Corazón el Enamorado (Las crónicas de Ravenswood 1) CAPÍTULO DIEZ
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CAPÍTULO DIEZ

CAPÍTULO DIEZ

M is hijos se desabrochan el cinturón, abren la puerta de un tirón y salen corriendo por el caminito de tierra hacia el tobogán plateado. Sus pasos resuenan sobre los peldaños metálicos.

—Anda, un clásico de antaño —comentas en referencia al tobogán mientras los seguimos.

Y yo quiero preguntarte qué haces aquí.

El parque tiene la forma de un dedo muy largo que roza el Atlántico. El agua reluce y sus destellos se reflejan entre los pinos que nos rodean.

Harry es el primero en llegar a lo más alto, con Jack pisándole los talones y sujetándose a su espalda. Bajan muy deprisa. Jack se cae hacia un lado, sobre la tierra, y tira a Harry con él, por lo que los dos terminan revolcándose entre risas. Cinco y siete años, esa es la edad de mis hijos.

Los miras y meneas la cabeza.

—Ese trasto es demasiado grande y empinado. ¿Es que en esta ciudad no hay códigos de seguridad o algo?

—No sé, habrá que revisar la documentación, Don Precauciones.

Me miras y te ríes. Los niños se levantan de la tierra y vuelven a subir al tobogán corriendo. Esta vez es Jack quien llega primero.

Espero a que comentes lo que la gente suele decir sobre Jack, sobre lo ágil que es, lo temerario, que no tardará mucho en hacerle la competencia a su hermano mayor.

—Son muy felices —dices al verlos deslizarse.

—Llevas menos de dos horas con ellos.

—Pero lo sé. Todos mis amigos les han jodido la vida a sus hijos, pero los tuyos parecen estar bien.

Te agachas y recoges una aguja de pino seca del suelo.

—Joder, ¿hace cuánto que no veo una de estas?

Qué sabré yo.

—¡Harry! ¡Jack! —Sales corriendo a su encuentro.

Hace mucho tenías el cuerpo de un atleta, con unos glúteos marcados bajo la cinturilla de tus pantalones de chándal grises.

Pero ahora parece que te duele todo—. ¿Y si trepamos a uno de estos?

—Señalas uno de los pinos que hay detrás de los columpios, las siluetas que contrastan contra el mar oscuro y reluciente.

Creo que Jack no ha trepado a ningún árbol aún.

Me miran para pedirme permiso y yo asiento, por lo que echan a correr hacia donde estás.

Ambos te toman de la mano. ¿Te sorprenderá que lo hagan?

Jack se pone a dar saltitos. Se sienten cómodos en tu presencia.

Lo normal es que se muestren más tímidos con otros hombres, con todos menos con su padre.

Escoges un árbol. Yo me quedo abajo y vosotros tres subís. Tengo que levantar a Jack para que pueda apoyar los pies en la primera rama, pero luego sube y sube como si fuese un monito.

—¿Subimos más? —les preguntas.

—¡Más arriba! —exclaman mis hijos.

Oigo crujidos y ramitas que se rompen, pero entonces te detienes antes de que tenga que pedirlo y los niños suben hasta donde estás y no más.

—¿Mami, aún nos ves? —pregunta Jack. Se ha puesto a horcajadas sobre una rama gruesa y la acaricia como si fuese un caballo. Si se resbala, no tendré problema en atajarlo.

—Uf, apenas —contesto.

Los tres me miráis desde arriba, con las suelas de las deportivas balanceándose.

Les cuentas la historia de Dafne, que huía de Apolo en medio del bosque, y que corrió y corrió hasta pedirle ayuda a su padre, un dios del río.

Pero que este hizo que sus brazos se tornaran ramas y sus pies, raíces.

Apoyas la manos sobre el tronco del árbol.

—Y así, durante unos pocos segundos —les cuentas—, Apolo pudo notar los latidos de su corazón a través de la corteza.

Los niños apoyan la palma sobre el árbol, imitándolo.

Una ardilla se lanza de un árbol que hay cerca hacia una rama más alta, baja la vista y salta sorprendida. Los tres os echáis a reír y las agujas del árbol se sacuden.

¿Cuánto sabes? ¿A qué has venido?

Los tres bajáis del árbol.

—Yo he llegado a hacer once —va diciendo Harry.

—¿Once? ¡No me lo creo! —le dices.

—Yo, nueve y medio —aporta Jack.

—¿Y medio? —repones—. Tengo que ver cómo es ese medio.

Entonces os alejáis demasiado como para que pueda oíros, corriendo hacia el agua y dando saltos por la orilla cubierta de hierba. Cuando llegáis a la arena húmeda, los tres os paráis para buscar y escoger piedras planas.

Un perrito melenudo, apenas más grande que una ardilla pero mucho más rápido, se pone a correr a mi alrededor, soltando ladridos.

—¡Fabio!

Una anciana se nos acerca desde el parque con una correa muy delgada.

—Perdonad. Ha salido corriendo en cuanto he abierto la puerta del coche.

Fabio deja de moverse cuando su dueña se agacha para ponerle la correa. Incluso ladea el cuello para facilitarle el trabajo.

—Qué mono —le digo.

La mujer se endereza y contempla el mar.

—Lo mismo digo —dice mirando a mis hijos.

Los vemos pasear por la playa, con su melena espesa y su cuerpo delgado.

Te muestran cómo hacen saltar las piedras, echándose para atrás con un pie, agachándose y lanzando las piedras planas sobre la superficie justo como les ha enseñado Silas.

Jack pega saltitos sobre la arena. Harry sacude el brazo sobre la cabeza.

Tú lo intentas y sueltas un grito emocionado por la sorpresa antes de agacharte para chocarles los cinco.

—El padre también es muy mono —opina la mujer.

—No es su padre. —Me arrepiento de inmediato de lo borde que sueno, pero ella no parece afectarse.

—¿Estás segura?

Me echo a reír. Las tres cabelleras oscuras siguen buscando rocas planas.

—Hacía años que no lo veía.

Veintiuno, para ser más exactos.

—Ah.

—Eso.

Me encanta lo rápido que captan las cosas las mujeres.

Otro grito desde la playa. Jack da una vuelta de celebración y me hace señas para que me acerque. Acaricio a Fabio entre las orejas y marcho hacia ellos.

En el trayecto de vuelta a casa, les entra sueño a los niños.

Me cuentas sobre un libro que leíste en invierno, una novela sobre Islandia y unas ovejas.

Silas ha aparcado detrás del coche que has alquilado y que has dejado en la entrada, por lo que yo dejo el mío en la calle.

Otis, uno de los amiguitos de Jack, mete la cabeza por la ventana abierta del lado del copiloto.

—¡Es hora de los cráteres! —anuncia, antes de reparar en que te tiene a pocos centímetros de la cara—. ¿Y este quién es?

Pero no espera a que contestes. Les mete prisa a Harry y a Jack para que bajen del coche y salen corriendo hacia su jardín, que queda justo al lado.

—¿Cráteres? —me preguntas.

—Es un juego que se han inventado. Creo que lo juegan en la luna.

De camino a casa, te paras en tu coche y sacas la mochila del asiento de atrás.

Es la misma de color verde que llevaste a París y ahora la has traído a Maine.

Verla me deja sin palabras, me entran ganas de pedirte que la dejes en el coche.

Me arrepiento de haberte ofrecido que te quedases en mi casa durante tu viaje por la costa para visitar a unos amigos.

Silas y yo nos mudamos aquí desde Massachusetts antes de que naciera Harry.

Vendimos nuestro pisito diminuto en Cambridge por más de lo que nos costó esta casa de tres habitaciones en Portland.

Es vieja, de techos no muy altos, con el yeso de pelo de caballo asomándose entre las juntas y los restos de una letrina de madera en el armario de la planta de abajo.

Me sigues por el porche lateral y entras después que yo. Los perros se resbalan por el entarimado de la cocina en su afán por ir a olisquearte. Te agachas para dedicarles tu atención al cien por ciento.

—¿Y este quién es? —dices, haciendo una imitación perfecta de Otis en dirección a Nelson, nuestra bulldog , que acerca su carita a la tuya—. ¿Y este de aquí? —preguntas mientras Maxie, el beagle , azota la cola contra una silla—. No sabía que tenías perros —dice mirándome.

Me encojo de hombros. ¿Cómo ibas a saberlo?

Como si la hubiesen llamado, Lupe, que estaba escondida detrás de la estufa, se pasea por la cocina hasta apretar la frente contra tu rodilla.

—O una gata muy tristona. —La acaricias desde la cabecita hasta la cola—. Tus personajes nunca tienen mascotas.

No sé cuál de mis obras habrás leído.

Te quito la mochila y la llevo a las escaleras.

—¡Vaya! —sueltas, volviéndote hacia el salón, que está a la izquierda—. Es como volver a Breach House.

—¿En qué sentido?

—Es la sensación que me da.

Saco un par de cervezas de la nevera y te llevo de vuelta al exterior.

Nuestra casa no se parece en nada a Breach House.

Nos acomodamos en las viejas butacas de ratán que tenemos en el porche.

Contestas a mis preguntas sobre el trabajo y yo hago lo propio.

Apenas sé lo que digo. Me resulta muy raro que estés aquí, me pone de los nervios esa sensación de familiaridad que me transmites, la cadencia de tu voz, el modo en que ladeas la cabeza, cómo mueves el cuerpo, el pelo de tus muñecas y la cicatriz esa que tienes en el labio.

De tanto en tanto oigo a mis hijos en el jardín de al lado, y sus voces me ayudan a anclarme en el momento.

Además, una parte de mí sabe que Silas está en casa, que no ha bajado con nosotros.

Y la casa es demasiado pequeña como para que no se haya percatado de que ya hemos vuelto.

No sé dónde está, si es raro que no haya ido a buscarlo o si a ti te lo parece así.

Me cuentas sobre un caso en el que trabajaste durante dos años, que lo tenías casi ganado, era una demanda por corrupción contra un colegio de sordos que estaba extorsionando a sus alumnos, pero todo se fue a pique por temas de conducta sexual inapropiada de parte de tu compañero.

—Se estaba acostando con la directora del colegio —me cuentas—. Y aún lo hace, vaya. Fui a su boda el mes pasado.

Me echo a reír y cierro los ojos, deseando poder dejarlos así. La familiaridad me está matando. Cala demasiado hondo. No sé a qué has venido y ya no oigo a los niños. ¿Dónde está Silas?