna avergonzada.

Me extiende una mano y yo se la doy. Le doy la mano a Yash.

—No creía que fueses a venir.

—Pues claro que iba a venir.

—Pero Jack…

—Jack está bien.

Me agacho para darle un abrazo delicado, con cuidado de no mover nada de su sitio. Su madre hace que uno de los tipos se levante de una silla y la arrastra hasta donde estoy. Mi maleta se la lleva a un rincón.

—Tú siéntate aquí con él, cielo.

Hago lo que me dice y Yash me sujeta ambas manos. Desde París que no nos tocábamos así. De nuevo se produce un escándalo cuando todo el mundo le grita a la tele.

—Es el campeonato nacional de baloncesto —me explica con la misma expresión llena de alegría de antes—. Increíble, ¿verdad?

Noto como si me hubiera quedado sin voz.

—Sí, es genial —repongo. Hay tanto ruido en la habitación que no podrá oír cómo se me quiebra la voz—. ¿Cómo te encuentras?

—Bien. —Me da otro apretoncito en la mano—. Estoy estupendamente. Has venido. Todo el mundo ha venido.

Me obligo a pasar la mirada por la habitación, a identificar a Sam.

¿Me querrá dirigir la palabra? ¿Lo haré yo?

Ninguno de los hombres presentes parece ser él.

Brent, Arlo y Percy, el tío de Yash, me saludan con abrazos breves durante una pausa por un tiro libre.

Brent contesta una llamada y sale de la habitación, tapándose la otra oreja con un dedo.

—No has llegado a ver a Bean. Se ha pasado un rato temprano, pero va a volver luego. ¿A que todo es increíble? —vuelve a decir, echándole un vistazo al caos de la habitación—. ¿Has visto eso, Jimmy? Ya te lo había dicho. Es como si ese tipo lanzara ladrillos.

Jimmy se muestra de acuerdo.

Yash se vuelve hacia mí.

—¿Te puedes creer todo esto? Tantísima gente. Es toda una bendición.

Contemplo el lugar en el que el catéter PICC se le adentra en el pecho. ¿Cuánta morfina le estarán dando? Porque «bendición» no es algo que haya oído a Yash decir nunca.

—¿Ya tienes fecha para la operación?

No recuerdo haberle hablado del tema. Que sea capaz de recordarlo, que le preocupe, hace que me suba un nudo por la garganta. Niego con la cabeza.

—Deberías estar en casa, con tu familia.

—Estoy donde debo estar. —Al decirlo, me parece más cierto de lo que creía.

Nos damos un apretoncito en las manos y clavamos la mirada en el otro un buen rato sin decir nada, como si todo esto fuese de lo más normal, este cariño tan crudo y sincero que compartimos.

La madre de Yash vuelve y me entrega una taza de té.

—¿Te acuerdas de mi hermana Sue? —Tira de la tía de Yash, que está en la puerta y parece no haber envejecido ni un día desde que la visité en Knoxville.

—Pues claro. También recuerdo el mejor pastel de pecanas que he comido en la vida. —Me levanto para darle un abrazo y le ofrezco mi silla.

Ella la rechaza con un ademán.

—No, no. Siéntate tú que eres la invitada de honor.

—Más bien una metomentodo. —Le hago otro ademán hacia la silla.

Me sonríe, negando con la cabeza.

—Gracias por venir —me dice con los ojos brillantes por las lágrimas—. Ya hablamos en un rato.

Regresan al pasillo y Yash me vuelve a tomar de las manos.

—¿Por qué todo el mundo es tan amable conmigo? —le pregunto.

No me contesta porque alguien ha metido un triple con el que culmina la remontada de su equipo.