Corazón el Enamorado (Las crónicas de Ravenswood 1) CAPÍTULO SIETE #3
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CAPÍTULO SIETE #3

Vamos a casa de su madre a desayunar. Como ha conseguido trabajo en una tienda del centro durante la temporada, tiene que presentarse a las diez de la mañana.

Es jovencísima, pues tuvo a Yash a los dieciocho.

Tiene el cabello largo, va descalza y con las uñas de los pies pintadas de lila, y nos recibe con un abrazo largo y cariñoso.

Esta es la casa en la que se crio Yash. Me señala por la ventana la casa de Arlo y Bean, al otro lado de la calle («La madre es un encanto, aunque el marido es un completo imbécil», acota la madre de Yash), así como la de los Sullivan y sus nueve hijos, tres casas más allá, o la de los McDaniels al final de la calle, que tienen once criaturas.

—Hay mucho semental en esta calle —comenta Yash—. Y luego está mi pobre madre con su único hijo, indio y rarito.

Su madre lo mira con el ceño fruncido.

—Yashie, no digas esas cosas.

Su madre ha montado una mesa llena de comida y Yash le reprocha que haya gastado tanto solo por querer impresionarme.

—No pretendía impresionarla, solo hacer que comieras algo, que estás en los huesos.

Nos sentamos y Yash se queda callado, así que su madre habla sobre la meditación trascendental y el aparcamiento diminuto que tiene el mercadillo que acaba de abrir.

—Si tienes la suerte de encontrar dónde aparcar, reza para que tengas cómo salir. No cabe ni un alma ahí.

Cada palabra que sale de boca de su madre exaspera a Yash. Aun con todo, la mujer lo sigue intentando. Incluso cuando es obvio que va a llegar tarde al trabajo, nos sigue insistiendo para que comamos y saca más y más temas de conversación. Yash le extiende su bolso y su abrigo.

—Peggy Lynn, si no te vas ahora mismo, vas a hacer que te despidan —le dice con un acento sureño muy marcado, y puedo ver al chico que fue hace tiempo.

Su madre se pone de pie, deja que le ponga el abrigo y el bolso y enfila hacia la puerta.

—Ha sido todo un placer, Jordan. Ojalá nos veamos pronto.

De allí nos vamos a ver a su padre («Jordan es el tipo de chica del que te divorcias») para comer.

Vive con su mujer, Paige, en una granja a treinta minutos de la ciudad.

Si bien Yash siempre ha dicho que no queda rastro de India en su padre, no me esperaba el sombrero de vaquero ni el acento clásico del sur.

Su negocio es el whisky, es dueño de una distribuidora y es de lo único de lo que quiere hablar: de la cadena de valores, el precio de coste, la compra centralizada, la eliminación de intermediarios y la cuota de bolsillo.

Solo cambia de tema para decirle a Yash que sabe que su madre se ha echado un nuevo novio, un tal Bud.

—Ese pobre desgraciado no sabe lo que le espera —añade, y Paige se mete en la conversación para hacernos muchas preguntas después de eso.

Su padre no se molesta en disimular cuánto le incordia que nos hayamos desviado de sus temas de interés y Yash se muestra muy dócil, sin rastro de su típico sentido del humor. No lo reconozco. Para cuando al fin volvemos al coche, siento que el alivio me invade.

Pasamos el resto de la tarde con su tío Percy y su tía Sue, ambos muy amables y fáciles de tratar.

Están criando a su nieto Jared, quien adora tanto a Yash como los bichitos.

Comemos pastel en la mesa de la cocina y jugamos con Jared en el jardín.

Poco a poco, veo cómo Yash se relaja tras las visitas a sus padres.

Esa noche les preparamos la cena a EJ y a Marni. Las niñas nos hacen de ayudantes de cocina. Aunque instamos a sus padres a disfrutar de un rato solos en el salón, ambos insisten en sentarse a la mesa de la cocina y observarnos.

Más tarde, después de haber follado a escondidas en el sofá cama, preocupados por que las niñas fuesen a presentarse en el salón en cualquier momento, oímos una discusión.

Al principio solo podemos oír a EJ, con su tono grave y prepotente, pero, cuando alza incluso más la voz, empezamos a oír las respuestas de Marni también, que parece ir cambiando de belicosa a conciliadora.

—Nosotros conseguimos evitarlo, pero Marni no —le digo.

—Ella nunca se salva.

Un rato después la discusión parece llegar a su fin de pronto y la casa entera se queda en silencio. Yash se queda dormido, pero yo no puedo. Solo lo logro cuando las niñas se meten en la cama con nosotros, a eso de las tres de la madrugada.

A la mañana siguiente, Yash me lleva en coche al aeropuerto. Es muy temprano y hacemos gran parte del trayecto en silencio.

Aunque tengo la mano apoyada en su muslo, tiene la expresión tensa y no me mira. No sé si está cabreado por mi partida.

—¿Qué pasa?

Yash respira hondo.

—Me gustaría poder seguir conduciendo, de vuelta a la uni. No quiero pasar otra semana aquí.

—Ven a quedarte conmigo. —Ya se lo he pedido. Y él ya se ha negado.

Se para fuera de la terminal y me dice que te multan si sales del coche, así que nos despedimos ahí mismo, en el asiento delantero del Nova. Se me saltan las lágrimas, pero a él no. Parece muy distante, imposible de alcanzar, y eso hace que llore incluso más. Marcharme parece un error tremendo.

—Hink —me llama—, vas a perder tu vuelo.

Saco mi maleta enorme del maletero. Me inclino por la puerta para darle un beso y decirle que lo quiero. Me responde que él también, pero parece ido. Cierro la puerta y arranca. Me despido con la mano, al igual que él, pero su mirada nunca se vuelve hacia mí.

Paso las fiestas con mi madre, y Yash y yo hablamos por teléfono unas cuantas veces. Una vez que regresa a su casa en la calle MacDougal, parece volver a ser él mismo. Dice que se está poniendo las mallas rojas y que no piensa quitárselas hasta que vaya a París.

El primer día del nuevo año, me marcho a Francia .