CAPÍTULO DIEZ #4
Silas cree que debería contártelo. Y aquí tengo la oportunidad perfecta. Durante mucho tiempo no dije nada de pura rabia. Te castigué con la única arma con la que contaba, el silencio. Ahora siento que te haría más daño al decírtelo. No me parece que seas lo bastante fuerte como para resistirlo.
Te quedas mirando todos los libros que tenemos sobre Churchill (sus historias, biografías, cartas, discursos, poemas) durante un buen rato, sin decir nada.
En una mesita al lado de los estantes hay unos cuantos cuadros con fotos. Alzas el de mi madre.
—Silas me contó que murió. No lo sabía.
—Fue hace mucho.
—No hace tanto.
—Nueve años y medio.
—Me dijo que había sido muy súbito.
—Sí, se fue a Chile de vacaciones y volvió metida en un ataúd.
Hace una mueca al oírme.
—Cuánto lo siento.
—Sé que le habría gustado ese final rápido e indoloro. Encaja con su estilo, eso sí. Pero, por egoísta que sea, a mí me habría gustado poder despedirme. Decirle adiós de verdad.
Yo le hice esa foto a mi madre. Está en su porche, en Phoenix, con los ojos entornados por el sol y saludando a la cámara con la mano. En el borde de la foto, en la silla al lado de la suya, sale el cojín lumbar que me compró en mi tercer trimestre, cuando me dolía demasiado la espalda.
—¿Por qué no me llamaste? —me preguntas en un hilo de voz.
—¿Cuándo?
—Cuando murió tu madre.
—No sé.
—Supongo que para entonces ya habías conocido a Silas.
—Lo conocí seis meses después de eso. Estaba hecha mierda, pero él lo entendió.
—Ojalá me hubieses llamado.
En la planta de arriba, oigo a Silas y a mis hijos, los ruidos que hacen durante su rutina para irse a la cama, las discusiones y las risas.
Uno de los dos les cuenta una historia cada noche.
Silas lleva muchas noches contándoles una sobre un par de erizos.
Esta semana los pobres protagonistas se han quedado varados en un témpano de hielo en mitad de la Antártida.
Te veo debatirte, con ganas de soltarme otro reproche que no tengo ganas de escuchar.
—Creo que Silas necesita un poco de ayuda con los niños. Será mejor que suba a cantarles alguna canción para calmarlos.
Asientes, pues comprendes que te estoy cortando.
—Tu habitación es la primera de la izquierda. La de la cama individual y el edredón amarillo. Es broma, es azul.
A la mañana siguiente, muy temprano, antes de que los demás se despierten, nos comemos un bol de cereales y te acompaño al coche. Abres el maletero y me das un libro, ese del que me hablaste ayer, sobre Islandia y las ovejas.
Te doy las gracias y nos damos un abrazo. Te subes al coche.
—Ve con cuidado —te digo cuando bajas la ventanilla.
—Yo, siempre.
Intercambiamos una mirada llena de cautela.
¿A qué has venido?
Esperas a que te diga algo, pero, cuando no lo hago, alzas los dedos del volante para decir adiós y das marcha atrás para salir de la entrada. Te sigo descalza hasta la acera y me despido con la mano hasta que desapareces. Luego vuelvo a casa.
Me siento en los escalones del porche para echarle un vistazo al libro de tapa blanda que me has regalado.
Es tuyo, el ejemplar está un poco desgastado, con las páginas que demuestran haber sido leídas y la cubierta que ya se abre un poco.
Hay un trozo de papel metido en medio, sin dedicatoria para mí ni para nadie.
No es más que un párrafo, pero lo reconozco de inmediato.
Es el pasaje de Céline que me leíste hace tantísimo tiempo.
No sé si pretendías que lo encontrara, porque tu letra es más apresurada que en tus cartas.
Lo leo.
Nos besamos. Pero no la besé con propiedad, como tendría que haber hecho.
De rodillas, para demostrar lo que siento.
Siempre estaba pensando en algo más durante esos momentos, en no desperdiciar el tiempo o el cariño, como si pretendiera atesorarlos para algo especial, algo sublime que fuese a llegar después.
Pero no para Molly ni para ese beso en particular.
El pasaje continúa sobre el miedo de que la vida vaya a dejarlo atrás en mitad de la noche, con todo lo que ha intentado descubrir desde hace tanto, mientras él volcaba toda su pasión en besar a Molly.
No habría tenido suficiente, lo habría perdido todo por no ser lo bastante fuerte y la vida… La vida, esa que es la verdadera amante de todo hombre, me habría engañado como hace con cualquier pobre diablo.
Lo leo muchas veces. Tú tienes tus arrepentimientos y yo los míos. Me quedo sentada en el porche un rato, pensando en las argucias que tiene la vida. Aquellas que sabemos ver y aquellas que no.
El coche de Silas aparca en la entrada. Sale con un bote de arándanos y se ve muy mono con su camisa de trabajo de manga corta.
—¿Y tu reunión?
—Será más tarde. Blake se ha presentado con estos arándanos de su granja y me ha entrado antojo de tortitas.
—A los niños les hará mucha ilusión.
Baja la vista al libro y el papel que tengo en las manos.
—¿Se ha ido?
—Se ha ido.
—Es un buen tipo.
—Él dijo lo mismo sobre ti.
—Me ha caído bien —dice Silas—. ¿No le has…?
—No se lo he contado, no.
—Algún día será.
—Sí. Puede ser.
Me extiende la mano y la acepto. Me ayuda a ponerme de pie y entramos para hacer las tortitas .