CAPÍTULO DIEZ #3
—Que era un póster gigante, te digo.
—¿Y se lo contaste? —quiere saber Jack.
—¿Que conocía a vuestra madre? No. Me quedé mudo.
—¿Y volviste a salir con la chica?
—No volví a verla nunca más.
—¿Tienes trabajo? —pregunta Harry.
—Sí.
—¿De qué?
—Es muy aburrido, la verdad.
A los niños eso les parece divertidísimo.
—Pero ¿qué haces?
—Litigo.
—¿Y eso qué es?
—Me paso meses, a veces hasta años, intentando demostrarle a un juzgado que dos y dos son cuatro. Y, al final, el juez se limita a decir: «¿Sabes qué? No. Me temo que dos y dos son seis y medio».
—¿Por qué?
—Porque así son las leyes.
—Nosotros estamos a punto de perder a una de nuestras mejores docentes a manos de la Facultad de Derecho —comenta Silas—. Quizá podrías convencerla de que su sueldo miserable en realidad es toda una bendición, aunque no lo parezca.
—Yo, encantado. Aunque la Facultad de Derecho estuvo bastante bien, la verdad. Lo que viene después es la parte desagradable.
Cuando terminamos de cenar, los niños recogen los platos y Sam saca el helado y una tarta de ruibarbo y fresas que debe de haber comprado junto a los espárragos. Los niños se muestran sorprendidos por el postre y yo le sonrío a mi marido. Es un gesto muy tierno para celebrar una ocasión especial.
Harry no tarda nada en zamparse su porción. Le gusta dibujar cuando acabamos de cenar, es parte de nuestro ritual. Luego Jack escoge un juego.
Lo observas desde el otro lado de la mesa.
—Es obvio que Harry va a ser artista. —Te vuelves hacia Jack—. ¿Y tú qué, pequeñajo?
—Yo quiero ser atleta olímpico.
—¿De qué deporte?
—Aún está por ver.
Te ríes ante su forma de responder.
—Bueno, todavía tienes tiempo.
Contemplo a Harry dibujar un árbol. De algún modo sabe cómo hacer las sombras. Pasa a llenar el tronco, a hacer más sombras. Me inclino un poco y veo que ha dibujado un rostro justo por debajo de donde las ramas se dividen.
—¿Cómo se llamaba? —pregunta sin alzar la cabecita.
—Dafne —respondo.
Jack se inclina sobre ti para ver el dibujo.
—Es genial.
Harry lo arranca de su libreta y te lo entrega.
—Puedes quedártelo si quieres.
—¿En serio? —Bajas la vista al dibujo y, por un instante, veo a tu yo del pasado, al que era más expresivo, lleno de sentimientos. Tu nuevo yo es más reservado, de reacciones calculadas—. Muchas gracias.
Seguramente a ti te resulte igual de confuso que a mí el que estés aquí.
Jack lleva nuestros cuencos al fregadero y deja una baraja sobre la mesa.
—¿Qué toca jugar hoy?
—¿Te molesta si echamos una partida? —te pregunto.
—Para nada, jugar a las cartas está muy bien —contestas, y me queda clarísimo que llevas mucho tiempo sin jugar.
Te echas a reír al ver las manitas de Jack cortar la baraja, entremezclarla y volverla a juntar de forma impoluta.
—Tenía que ser hijo tuyo para barajar así de bien siendo tan pequeño —comentas.
Hemos tenido una racha de Rummy 500 todo el verano, así que Jack me sorprende cuando propone:
—¿Sir Hincomb Funnibuster?
—No, que tardamos mucho explicándolo —repone Harry.
—Pero puedes hacer un cuadro —argumenta Jack.
—Me sé las reglas —interpones.
Los niños no te creen. Nadie que no sea de nuestra familia ni siquiera ha oído hablar sobre el juego. Insistes en que sí que sabes, y ellos te piden que lo demuestres al nombrar a una familia entera.
Sonríes. Te encanta que pongan a prueba tu memoria.
—Vale. —Miras a Silas—. Sir Hincomb Funnibuster.
Los niños asienten.
Me miras.
—La mujer de Sir Hincomb Funnibuster.
Te vuelves hacia Harry.
—El primogénito de Sir Hincomb Funnibuster.
Ahora hacia Jack.
—Los diez hijos de Sir Hincomb Funnibuster.
Les echas una miradita a los perros, dormidos en los sofás que están más cerca de la estufa.
—Los nueve sirvientes de Sir Hincomb Funnibuster.
Los niños se ríen y tú haces una pausa. Buscas a la gata, pero no está por ningún lado.
—El loro de Sir Hincomb Funnibuster.
—¡No! —Los niños niegan con la cabeza, muy indignados.
—Siempre se te olvida el burro —digo.
—Es cierto —me sonríes—. Siempre se me olvida el burro. —No puedo evitar devolverte la sonrisa—. Vale. El burro, el loro, los gemelos y el bebé.
—¿Cómo lo sabe? —me pregunta Harry.
—Es que nuestro amigo Ivan nos enseñó este juego hace muchos años.
—No sabía que había sido Ivan —comenta Silas.
Harry no comprende que haya habido una época anterior a él, antes de que nuestra familia existiera. Mira a su padre.
—¿Y tú no estabas?
—Yo no los conocía por aquel entonces —dice, negando con la cabeza.
Jack, que sigue barajando las cartas, no tiene problemas para asimilar esa información, pero su hermano mayor parece como si quisiera subir a su habitación y darles vueltas y vueltas a cuestiones del tiempo y el espacio durante unas cuantas horas.
Repartimos las cartas. Silas mantiene las suyas muy abajo, cerca de la mesa. Ha empezado a hacer eso últimamente, alejar las cosas para poder leerlas. Tú sueltas ese sonido pensativo que haces siempre que ordenas la mano que te ha tocado.
—Empieza el que está a la izquierda del que baraja —te informa Jack.
—Ay, perdona. ¿Silas? —Te veo la travesura en la mirada.
—Dime.
—¿Serías tan amable de cederme a Corazón el Enamorado?
—Con gusto.
Silas te pasa al rey de corazones bocarriba y te lo pone cerca, con la intención de hacer que lo toques antes de que des las gracias.
—Eso creía —repones, y haces el ademán de ir a por la carta, a lo que todos nos preparamos para gritar. Pero un milímetro antes de tocarla, añades—: Muchas gracias. —Y recoges al rey con una floritura que les arranca una carcajada a los niños—. Silas —continúas.
—Dime.
—¿Serías tan amable de darme a la mujer de Corazón el Enamorado?
—Ni pensarlo.
—Bueno, tenía que intentarlo.
Silas y yo intercambiamos una risita, Harry pregunta por qué nos reímos y ahora soy yo la que quiere subir y ponderar el tiempo y la existencia un buen rato.
Pierdo dos veces. Se me olvida lo que tienen los demás.
Jack no se puede creer lo mal que he jugado.
Harry y él, colorados y roncos de tanto gritar, suplican que juguemos otra ronda, pero su padre les dice que ha llegado la hora de ir a dormir.
Se levantan a regañadientes y yo les doy un abrazo y un beso en su cabello acalorado.
Te levantas y les dices que te irás temprano por la mañana, por lo que quizá ya no los veas, y ambos te abrazan fuerte de la cintura.
Silas te dice que puede que él tampoco te vea, porque mañana tiene que dar clase a las siete.
—Ha sido un gusto conocerte después de tanto tiempo —dice Silas, dándote un abrazo breve y unas pocas palmaditas.
No quiero que se marchen a la planta de arriba, pero eso hacen.
—Es un buen hombre —me dices.
—Pues sí —repongo, en lo que voy a llenar la tetera—. ¿Te apetece un té?
—Claro.
Te apoyas contra la encimera mientras esperamos a que hierva el agua. Aún noto los nervios del juego y me entra el pánico por quedarme a solas contigo.
—¿Dirías que se parece un poco a Sam?
—¿Te estás burlando de mí?
—En la cara. Quizás en la zona de los labios. —Te aprietas un poco los labios con los dedos.
—No. Qué cosas dices.
Mi espanto te hace gracia.
—Cómo se te ocurre. —Saco las tazas del estante y las bolsitas de té de la alacena. Tengo que cambiar de tema—. Y bueno, ¿tienes alguna cita pronto?
—¿Con mi psicólogo, dices?
—Con cualquier persona.
—Ah, más quisieras. —Sonríes ante tu propia broma—. Pero no, nada nuevo bajo el sol.
En una de nuestras primeras citas, Silas me dijo que, de más joven, creía que la frase era «nada nieva bajo el sol».
—¿No estás saliendo con nadie?
—Participo en el ritual del cortejo de tanto en tanto.
—Escoges una bolsita de té y una taza—. Pero da mucho miedo, eso de buscar pareja cuando ya tienes ingresos.
A las mujeres les gustan los hombres que trabajan.
Los que llevan el pan a la mesa. Es como si me vieran lleno de miguitas.
—Se sacude los pantalones con ambas manos—.
Pero ¿qué más voy a hacer con el tiempo que tengo?
Todas mis amistades han desaparecido dentro de su casa.
Solo los veo si me invitan a ver un partido de alguno de sus hijos.
¿Qué le pasa al mundo con el fútbol? Está hasta en la sopa.
Le doy un golpecito a la foto del equipo de fútbol infantil de Jack que tenemos pegada en la nevera.
— Et tu, Brute? —me dices.
Llevamos las tazas a los sofás del salón. Ocupas uno y yo el otro. Los perros nos siguen y se sientan a tu lado. Contemplas la pared llena de estanterías que Silas y los niños montaron hace poco, durante el verano.
—No te imaginaba viviendo en una casa.
—Ya. Es un poco raro.
—Después de haber vivido en esas habitaciones diminutas. Como la de la calle Pye.
«Es más cama que habitación», me dijiste una vez.
—Y ese armario en el que dormías en París.
— Chambre de bonne —asiento.
—¿No la llamábamos chambre de merde ?
—Sí, algo así.
—No me creo que no veas lo mucho que se parece esta casa a Breach House. El radiador. —Señalas nuestro radiador grande y negro, en un rincón—. Teníamos el mismo. ¿Te acuerdas? En el pasillo, frente al baño.
—Es un radiador sin más.
—Y las molduras que tenéis en las puertas, con los círculos en las esquinas. Son las mismas.
No recuerdo las molduras.
—Es de locos.
Te imagino volviendo a Atlanta y contándoselo a Sam: «Es de locos, ha recreado Breach House en Maine hasta el punto de imitar las molduras».
—No he vuelto a vivir en una casa desde entonces —me informas.
—Claro que sí. En la calle MacDougal.
—Pero ahí solo alquilaba una habitación, no me parecía que viviese en esa casa.
—Pues deberías alquilar una. O comprarla. Los que llevan el pan a la mesa necesitan una casa.
—¿Y qué haría con una casa entera para mí solito? Solo terminaría sintiéndome más solo de lo que ya me siento.
—¿Y Sam? Debes de verlo muy seguido.
—Sam está ocupado procreando como el resto de vosotros.
Te levantas para mirar más de cerca nuestros libros.
No tienes ni idea y mi cuerpo se relaja un poco. Creía que por eso habías venido.