Corazón el Enamorado (Las crónicas de Ravenswood 1) CAPÍTULO SIETE #2
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CAPÍTULO SIETE #2

—Sabes que eres mi favorita, ¿no? —me dice, en lo que acomoda las servilletas que yo acabo de colocar con cuidado.

—¿En serio?

Me mira con el ceño fruncido.

—Claro que sí. Y no quiero perderte, de verdad que no.

Pero estoy dispuesta a hacer sacrificios.

No a menudo, pero de vez en cuando. Tengo una sobrina en Francia, la hija de mi hermana.

Tiene dos hijos, no tiene marido, y su canguro acaba de renunciar.

No sé decirte por qué contrataría a una alemana, pero bueno.

La cosa es que necesita a alguien. Y tú quieres trabajar en París.

Así que ahí lo tienes, la ocasión perfecta.

La única que sale perdiendo soy yo. Puedes escribir mientras los niños están en el colegio.

Te vas a mediados de enero. Y me abandonas.

—Hace un ademán desdeñoso con los dedos, como si la hubiera insultado. Como si fuese idea mía.

De camino a casa de Yash me pongo a pensar en La casa en París , de Elizabeth Bowen.

Recuerdo al Dr. Gastrell diciendo que Ezra Pound invitó a James Joyce a pasar una semana con él en París y Joyce terminó quedándose veinte años y escribiendo Ulises y Finnegan’s Wake .

Pienso en que la Dra. Felske siempre dice que hay dos cosas que le otorgan perspectiva y claridad a un personaje: el tiempo y la distancia. Comprendo que tengo que irme.

Yash está en su habitación, leyendo. Ni bien cruzo la puerta, se lo cuento.

Se muestra tan sorprendido como me siento yo. Quiere saber si me pagarán lo suficiente y, si no es así, cómo haré para solventar mis préstamos universitarios.

Le digo que me da igual.

—¿Cómo me van a buscar al otro lado del mundo?

Niega con la cabeza.

—Terminarán encontrándote. Y para entonces tendrás que pagar mucho en intereses.

¿Qué hacemos hablando de mis préstamos universitarios?

—¿Me echarás de menos?

—Claro que te echaré de menos. —Entonces nota mi expresión—. No sabes cuánto. Ven. —Me hace sitio a su lado, en la cama.

Me tumbo junto a él y le acaricio el pecho. Él lo saca de forma exagerada, algo por lo que suelo burlarme.

—Iré a buscarte apenas me gradúe —me dice.

Aunque quiero ir, no quiero dejarlo a él ni a nuestras noches de Hincomb para dos y las mallas rojas.

Yash me abraza con fuerza y me dice que, mientras tanto, podemos intercambiar correspondencia sugerente como hacían Henry Miller y Anaïs Nin.

Al final del semestre me salto la graduación y conducimos hasta Knoxville. No nos alojamos con ninguno de sus padres, porque Yash no quiere pasar por ese escrutinio. En su lugar, nos quedamos con su amigo EJ y con Marni.

He oído mucho sobre EJ, uno de los mejores amigos de Yash desde primaria. Empezó a salir con Marni cuando estaban en segundo de secundaria y, cuando se quedó embarazada durante su último año, se casaron. Ahora tienen una hija de cuatro años y otra de dos, y hace poco se compraron una casa.

—Al principio a EJ lo notarás un poco distante —me dice Yash en el coche—.

Será Marni la que se encargue de la conversación.

Una vez que hayamos bebido un poco, a EJ se le pasará la timidez y Marni lo dejará brillar.

Si nos quedamos mucho rato, le entrará el sueño y luego se pondrá peleón, pero nos iremos a la cama antes de que eso suceda.

Es buen tipo, pero tiene sus demonios que no lo sueltan.

—¿Por lo de su padre? —El padre de EJ murió de un infarto frente a él cuando apenas tenía nueve años. Estaban solos en casa, preparando unos perritos calientes.

—Creo que ya los tenía antes de eso. Incluso de pequeño creía que todo el mundo intentaba estafarlo.

Imagino que las cosas no iban muy bien por casa.

Se quejaba sobre su padre, pero una vez que murió pasó a ser un santo.

Siempre ha estado enamorado de Marni. Me alegro de que estén juntos, ella le hace bien.

Y las nenas, ya ni te digo. Te van a encantar.

Aparcamos en la entrada y las niñas salen corriendo y gritando a recibirlo, hasta que la más pequeña se echa a llorar porque no puede llegar primera.

Lo llaman «Gas» y él las llama «bichitos». Las alza en brazos a ambas y ellas le acercan la carita, y todo lo que les dice Yash en voz baja las hace soltar risitas y grititos y agitar las piernas, encantadas de la vida.

Marni se queda en los escalones y yo me presento, estrechándole la mano.

A pesar de que tiene nuestra edad, veintidós, a su lado me siento diez años más joven.

Nos pregunta qué tal ha ido el trayecto y yo le pregunto por la casa nueva.

Mientras hablamos, contempla a Yash y a las niñas por encima de mi hombro.

Entramos y la seguimos por la cocina hasta el salón, con el sofá cama en el que nos quedaremos.

Las niñas tiran de Yash hacia su habitación y Marni nos pide que nos quedemos un rato con ellas mientras termina la cena, que EJ no tardará en llegar del trabajo.

Es la primera persona de mi edad que conozco que tenga hijos y un marido que vaya a llegar pronto del trabajo.

Las niñas quieren hacer una casita con los cojines del sofá y las mantas de sus camas, y dentro quieren jugar a un juego llamado Cabriolas, algo que inventó Gas. Para ello tienes que usar dos dedos de la mano y hacer varios movimientos, y los demás tienen que adivinar la palabra.

—Pero no puedes hacer cabriolas —me instruye la mayor—. Es la única regla. Nada de cabriolas.

Yash va primero y apoya los dos dedos en la palma de la otra mano para luego levantar uno.

—¡El baile de los rusos! —chillan las dos a la vez.

Todos nos echamos a reír.

—Puede que tenga algo de ventaja, ya les he enseñado unos cuantos.

La más pequeña alza una manita y hace que sus deditos salten de arriba abajo.

—Salto —digo—. Brincos. Rebotes. Piruetas. —Espero a que los otros dos digan algo, pero se limitan a sonreír con travesura—. Rebotar. Hacer la croqueta —pruebo suerte, pero la pequeñaja niega con la cabeza.

— Sauté! —dice la otra, antes de partirse de risa.

Podría quedarme bajo estas mantas toda la noche. Con las niñas y sus deditos regordetes y las palabras que les ha enseñado Yash. Todo me hace gracia.

EJ sigue el patrón que predijo Yash. Para la mitad de la cena ya es un encanto, y Yash, Marni y él me cuentan historias que ya conozco, pero con nuevos detalles. No quiero levantarme e ir al baño por si me pierdo de algo. No quiero perderme nada de lo que diga Yash.

Cuando este se va al baño, EJ comenta:

—Nunca había traído a nadie a casa.

Asiento, para confirmarle que era algo que ya sabía.

—No, esto es más importante de lo que crees.

—EJ.

—No, tiene que saberlo.

—¿Qué tiene que saber?

Algo cambia en cómo me mira. Como hija de un padre volátil, comprendo que hemos llegado al momento sobre el que me ha advertido Yash. Por el pasillo, oímos que se abre la puerta del baño.

—No le hagas daño —me advierte EJ en voz baja.

Yash se percata del cambio y dice que está hecho polvo por haber conducido, así que lavamos los platos a toda prisa y nos escabullimos al sofá cama.

Es bastante cómodo, incluso a las cinco de la madrugada, cuando pasamos a ser cuatro en él.

Para cuando dan las seis, ya nos hemos levantado y hemos salido a dar un paseo hasta el final del camino, para darles de comer a los caballos.