CAPÍTULO OCHO #2
Madame Trèves me hizo prometerle que iría a su restaurante favorito, Lapis, y esperé a Yash para que fuéramos juntos, pero, una vez que ve el menú en la pizarrita que hay a un lado de la puerta azul y dorada, decide que no quiere despilfarrar tanto en el precio fijo que hay que pagar por la consumición.
A pesar de que ha trabajado todo el verano para poder costearse este viaje, no parece querer gastar ni un céntimo de lo que ha ahorrado.
Lo llevo a un restaurante modesto de comida india que me gusta en el quinto distrito, Le Punjab.
No había probado la comida india hasta que me vine a vivir a París.
Entramos y una mujer al fondo del restaurante nos dice algo, Yash le contesta y yo no tengo ni idea de qué ha pasado.
Siempre ha dicho que no hablaba ni pizca de hindi.
Nos conduce a la única mesa que da a la ventana, sobre una plataforma, por lo que hay que subir un escalón para llegar, y su marido nos trae las cartas.
La pareja habla un poco con Yash y puedo notar que él les dice que no domina el idioma, pero ellos no se muestran de acuerdo y me dicen en francés que se expresa muy bien.
Quieren saber de dónde es su familia, y en lugar de decir Nueva Delhi, Yash dice otra cosa. Como no conocen el pueblo, sacan un mapa y se ponen a buscarlo, pero ninguno lo encuentra. Le preguntan algo en hindi, y como él no los entiende, me hacen la pregunta a mí en francés.
— Comment s’écrit ce village?
— Je ne suis pas sûr —contesta Yash, y los dueños del restaurante parecen encantados al ver que también entiende francés.
Hacen que el padre de la mujer salga de la trastienda y repiten todo el proceso, pero el anciano tampoco parece conocer el pueblo.
No llegamos a pedir. Se limitan a traernos un platillo tras otro, a colmarnos de atenciones. Se quedan maravillados con Yash.
—Han sido muy amables, ¿no? —me dice él de camino a casa.
—La verdad es que sí.
Guarda silencio un buen rato después de eso. Le doy la mano mientras caminamos por la calle Mouffetard, que está desierta. Las tiendas están cerradas y los restaurantes, tranquilos. No queda rastro de los lugareños y a los turistas no les interesa esta parte de la ciudad por la noche.
—Es la primera vez que voy a un restaurante de comida india en la vida.
—¿No tenéis en Knoxville?
—Tenemos uno, pero jamás podría presentarme allí. Me criaron como si India fuese la Estrella de la Muerte. No podías ni mencionarla. Mi profesora de segundo de primaria me puso unos deberes para subir nota sobre India y mi padre intentó hacer que la despidieran.
Me suelta para frotarse la cara con ambas manos y se vuelve a quedar callado. Entonces añade:
—Cuatro años de universidad y nunca me he dignado a estudiar su historia ni el idioma. Nunca he leído a un escritor indio. Vayamos a India. No sé yo si mi padre volvería a dirigirme la palabra después de eso, pero vayamos de todos modos. ¿Quieres que vayamos algún día?
—Me encantaría.
Esa noche, ya acostados, me cuenta que solo tiene un sueño recurrente: él dando un discurso en el funeral de su padre.
—Es un cliché muy manido. Ahí estoy yo, a veces en una iglesia, otras en un campo.
Una vez dentro de un almacén, pero mi discurso siempre es buenísimo.
Parece el mismo de un sueño a otro. Y lo digo de corazón, sin consultar mis notas.
Pero me parece que ya lo he dado antes. Y a la gente le encanta, es muy bueno.
Mi madre y mi madrastra están en primera fila y lloran dándose la mano. Siempre me sale perfecto. Sin falta.
—Y tu padre nunca está presente para oírlo.
—Nop. Siempre está muerto.
Lo convenzo de que los dos también tenemos que salir de la ciudad.
Tomamos un tren hasta Estrasburgo y otro hasta Davos.
Yash quiere ver el sanatorio en el que Thomas Mann visitó a su mujer, Katia, durante tres semanas en 1912, la visita que inspiró La montaña mágica .
El aire es tan puro y despejado como en todos los libros con personajes con tuberculosis que van en busca de una cura.
Nos mareamos un poco al ir andando desde la estación hasta donde nos vamos a hospedar, con los Alpes alzándose en todas direcciones y las cimas más altas de un color azul claro por el hielo.
Más tarde nos plantamos frente al enorme edificio, que sigue siendo un sanatorio, solo que para personas con asma, ya que la tuberculosis por fin tiene cura.
Parece un hotel inmenso con grandes balcones que sobresalen de cada habitación, en las que los pacientes podrían pasar sus días respirando el aire frío y puro.
Recorremos los terrenos y nos imaginamos que somos un par de desconocidos afligidos por la tisis que se conocen aquí mismo, como Hans Castorp y Clawdia Chauchat.
Me cuenta que Chauchat fue como llamaron los franceses a la ametralladora que usaron en la Primera Guerra Mundial.
A la mañana siguiente nos vamos de excursión y hacemos doce kilómetros hasta una montaña al sur.
Partimos temprano, con la intención de volver cuando oscurezca.
El hijo del dueño de la pensión en la que nos hospedamos nos prepara un refrigerio y varias cosas para picotear.
Tiene nuestra edad, es rubio y de hombros anchos, y habla inglés un poco cortado.
Yash está convencido de que le gusto y conforme subimos la montaña se pasa el rato diciéndome que el suizo nos ha seguido, que está escondido por ahí detrás de un árbol o una gran roca.
De camino hablamos como siempre sobre libros, lo que los vuelve mágicos, lo que hace que sean especiales.
Él dice que es por la estructura. Que lo bueno siempre está en la estructura.
Y debatimos al respecto: le digo que a mí me parece que puede deberse a una variedad de elementos (las imágenes que evocan, los diálogos, todas las formas en las que la prosa parece cobrar vida), y él asegura que la forma es aquello que marca la diferencia.
Le digo que la estructura de Guerra y paz no era nada del otro mundo, y él se pone a desmenuzar el libro sección por sección para demostrarme que Tolstói pretendía reimaginar tanto la Ilíada como la Eneida para hacer su obra maestra.
El camino es angosto y los árboles que lo delinean, muy altos.
De tanto en tanto vemos un puente que cruza un riachuelo.
Durante la primera hora captamos vistazos del pueblo que hay debajo, que se va haciendo más y más pequeño entre los árboles.
Para la siguiente hora ya no tenemos vistas, hasta que de pronto nos quedamos ante un cielo despejado y la cuesta se vuelve plana hacia un prado lleno de flores rosadas y rojas.
—Te dije que podía pasar algo así.
—Sí que lo hiciste —repone él.
Dejo la mochila en el suelo y me pongo a correr por la hierba con los brazos extendidos.
Doy vueltas y vueltas sobre mí misma, cantando a voz en grito que las montañas están vivas.
Termino quedándome sin fuerzas tras un rato y Yash me acompaña cerca del borde de un saliente.
Nos tumbamos sobre la hierba para sentir las montañas y las sombras que proyectan, y nos desnudamos para hacerlo ahí mismo, hasta que se nos acercan tres vacas a buen paso y unos andares un tanto agresivos, las tres con unos cencerros escandalosos rodeándoles el cuello.
Nos levantamos desnudos y de un salto, entre risas nerviosas al no saber hacia dónde ir.
De pronto cambian de dirección, así que nos volvemos a tumbar sobre la hierba y el tañido de sus campanas se va alejando poco a poco.
Yash me acaricia el cuello y los hombros con la punta de los dedos.
—Creo que de aquí hasta que me muera me pondré cachondo cada vez que oiga un cencerro —confiesa.
Más cerca de la cima llegamos a un estanque de color verde oscuro, rodeado de unas rocas planas.
Así que volvemos a quedarnos en pelotas.
El agua está muy fría, pues hace no mucho estaba congelada.
Quiero que chapoteemos juntos, subirme a su espalda y besarlo mientras me aferra entre sus brazos, que todo sea resbaladizo y sexi.
Pero Yash se aleja de mí y nada hacia el otro lado.
Salgo del agua y me quedo sobre una roca cálida, con el agua fría goteándome del cabello por la espalda y las piernas hasta formar un charco a mis pies.
El sol me seca la piel. Parece muy intenso, lleno de vida.
Yash también sale del agua y se coloca a mi lado.
Me da la mano y siento que me invade el alivio.
Le dejo un beso en el cuello y lo abrazo con fuerza, con lo que el agua de su cabello me resbala por los hombros y la espalda y la piel se me tensa en lo que se evapora.
Le digo que lo quiero con el alma entera.
Cuando alzo la vista hacia él, le veo un mohín.
—¿Qué ocurre?
Pero no me responde.
—¿Va todo bien, Hink?
Niega con la cabeza.
—Es que duele un poco esto de ser tan feliz.