CAPÍTULO OCHO #3
Cuando regresamos a París a finales de agosto, Léa y sus hijos ya han vuelto a casa.
Yash y yo los llevamos a sus clases de tenis en el Métro y vamos al súper para prepararles la comida.
Los niños no tardan nada en encariñarse con él y Léa me dice que si no fuese tan encantador, jamás lo habría dejado quedarse conmigo en mi habitación.
Yash y Laurent mantienen debates acalorados sobre temas tan d istintos como la OTAN y el prosecco .
Una semana antes de que Yash tenga que volver a casa, Laurent le ofrece un trabajo en su empresa en algo llamado l’intelligence artificielle , algo sobre lo que no había oído hablar en la vida y que, durante un buen tiempo, me parecerá exclusivamente francés.
Laurent asegura que es un campo interesantísimo y prometedor.
Que tiene un amigo en el Ministerio del Interior que puede acelerar el papeleo.
Yash se lo piensa unos días y termina aceptando.
¡Se va a quedar conmigo! Va a ganar un sueldo de verdad.
Podremos buscarnos un piso y yo terminaré el año trabajando para Léa, para luego pasar a dar clases de inglés por mi cuenta y empezar a ponerme en serio con la escritura.
En la noche anterior a su supuesto regreso, va a la cabina telefónica que hay cerca para llamar a su padre y pedirle que le mande algo de ropa y libros. Y allí, en aquella caja de cristal, en menos de diez minutos, cambia de parecer.
Al principio creo que puedo hacerlo cambiar de opinión de nuevo.
—Es una oportunidad única en la vida —le digo—. Laurent te va a conseguir un permiso de trabajo, que no es poca cosa. Vas a tener que vivir carpe diem un poco, Don Precauciones.
—O podría ser un año de burocracia francesa en el que al final terminen deportándome porque el papeleo no sale para adelante. —Su padre no ha tardado nada en clavarle las garras.
—¿Qué opina tu padre que es mejor para ti?
—No es por él. He estado pensando que tal vez lo mejor sea que me ciña a mi plan original.
¿Cuál plan original? No tenía ni idea de la existencia de dicho plan.
—Ahorrar lo suficiente para mudarme a Nueva York.
¿Nueva York?
—Un tipo que conozco del instituto vive allí. Trabaja en Houghton Mifflin. Es un puesto muy básico, pero ya ha hecho muchísimos contactos. El mes pasado se fue a cenar con Philip Roth.
Nunca he estado en Nueva York. Siempre me ha parecido muy triste en las películas. No le veo ni pies ni cabeza a su plan.
—París es muchísimo mejor que Nueva York en todos los sentidos.
—No si quieres ser escritor.
—Cierto, cierto. Piensa en todas esas novelas basura que se han escrito aquí. Ulises. Fiesta. Madame Bovary. —No tengo ni idea de si Madame Bovary se escribió aquí, pero espero que él tampoco lo sepa.
—Nueva York es el núcleo del arte que fue París en su momento —repone.
Nos quedamos despiertos toda la noche, su última noche conmigo, dándole vueltas y vueltas al tema. ¿Acaso no pasamos el otoño anterior soñando con vivir en París? ¿Qué fue de eso? ¿Qué ha pasado?
—Entonces… —empieza, suavizando el tono y poniéndose cariñoso—, ¿no quieres vivir en Nueva York?
—No, la verdad.
—Conmigo.
—Me gustan los árboles.
—Conmigo y cerca de un parque.
—¿Cuándo?
—Cuando ahorre suficiente.
Me parece un error garrafal que vuelva y trabaje para su padre una vez más, que se ahogue en la miseria, cuando la alternativa es que se quede aquí conmigo, cuando podríamos estar aquí, juntos.
La última vez que hacemos el amor es triste. Al menos para mí.
La primera luz tenue del día entra por la ventana. Dentro de una hora tendremos que irnos al aeropuerto. No puedo dejar de llorar.
—¿Y qué te parece en enero? —pregunta—. Puedo ahorrar lo suficiente para enero.
Se marcha. París pierde todo su brillo sin él.
Hay un espacio vacío en mi habitación donde antes estaba su mochila verde.
Me convierto en la facteur de nuevo, revisando el buzón mañana y noche.
Pero Yash casi no me escribe. Dice que trabaja tantas horas como su padre esté dispuesto a pagarle, a veces hasta sesenta a la semana.
Yo me pongo a dar clases mientras los niños están en el colegio.
Dejo de salir de noche. No compro nada. Lo ahorro todo para Nueva York.
Para mediados de octubre necesito oír su voz de nuevo. Voy a la cabina de la esquina un domingo por la tarde. Mientras timbra, rezo por que sea Yash o su madrastra quien conteste, pero no hay suerte.
Su padre hace como si mi nombre apenas le sonara y le pregunto si podría pedirle a Yash que me llamase cuando tenga un momento.
—¿Tiene tu número?
—Sí.
—¿Y sigues en Europa?
—Sí.
—Me saldrá cara la gracia, entonces. Y saldrá de mi bolsillo.
—Seguro que se lo paga.
—¿No sería más bonito que leyera tus palabras por escrito?
El teléfono suelta un pitido. Me quedan diez segundos para poner otra moneda o se cortará la llamada.
—Eso haré, señor Thakkar. Muchas gracias.
Yash no me devuelve la llamada.
Le escribo a Carson, en Brooklyn, preguntándole si sabe de alguna habitación que esté disponible para alquilar, y ella me contesta no mucho después que una amiga de una amiga estaba buscando alguien para alquilarle su piso sin ascensor de la preguerra, entre Navy Yard y el puente.
No tengo ni idea de qué implica todo eso, pero le mando a Yash la dirección de la chica y su número de teléfono y le digo a Carson que nos interesa.
Unas semanas después me llega una carta de Yash, con sus páginas amarillas llenas de quejas sobre su padre y la distribución de whisky, y sobre el cubículo que comparte con un hombre que huele a mayonesa y ungüento mentolado.
En la última página me dice que habló con la amiga de Carson y que el piso parecía decente.
Que le va a enviar un cheque a finales de semana y que ella le va a mandar las llaves. Podemos mudarnos el uno de enero.
Para ahorrar dinero no vuelvo a casa por las fiestas. Léa y Laurent se van a Roma y sus hijos pasan las vacaciones con su padre en el decimosexto distrito. Tengo unos cuantos alumnos que se quedarán en la ciudad y les saco unos pocos francos más antes de irme.
Yash me llama en Navidad. Quiere saber si estoy bien, porque lleva tiempo sin tener noticias de mí.
—Anda, cómo han cambiado las cosas. —Me oigo la voz y sé que suena rarísima.
—¿Qué ocurre, Hink?
—Estoy cansada. Estoy harta de echarte de menos.
Las palabras no parecen servir para nada. Lo único que necesito es verlo.
— Ya —dice él—. Ha sido un otoño muy largo.
—Sí.
Hablamos sobre los detalles para enero. Me dice que su vuelo a Newark llega una hora después que el mío, lo que me da tiempo a pasar por la aduana.
Ambos viajaremos con Delta Air Lines y nos veremos en la zona de recogida de equipajes.
Le han llegado las llaves del piso y me promete que no se las va a olvidar .