CAPÍTULO DIEZ #2
Me quedé una semana en Brooklyn con Carson.
Mi maleta color avena ocupaba una cuarta parte de su piso diminuto.
Y cuando sonó su teléfono mientras ella estaba trabajando, no contesté.
Cuando estaba en casa, me negué a hablar contigo.
Carson me contó que le diste unas excusas baratas sobre los ahorros y que no era el momento, que tu amigo que trabajaba en una editorial había pasado a trabajar en una empresa de finanzas, que en Atlanta ibas a poder empezar a escribir tu novela sin problemas, algo que en Nueva York te iba a salir muchísimo más caro.
Que intentaste hacer una alusión a Homero y los hilos del destino.
—¿Vas a volver por ella o no? —preguntó Carson.
Y tú no contestaste.
—Entonces, déjala en paz —te dijo, y te colgó.
Volví a casa de mi madre, en Phoenix. Me quedé cinco meses.
Y nos fue muy bien, lo cual es bastante raro dadas las circunstancias.
Fue mi última etapa ininterrumpida con ella antes de que muriera.
Ni una sola vez cuestionó mis decisiones.
Necesitaba ayuda y ella me la dio. Buscó una agencia y se sentó conmigo en su sofá mientras revisábamos sus carpetas de tres anillas llenas de personas sin nombre ni dirección, solo su profesión, descripción personal y fotografía.
Escogí a la pareja que no salía mirando a la cámara, sino entre ellos.
Mi madre me acompañó a las clases. No quise que me inyectaran nada.
Cuando me puse de parto, lo único que podía mirar era a mi madre a los ojos.
—Todo irá bien —me decía, una y otra vez.
Cuando por fin todo terminó, fue mi madre quien me dijo:
—Ay, tesoro. Es una niña.
Nos dieron una hora con ella y luego nos tocó despedirnos. Nunca fue mía, eso fue algo que siempre tuve clarísimo. No podía quedármela.
Para mis adentros, la llamo Daisy.
En ocasiones me visita, más como una sensación que como un recuerdo. Algo cálido, sin pizca de arrepentimiento. Aunque hay muchas cosas que me preocupan en la vida, ella no. De algún modo sé que está bien.
Nos quedamos sentados en el porche, bebiéndonos la cerveza.
—Tienes toda una vida hecha aquí, ¿no?
—Pues sí. Imagino que tú también.
—No, la verdad. —Bajas la mirada y te frotas los tejanos.
El gesto me hace recordar un audiolibro en casete que tenía de Mientras agonizo, de William Faulkner.
Lo escuchábamos mucho en tu coche. «Anse se frota las rodillas».
Era nuestra cita favorita: «Anse se frota las rodillas».
La repetimos muchas veces durante meses, sin que viniera a cuento.
Y por un segundo me da la impresión de que vas a decirla, y quizás así es, pero Silas aparece por el camino de la entrada.
Había salido a correr. Es algo que suele hacer después del trabajo. No sé cómo se me ha olvidado.
Está acalorado y sudoroso. Sube los escalones de dos en dos y en una situación normal le daría un beso y un abrazo y él intentaría apretujarme contra su camiseta empapada de sudor y yo haría como que me da asco, pero, como estás aquí, nos entra la vergüenza.
Voy a darle un beso y él, un abrazo, de modo que mi barbilla choca contra su oreja.
Vosotros os estrecháis la mano. Te vuelves a sentar y Silas se apoya en la barandilla y te pregunta qué tal el viaje desde Logan, a quién vas a visitar por la costa.
Con la excusa de que tengo que ponerme con la cena, me escabullo.
Estaba estudiando el posgrado en Pensilvania tres años después cuando me sonó el teléfono muy tarde una noche.
—Ivan ha muerto —me dijiste.
Había muerto esa misma mañana. Me fue imposible colgar, así que te escuché.
Ivan había contraído una infección que le había destrozado los intestinos en cuestión de pocas semanas.
Sam y tú habíais estado con él, acompañándolo en el hospital.
Al final, os turnabais para leerle Joyce, Shakespeare, Dylan Thomas.
La llamada duró tres horas. En algún momento te pusiste a leerme algunos de los pasajes que le habías leído a Ivan.
Luego leíste algo que te recordó a mí, según me contaste.
Una parte de Viaje al fin de la noche , de Louis-Ferdinand Céline.
El narrador recordaba cómo se había despedido de una chica llamada Molly, en una estación de tren.
No se había despedido como correspondía, no había sabido valorar su tiempo juntos.
Y fue precioso. Lleno de remordimiento. Había una parte en la que hablaba sobre que la había besado, pero no de la forma correcta.
He intentado buscar ese pasaje del libro muchas veces, pero no ha habido suerte.
Aunque me leíste esas líneas, no me dijiste nada más y yo tampoco te lo pregunté. No hablamos sobre nuestro final. No te conté que habíamos tenido una hija ni que no podía escribir ninguna historia en el posgrado que no tuviese a un bebé en ella.
Ese invierno me llamaste unas cuantas veces más.
Me preguntaste si podríamos quedar en primavera y me negué.
Dios, no sabes las ganas que tenía de verte durante ese invierno en Pensilvania, lo sola que me sentía.
Esas llamadas reavivaron todo el amor que te tenía, todas las heridas.
Pero no podía entregarte mi corazón una vez más.
Así que di las gracias cuando no me volviste a llamar.
Al año siguiente me llegó un poema por correo. Un poema de D. H. Lawrence copiado en boli azul sobre una hoja de libreta amarilla.
«El elefante, enorme y antiquísima criatura, es lento para aparearse», rezaba el poema. Y «espera a que en su amplio y cauteloso corazón, poco a poco, se encienda la emoción».
Pero yo de elefante no tenía nada. Mi corazón nunca había sido cauteloso. Así que lo rompí en mil pedazos.
Silas y tú os quedáis en el porche. Me alegro de tener la cocina solo para mí, de tener un descanso de tus comentarios desatinados.
El ambiente en Breach House estaba recargado, como en la típica casa de abuela, congelada en 1957.
Nuestro hogar, lleno de niños y mascotas, no se le parece en nada.
Silas se ríe. El escrutinio al que lo sometas no le afectará.
Puede que lo note, pero pasará por completo del veredicto.
Una vez, cuando nos marchábamos de una cena con una pareja que no conocíamos bien, oímos la voz de uno de ellos por una ventana abierta, que decía: «¿Y bueno?
¿Qué te han parecido?». Yo ralenticé el paso para oír la respuesta, pero Silas tiró de mí hacia el coche. No quería saberlo.
Vuestra conversación parece animada, al menos lo que me llega a través de la puerta mosquitera.
Sazono los muslos de pollo y los meto en el horno.
Corto los espárragos y los pongo a hervir.
Te veo entrar y pasar por el salón, en dirección al baño.
Cuando sales, te detienes en el umbral y me preguntas si necesito ayuda.
Yo te despacho de vuelta al porche con otra cerveza.
Mientras pongo la mesa, os oigo hablar sobre El hombre invisible .
Debes de haberle preguntado a Silas por el plan de estudios que dará en otoño.
Llamo a Silas para que vaya a buscar a los niños en casa del vecino y ambos cruzáis el jardín.
Diez minutos después, volvéis todos. Harry y Jack te explican las reglas de Cráteres.
—Pero ¿por qué no podéis entrar y sacar las tres rocas desde el principio y así ya ganáis? —inquieres.
—Porque solo un bando sabe dónde está el cráter.
Abres mucho los ojos.
—¿Y el cráter cambia de ubicación?
—¡Exacto!
—¿Y de tamaño?
—¡Exacto!
—Alucinante —repones.
Nos sentamos a la mesa y tú te acomodas entre ambos niños. Jack le va dando golpecitos a la silla de pura emoción. Le caes bien.
—Menudo banquete —comentas—. ¿Esto es lo que cenáis todas las noches?
—Sip —contesta Harry.
Me ha dado tiempo mientras todos estaban fuera para preparar un poco de salsa holandesa.
Jack te pasa el cuenco de salsa.
—Tienes que probarla. Está buenísima.
Me sonríes ante el elogio. Conoces mis salsas, pues las aprendí todas en París.
Sin molestarte en probarla, te la sirves sobre todo lo que hay en el plato y eso hace que todos se echen a reír.
Te pones a cortar el pollo y sé perfectamente cómo vas a comerlo, con el tenedor en la mano izquierda y el pollo con el espárrago y la salsa encima, todo apilado.
Durante algunos minutos, lo único que se oye es el ruido de los cubiertos sobre los platos. No eres el único que traga en lugar de comer.
—¿Por qué hay una foto de Crested Butte en el baño? —preguntas—. Silas, ¿eres de allí?
Este sonríe y niega con la cabeza.
—Papá la invitó a salir —te cuenta Harry—, pero en lugar de ir a verla se fue conduciendo a Crested Butte.
—¿En serio?
—Luego le mandó esa postal y mamá lo perdonó.
—¿Una postal? ¿Y ya está?
—Sí, y más que nada le habla sobre un perro que vio en una tienda.
—Mira tú.
—¿Tú estás casado? —te pregunta Jack.
—No, señor. Sigo soltero.
—¿Y tienes a alguien especial? —quiere saber Harry, usando un término que acaba de aprender.
—No de momento. —Das otro bocado—. Pero ¿queréis que os cuente que me pasó una vez, en una cita?
Los niños asienten, entusiasmadísimos.
No se me ocurre qué podrías contarles.
—Pues invité a salir a una señorita muy agradable y correcta.
Compartimos una cena muy agradable y, al acabar, le pregunté si quería que fuésemos a la librería que había al otro lado de la calle.
Era una de esas muy grandes, no de las pequeñitas y monas que tenéis por estos lares.
Ella se mostró de acuerdo y para allá fuimos.
Entonces, ni bien cruzamos la puerta, había una mesa de novedades con montañas y montañas de un único libro y junto a ellos había un póster gigantesco de…
¿Adivináis de quién? —Unos segundos después, ladeas la cabeza en mi dirección.
—¿De mami? —termina Harry.
—Qué va —repongo yo.
—Juro que no miento. Acababas de ganar el premio ese. Y entonces la chica con la que estaba dice: «Ay, me encantó ese libro».
—A lo mejor visteis un folleto. Una de esas fotocopias.