Corazón el Enamorado (Las crónicas de Ravenswood 1) CAPÍTULO OCHO
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CAPÍTULO OCHO

CAPÍTULO OCHO

Sus cartas son unos paquetitos compactos, de seis a ocho páginas amarillas de su libreta, con su caligrafía pequeña hecha con su boli azul, llenas de observaciones, alusiones y reflexiones, quizá más como Henry James que como Henry Miller, pero con bastante más sentido del humor.

Espero semanas a que me llegue una. Como ninguno de los dos tiene ni un duro, no podemos permitirnos llamarnos, aunque tras pasar tres semanas sin recibir nada de su parte, termino cediendo y telefoneando desde una cabina, mientras veo mis monedas de diez francos desaparecer una a una.

Una llamada de una hora me cuesta la tercera parte de mi estipendio semanal.

Léa lo llama l’argent de poche , un dinerillo extra, porque ya me proporciona techo y comida.

En primavera, mientras le toca ponerse con la tesis, no sé nada de él durante todo el mes de abril.

Lo llamo dos veces, le dejo mensajes con sus compañeros de piso de la calle MacDougal, pero nunca me devuelve la llamada.

Un día a principios de mayo, cuando Léa me trae un grueso sobre blanco (porque se ha cruzado con el facteur de verdad en la calle), me echo a llorar y salgo corriendo a mi habitación diminuta para leerla.

Es, como siempre, magnífica, erudita, distante y sin pizca de remordimiento.

Me demuestra ternura y cariño solo en las dos últimas frases, como en el verso final de un soneto.

«Pero ya no quiero hastiarte más con mis disertaciones.

Te quiero, cariño, por muy incómodo que me resulte hacerlo y más aún confesarlo».

Es la primera vez que me ha llamado «cariño» por escrito. Es su apelativo más afectuoso, el que usa solo en nuestros momentos más íntimos, cuando parece que los dos somos uno y respiramos el mismo aire.

Al final de su carta, en una letra incluso más pequeña, casi como si estuviese poniendo a prueba si leo con atención sus misivas o no, hay una oración más.

PD: el 5 de agosto llegaré a tus tierras.

Tenía la esperanza de que llegara en junio o en julio, pero no pasa nada. Porque va a venir.

Tengo que ponerme con la cena, pero es que no consigo recomponerme. Porque Yash me quiere. Me ha llamado «cariño». Va a venir a verme en agosto.

Léa llama a la puerta. Entra, me ve llorando y se sienta a mi lado, en la cama.

Hasta ahora no habíamos estado juntas en mi habitación.

Se ha arreglado para salir con su novio, Laurent, y lleva una blusa de seda, cinturón de ante y una falda negra.

Dice que quiere contarme una historia y me habla en mi idioma, algo que no suele hacer, solo cuando quiere asegurarse de que entienda cada palabra.

Me cuenta que cuando tenía diecinueve años se enamoró perdidamente.

Tras un año de relación, él le dijo que quería ir a Estados Unidos y recorrer en coche la zona occidental del país.

Le pidió que lo acompañara; se lo rogó, de hecho.

Pero ella tenía que terminar sus estudios y sus padres no querían que fuese una hippie estadounidense sin estudios.

Así que él se marchó y, cuando ella terminó de estudiar, no lo siguió como le había prometido que haría.

—No sé por qué, supongo que me dolía que se hubiera marchado —me dice—. Y luego él conoció a alguien. Me escribió para contármelo. Yo estaba écrasée , devastada. Apenas podía moverme. Pero mi amigo Alain me había estado esperando todo este tiempo. Así que me fui con él.

El exnovio volvió a buscarla porque su relación con la americana no había terminado bien, pero ella ya se había casado.

—Entonces él también se casó y yo me divorcié.

Ahora es él quien se está divorciando. Y es el hombre con el que estoy saliendo ahora.

Es Laurent. Se mudará con nosotros dentro de unos meses.

—Cuenta con los dedos—. Veintiún años después.

A lo que voy es a que las decisiones que tomamos cuando somos jóvenes son muy importantes.

No te haces una idea de cuánto. Estos sentimientos no pueden revenir. Pas comme ça. Y nadie te lo dice.

Me señala las páginas que componen la carta de Yash, sobre la cama.

—Dale prioridad a este amor que sientes. Cásate con él. Cásate y ten hijos. Da igual lo que pase después.

Le digo que apenas tengo veintitrés años y ella lo descarta.

—A quién le importa la edad. ¿Qué sabe la edad sobre el amor?

—Déjalo ir —me dice mi amiga Nobiko, quien cuida de los mellizos que viven en la cuarta planta.

Es divorciada. Tardó mucho tiempo en dejarlo ir. Trop longtemps , en palabras textuales.

Es junio y yo vuelvo a esperar una de sus cartas. Al día siguiente me llega una y se la enseño. Me dice algo en japonés que luego traduce al francés. Algo sobre un petit poison . Lo que quiere decir es que me tiene enganchada y solo me da largas.

Me busco unas clases de francés no muy caras y hago amigos.

Llevo a los niños, Luc y Delphine, a sus clases y citas para jugar, repartidas por toda la ciudad.

Intento estudiar gramática y leer en francés.

En mi habitación diminuta, empiezo a escribir algunas historias cortas, pero no consigo acabarlas.

Gran parte de lo que escribo son cartas para Yash, en las que intento mostrarme animada, contarle anécdotas y no agobiarlo con lo mucho que lo echo de menos, y también el diario en el que vuelco todo ese exceso de sentimientos que no puedo transmitir en las cartas.

Estoy tan enamorada de él que me cuesta respirar hondo, eso es lo que escribo en mi diario.

Su ausencia me hace sentir como si hubiese perdido un pulmón.

Siento que mi vida está en pausa, suspendida en el tiempo.

Que va de carta en carta. Cuando llega alguna, estoy en las nubes durante una semana entera.

A la siguiente, voy bajando a la realidad poco a poco.

Una vez que vuelvo a poner los pies en la tierra es cuando los miedos me invaden.

Que haya conocido a otra, a alguien que lo haga sentir diferente, como una nueva versión de sí mismo, más lleno de vida.

Una brasileña. Bailarina. Una bailarina brasileña que hará que nunca más sepa nada de él.

Pero entonces me llega otra carta y vuelvo a levitar.

La primera carta que me envía desde Knoxville, en junio, es exuberante.

Se ha graduado con honores, ha dispuesto una mesa y una silla en el establo de su padre y ha jurado que empezará a escribir su novela, cinco páginas al día.

La idea me pone tan contenta que no me obligo a esperar unos días para contestar, sino que lo hago ahí mismo.

Tengo tantísimo que decirle que siento que las palabras me burbujean por dentro, que se atropellan.

«Aun así», escribo, «me da la sensación de que podría expresarlo todo en una sola palabra inexistente y tú sabrías comprender exactamente lo que quiero decirte».

Su carta de julio es más corta y menos optimista.

Su padre es un déspota incorregible, y su madre, el caos personificado.

Que se marcharía sin mirar atrás ese mismo día, pero tiene que ahorrar para viajar a Francia.

También me comenta que está leyendo a Kafka, que «quizá no sea la mejor opción para lo que está viviendo».

Al final de la carta me dice que escribió nueve de las peores páginas de ficción jamás plasmadas en papel y que, como correspondía, las quemó con los restos de leña detrás del establo.

Y por fin está aquí. Voy al aeropuerto Charles de Gaulle a recogerlo y lo traigo a mi cama diminuta.

La familia, como la mayoría de parisinos en agosto, se ha marchado de la ciudad.

Han ido a ver a la madre de Léa, en Saint-Malo, así que tenemos el piso para los dos solos.

Nos tumbamos de lado para mirarnos el uno al otro, que es el único modo en el que cabemos en la cama, por muy apretujados que estemos.

Me parece alguien nuevo pero conocido, valiosísimo y emocionante.

—Creo que ya podemos confirmar que sí que te quiero —dice.

Nos movemos despacio (porque él lleva despierto más de veinticuatro horas) y follamos de la única forma que se puede en una cama tan pequeña: poco a poco. Yash se corre y me llama «cariño» cuando ambos estamos sudorosos y agotados.

—No sabía que te echaba tanto de menos —confiesa.

Durante nuestra primera semana juntos nos quedamos en París y lo llevo a todos los lugares en los que ansiaba tenerlo a mi lado.

Es como llevarlo a casa, a que lo reciban con cariño unos familiares que comparten mi gozo.

«Mirad, aquí lo tenéis», les digo a los castaños de Indias que hay en el Luco, al reservado en el que me suelo sentar en Le Danton, y al tramo de hierba en el Champs de Mars, donde leí su última carta. «Aquí lo tenéis».

Nos montamos nuestro propio tour de Proust y vemos la recreación de su habitación en el museo Carnavalet, con restos del corcho que usó para forrar el cuarto.

Vamos al 102 de Haussman, que ha pasado a ser un banco, donde vivió durante trece años y escribió En busca del tiempo perdido y, según el Dr. Gastrell, también sollozó a la luz de la luna en 1914 cuando se enteró de que la invasión alemana era inminente.

Encontramos el callejón por el que Swann fue a buscar la puerta de la habitación de Odette.

Una noche salimos con los amigos que he conocido en mis clases de francés, Deirdre la irlandesa, y Loes la holandesa, además del amigo de esta última, Fabien, que es de Toulouse.

Nos encontramos en un bar subterráneo cerca del Panteón y nos apretujamos en una mesita en un rincón.

Voy a comprarnos bebidas y vuelvo la mirada para verlo rodeado de mis nuevos amigos, con los codos apoyados en la mesa, la cabeza ladeada, el flequillo echado hacia atrás y esa sonrisa de gamberro.

Les está contando una historia. Me entra esa impaciencia que conozco bien, esa que hace que quiera volver de inmediato a la mesa para no perderme nada de lo que dice.