Corazón el Enamorado (Las crónicas de Ravenswood 1) Jueves
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Jueves

CAPÍTULO ONCE

Jueves

J ack siempre miente cuando se trata del dolor. Dirá que es un dos cuando es un cinco, y un cinco cuando apenas tiene fuerzas para pronunciar palabra. Si la cosa pinta muy mal, nos entregará su libro y dejará que uno de nosotros se lo leamos. Hace una semana que la cosa pinta mal.

Harry está haciendo sus deberes de álgebra en la mesa de la cocina, con los cascos puestos, y Silas prepara algo en el wok que sisea y hace que salga humo.

Jack y yo estamos en el sofá que movimos para días como estos.

Se apoya del todo contra mí. Preferiría leerle historias sin peligro alguno y finales felices, pero él quiere datos reales.

Sostengo el libro con una mano mientras le acaricio la cabeza con la otra y leo un capítulo sobre la extinción masiva de los mamíferos en cada continente, poco después de la llegada del primer Homo sapiens.

—«Cuando los primeros norteamericanos marcharon hacia el sur desde Alaska, hacia las llanuras de Canadá y la zona oeste de los Estados Unidos, se encontraron con mamuts y mastodontes, roedores del tamaño de osos, manadas de caballos y camélidos, leones descomunales y decenas de especies que no se asemejan a nada de lo que tengamos hoy en día» —le leo.

Entre dichas especies están los tigres de diente de sable y unos perezosos terrestres que pesaban ocho toneladas y llegaban a medir unos seis metros.

Mamíferos que, a pesar de haber vivido durante más de treinta millones de años, la raza humana acabó aniquilando para siempre en cuestión de dos milenios.

Jack lleva puesto un gorro que Claudette tejió para él, con tres imanes, uno en la frente y los otros dos en las sienes.

Ha investigado mucho sobre la terapia magnética y mi hijo dice que lo ayuda.

En lo que me va escuchando, se presiona con fuerza el imán de la derecha en el cráneo.

Lo noto antes de que pase. Lo noto en la piel, en la de Jack, una especie de brisa y como si todo perdiera intensidad.

Me parece que llamo a Silas en voz alta, aunque no las tengo todas conmigo.

A Jack se le destensa el cuerpo, como si se hubiera quedado dormido, pero entonces todos los músculos se le contraen a la vez, brazos y piernas rígidos como una tabla, y yo lo aprieto contra mí mientras él se sacude y me da un cabezazo contra la mandíbula que hace que me muerda la lengua.

«Estamos en el sofá», le digo. «Estamos en el sofá».

Porque la última vez lo sorprendió solo en el baño.

Pero ahora estamos bien. Todo va bien. Todo es electricidad y oscuridad, y Harry se ha quitado los cascos hasta dejárselos en el cuello y Silas está en el sofá con nosotros, sujetándonos a ambos y limpiándome la sangre que se me ha escapado de la boca.

Entonces Jack se queda flojo entre mis brazos y abre los ojos.

La escena le resulta conocida, lo pálidos que estamos, la sensación posterior.

Una vez lo comparó con Pompeya, el despertar y vernos cubiertos de cenizas.

Porque somos nosotros los que nos hemos quedado de piedra ahora, es él quien tiene que esperar nuestro regreso.

Sus convulsiones son una respuesta al dolor, y un alivio después de este.

Al menos por un par de días, su dolor bajará a dos de verdad.

—No pasa nada, estoy bien. —Levanta la cabeza despacio de mi regazo, y puedo notar las ligeras réplicas que aún le afligen los músculos. Se estira para recoger el libro que se ha caído al suelo—. Sigamos leyendo, ¿vale?

Harry se vuelve a poner los cascos y Silas nos da unos apretoncitos más antes de marcharse para salvar la comida del fuego. Intento buscar dónde me quedé en la lectura.

—Quiero que me operen —dice Jack.

Poco después de cumplir los ocho años, Jack empezó a perder el equilibrio.

Nos dijo que notaba las piernas algo extrañas.

Le encontraron tres gliomas en el cerebro.

Aunque ya lo han operado tres veces, no han sido capaces de retirar todos los tumores.

Lo que queda de tejido aún le causa dolor y es lo que provoca las convulsiones.

Le hace presión sobre el tronco encefálico.

Los médicos de Boston nos han sugerido que vayamos a Houston para la siguiente operación, a ver a una cirujana que se especializa en este tipo de procedimientos de alto riesgo.

Llevamos cinco meses en su lista de espera.

Hablamos una vez con ella, con la cirujana.

Por teléfono nos pareció brusca. Prefería hablar directamente con Jack incluso cuando éramos Silas o yo quienes hacíamos una pregunta.

Hizo unos cuantos chistes malos que a Jack le encantaron.

«Lamento mucho decirlo, pero no vas a poder conducir durante seis meses».

Jack tiene doce años. Todo esto me da muy mala espina, pero últimamente eso es lo que pasa con todo lo que me rodea.

—Lo sé —le digo.

Sabe los riesgos. Lo ha visto todo por internet y no le importa. Está convencido de que no le pasará nada.

—Cuando te llamen, quiero ir ni bien me digan que puedo. El primer día.

En el otro lado de la sala, me suena el móvil que he dejado en el bolso. Todos intercambiamos una mirada.

Harry lo saca y lee el mensaje.

—¿Quién es Sam Gallagher?