Corazón el Enamorado (Las crónicas de Ravenswood 1) CAPÍTULO SIETE
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CAPÍTULO SIETE

CAPÍTULO SIETE

—«Quizás algún día recordemos con gusto incluso estas adversidades».

Tampoco es que disimule lo encandilado que lo tiene Yash.

Es como si su presencia lo iluminara. Cuando habla, Gastrell parece brillar de energía.

Les gusta debatir sobre la teoría de las ideas de Platón, sobre la ontología de Aristóteles y los presagios de Homero en contraposición con la capacidad de decisión de los humanos.

Gastrell intenta un par de veces incluirnos a los demás, y varios de ellos se esfuerzan por llamar su atención, pero el debate de verdad se produce entre Yash y él, mientras que el resto escuchamos y tomamos nota.

Su disputa más acalorada se produce por la definición de hamartia , que según Gastrell es un defecto letal.

Yash lo corrige con el argumento de que la palabra en griego antiguo, como la pretendía usar Aristóteles, solo era un error de juicio cualquiera.

Y de ahí la cosa se sale de madre muy rápido.

Gastrell afirma que nada en el teatro de la antigua Grecia es aleatorio y que las obras en sí no habrían sobrevivido sin aquella ironía tan trágica que inventaron.

Yash asegura que su poder y su sobrecogimiento provienen de su propia aleatoriedad, de que cualquiera de nosotros, y no solo un rey bondadoso con un defecto escogido a dedo, es capaz de cometer errores.

Que todos somos vulnerables a la tragedia por el simple hecho de ser humanos.

La discusión hace que Gastrell termine con el cuello muy rojo y el nacimiento del cabello salpicado de sudor, mientras que Yash parece haber derrotado a un dragón.

Para mi tesis, se me asigna una tutora de la que no había oído hablar en la vida, y me tengo que reunir con ella cada semana.

Si tuviese que señalar el momento exacto en que mi carrera como escritora dio comienzo, sería ese: los jueves a la una, con la Dra.

Felske. Cada semana llego con dos copias de una nueva historia y tengo que leerla entera en voz alta, mientras ella me sigue con su copia, encerrando palabras, anotando cosas bajo las oraciones y tachando párrafos enteros.

Muy de vez en cuando me deja un «visto» diminuto en el margen.

Y yo lo doy todo por esos «visto» diminutos.

Conforme avanza el semestre, me va poniendo más y más de ellos.

No tarda en comprender que mis lecturas han sido muy limitadas, y casi todas escritas por hombres, de modo que me abre las puertas a Virginia Woolf, Katherine Mansfield, Zora Neale Hurston, Elizabeth Bowen, Djuna Barnes, Nadine Gordimer y Jamaica Kincaid.

Para mediados de noviembre ya llevo una docena de historias escritas.

Antes, para mí revisar era corregir una cosilla por aquí y otra por allá; lo que hago ahora es más bien una endodoncia a cada párrafo.

Los profesores de escritura que había tenido hasta el momento solían expresarse de forma genérica, a menudo citando a escritores famosos.

Chéjov dijo esto, Beckett dijo lo otro. Y nosotros anotábamos todas esas perlas.

La Dra. Felske solo habla sobre lo que ve plasmado en la página.

Le da golpecitos a un pasaje con su portaminas plateado y me pregunta qué intención tengo al escribir eso.

Hace que me aparte de las tramas góticas y sureñas que me habían seducido el año pasado y que pruebe suerte con mis propias emociones.

Empiezo a comprender el poder de la ficción, la razón por la que nos inventamos historias.

Mi mejor relato tiene como sujeto a mi padre.

No es autobiográfico. Es sobre el encargado de una zapatería y el chico que consigue trabajo allí, pero en realidad va sobre mi padre, sobre la furia que siento, así como la vergüenza que me produce y el cariño que le tengo.

Las escenas que no ocurrieron se concentran y destilan la emoción de lo que sí pasó.

«La verdad no tiene nada que ver con los hechos», dijo uno de mis profesores, citando a Faulkner.

La Dra. Felske me demuestra lo que eso significa de verdad.

Madame Trèves, la dueña de Chantal, me va tomando cariño y confianza poco a poco.

Me ha llevado cuatro meses. Según me dijo el barman, una vez que empieza a hablarte sobre su familia, ya te la has ganado.

Durante una noche lenta a fines de septiembre, nos encontramos en un rinconcito al fondo del restaurante y ella me señala a un viejo que se acaba de sentar.

«Se parece a mi tío», comenta, y yo le pregunto en qué, y ella me explica que no es una cuestión de físico, sino de la energía que desprende, la bondad.

Entonces pasa a contarme lo que ya me había contado el barman, que su tío, el marido de la hermana de su madre, escondió a la familia entera en el cobertizo de su granja durante los últimos tres años de la guerra.

A la semana siguiente, me asigna tres turnos más por la noche. Dejo mi trabajo en el High Five y en Entre Burbujas, y empiezo a ganar más dinero. Más de cien dólares la noche, de hecho. Por primera vez puedo hacer depósitos de verdad en el banco.

Llevo lo que me dan de propina a casa, y Yash y yo lo contamos en su cama.

Me doy una ducha y, cuando me entra frío, me pongo unas mallas rojas que encuentro en su armario.

Me dice que parece mi trajecito rojo, como el de la canción de Talking Heads.

Contamos mis propinas y damos vueltas en la cama hasta que tengo las mallas rojas en los tobillos y en la vida he sido tan feliz como soy ahora.

De tanto en tanto, Sam vuelve a la universidad para perturbar mi felicidad.

Se queda a dormir con Yash y yo no puedo ir a ninguna de las fiestas a las que van ellos.

Mi nombre es tabú. Según me cuenta Yash, cuando están juntos los dos, yo no existo.

Sus amigos ya saben que no deben ni mencionarme.

Cuando Yash vuelve a buscarme al final del fin de semana, no quiere hablar sobre lo que han hecho o a dónde han ido o de qué temas han hablado.

Odio a Sam por hacerme esto, por quitarme a Yash durante días y devolvérmelo malhumorado, petulante y confuso, como yo solía volver con mi madre tras pasar el fin de semana en casa de mi padre.

Odio cómo huele la habitación cuando Sam se ha quedado a dormir.

Odio la caja con mis cosas que el chico con el que vive Yash nos deja guardar bajo su cama y que recupero una vez que Sam ya no está.

Una vez, en noviembre, después de una de las visitas de Sam, no voy a casa de Yash el domingo por la noche al salir de trabajar, y él no viene a verme a mi casa en la calle Pye.

A la mañana siguiente decido ponerlo a prueba, ver cuánto tardará en buscarme.

Así que voy a clase y después a la biblioteca para escribir una de las historias que necesito para mi tesis.

Chantal cierra los lunes por la noche y lo normal es que Yash y yo nos pidamos una pizza.

Pero no viene a verme ni tampoco me llama.

El martes tampoco sé nada de él. Ni buena parte del miércoles, vaya.

El seminario de Gastrell es por la noche y, si no he sabido nada de él hasta entonces, si tengo que caminar sola hasta Breach House y sentarme a su lado en el sofá de rayas, me voy a poner a llorar y no va a haber vuelta atrás.

Ese día me salto mi otra clase, porque no he podido cumplir con los deberes.

Sé que Yash tiene clase hasta las cuatro.

Voy andando hasta su casa. Llamo a la puerta a pesar de que tengo llave. Siento como si me hubiera bebido una jarra entera de café de lo rápido que me va el corazón. Es como si hubiese salido de mi propio cuerpo.

—¡Hola, Hink! —dice al abrir la puerta, lo que me confunde sobremanera, y luego me abraza—. Mmm, qué bien hueles —comenta al hundir la nariz detrás de mi oreja.

Vamos a su habitación y veo que ha recuperado la caja con mis cosas y que todo ha vuelto a su sitio: mi libro en su mesita, mi cepillo en la cómoda. Ha estado leyendo mucho. Hay al menos una docena de libros en mi lado de la cama y procuro no echarme a llorar, pero me cuesta.

Abre el armario y me señala las mallas rojas, colgadas en una percha.

—Se me olvidó guardarlas y Sam las agarró y se puso a chincharme. Me pareció que iba a ponérselas, así que se las quité y me dijo que me había vuelto un idiota. No fue muy agradable, la verdad. El sábado que salimos vimos como a cinco de tus amigos, era un no parar.

Me abraza y me besa y yo no soy capaz de decir nada. Pero él no parece notarlo.

—Te echaba de menos. ¿Has comido? He encontrado el cheddar que te gusta en la tienda.

Baja a la cocina y yo me meto en el baño a llorar un poco.

Quiero decirle lo que siento, preguntarle si se ha dado cuenta de que no nos hemos visto desde el viernes.

Esto es a lo que se refería Jay, mi ex, cuando decía que me guardo las cosas.

Solo que no se me da bien decir que me siento mal, que siento que ha pasado de mí o que no me quiere.

De pequeña no aprendí a hacerlo, sino a esconder lo que siento. O a dejarlo salir en lo que escribo.

Vuelvo a su habitación, a donde me ha llevado un bocadillo, y no puedo evitar echarme a llorar.

—Ay, Hink. ¿Qué ha pasado?

—No me gusta cuando Sam viene a verte —es lo único que soy capaz de confesar.

Yash coincide en que es una situación complicada y nos tumbamos en su cama hasta que llega la hora de ir al seminario en Breach House.

En diciembre, cuando Madame Trèves me ayuda a poner las mesas, sé que algo va mal, porque ella solo te ayuda cuando quiere echarte la bronca.

Pero no tengo idea de qué he hecho. Sé que le caigo bien, ella y su marido nos invitaron a Yash y a mí a pasar el Día de Acción de Gracias con ellos.

Le contamos que queríamos ser escritores y mudarnos a París y ella nos mostró unas cajas llenas de fotos y nos habló sobre todos los arrondissements de París en los que ha vivido.