Corazón el Enamorado (Las crónicas de Ravenswood 1) CAPÍTULO NUEVE
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CAPÍTULO NUEVE

CAPÍTULO NUEVE

L lego a la zona donde se recoge el equipaje quince minutos antes de que aterrice su vuelo.

Me apoyo en mi maleta enorme, una vieja y de color avena que era de mi madre, mientras espero que su vuelo aparezca en la pantalla.

Hasta que por fin lo hace. En la cinta tres.

Arrastro mi maleta hasta allí y me vuelvo a sentar.

Aunque se mueve, aún no veo ninguna maleta.

Dos mujeres bajan por las escaleras mecánicas y se quedan cerca de la cinta.

Me acerco y les pregunto si vienen de Knoxville.

Y sí. Lo que quiere decir que Yash ya ha aterrizado.

Vuelvo a mi sitio, apoyada en la maleta.

—Alguien está contenta —dice un trabajador de la aerolínea cuando pasa por mi lado.

Observo la escalera y siento que me hormiguea la parte de atrás de las piernas.

Me duele la tripa. Llevo con náuseas toda la semana.

Pienso en que me tocará compartir baño con él de nuevo, en que volverá a decir «¡Qué peste!

». Quiero mucho a todos los que bajan por la escalera y se sitúan frente a la cinta tres porque han acompañado a Yash en su viaje.

Sé que será el último en bajar, porque camina lento.

Hará una parada en el baño, beberá un poco de agua.

—Parece un poco apagado la verdad —me dijo mi madre una vez por teléfono.

Y aquello me sorprendió. ¿Qué le habré dicho para que le diera esa impresión? Porque la mente de Yash va a toda prisa. ¿Cómo va a ser pasota? Veo más gente pasar de refilón, pero ninguno con esa cara tan bonita.

Si supiese lo mucho que lo quiero, saldría corriendo.

Recuerdo a Willie de sexto, que me invitó a salir cerca de los columpios.

Esa semana me llamó cada día. Hablamos mucho sobre sus hámsteres, Navío y Gloria.

A Gloria le gustaba llenarse los mofletes de semillas y, cuando le tocabas el cuello, se las notabas como a una de esas sillas hinchables tipo puf, según él.

Pero Navío no hacía eso. Willie y yo quedamos en el centro comercial ese sábado y paseamos de la mano.

Antes de que nos pasaran a buscar, me besó fuera de los baños que había cerca del patio de comida.

Me dijo que besar se me daba bien y yo le dije que llevaba coladita por él desde tercero.

Le dije que recordaba una camiseta celeste que se había puesto mucho ese año, así como los dibujos de conejitos que hacía en la parte de atrás de su libreta de mates en cuarto.

Al día siguiente me llamó para cortar conmigo.

Cuando le pregunté por qué, con un nudo en la garganta y lágrimas en los ojos, me dijo que era demasiada presión.

Todo eso de que llevara tanto tiempo enamorada de él. Que lo hacía sentir como Navío.

—¿Por qué? —pregunté en un hilo de voz.

—Porque tienes todos esos recuerdos míos dentro y yo no, y es raro.

Me siento sobre mi maleta, pensando en esa conversación.

Fue una comparación muy acertada, la verdad.

Y él, muy sincero. No le he contado a Yash esa historia.

No quería que lo viera como una advertencia.

Cuando estemos instalados en nuestro piso, le contaré lo de Willie Sylvester.

Le gustará el nombre. Dirá que parece nombre de personaje de libro.

Las maletas empiezan a salir de un agujero en mitad del carrusel y pasan por una elevación hasta llegar a la cinta.

Todo ocurre muy deprisa; la gente va a por su equipaje y desaparece.

No mucho después, solo queda una maleta plateada dando vueltas y vueltas.

Y no es la suya. Voy a ver la pantalla de llegadas.

Hay otro vuelo de Knoxville que llega dentro de dos horas.

Voy al baño. Paso frente a un grupo de cabinas telefónicas, pero no las uso.

Me dedico a esperar. Tras una hora, vuelvo y llamo a Carson para ver si Yash le ha dejado un mensaje para mí.

Pero no. Llega el siguiente vuelo de Knoxville y Yash tampoco va en ese.

Vuelvo a las cabinas y marco el número de su padre. Siento que el corazón se me va a salir del pecho.

Aunque intento no llorar, ya se me caen las lágrimas. Me contesta su madrastra y ya es algo.

— Ay, Jordan, nos temíamos que fueras tú.

— ¿Qué ha pasado? —oigo el eco de mi voz contra las demás cabinas.

—Tranquila, cielo. No le ha pasado nada. Me pidió que te dijera que estaría conduciendo hasta tarde y que te llamaría mañana a casa de Carson.

—¿Conduciendo? ¿Piensa ir en coche?

No me contesta.

—¿Va a traer su coche a Nueva York? —Si hace meses me dijo que no lo haría.

—No está yendo a Nueva York, cielo. Se ha ido a Atlanta. Con Sam.

No sé cómo me las arreglo para encontrar un taxi que me lleve a Brooklyn. Voy llorando todo el camino, pero el taxista no dice ni «mu». Que estamos en Nueva York, seguro que ya ha visto de todo.

Llamo al intercomunicador y Carson baja a recibirme con sus viejas pantuflas.

Ya no me cierra el abrigo, por lo que no tarda en ver mi estado, lo mucho que he metido la pata.

—Ay, Dios.

Me echo a llorar en sus brazos.

—¿Se lo has contado?

Niego con la cabeza.

—Ay, nena.

Me abraza un buen rato y luego carga con mi pesado equipaje escaleras arriba .