Corazón el Enamorado (Las crónicas de Ravenswood 1) CAPÍTULO SEIS
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CAPÍTULO SEIS

CAPÍTULO SEIS

A l final, Yash no se busca habitación. Compramos sábanas enormes para las camas que hemos juntado y yo vuelvo a casa corriendo por las noches, después de trabajar, para encontrármelo en la cama.

Hace mucho calor por las noches, así que dormimos sin ropa y sin taparnos, bien cerca del otro, por mucho que parezca que nos hierve la piel.

Consiguió trabajo como pinche de cocina en un restaurante cerca del High Five y, si nuestros descansos coinciden, quedamos en la parte trasera de los edificios para besarnos.

Por mi cumpleaños, en julio, me lleva el desayuno a la cama: huevos revueltos, salchichas y una galletita adornada con una fruta, como las del restaurante en el que trabaja.

Mi madre me ha enviado un regalo que abro después del desayuno.

Es un albornoz delgado y de algodón. Me lo pongo, pero no tardo nada en quitármelo.

Yash se me pone encima y lo noto dentro y nos movemos a la vez.

Lo observo, veo cómo se le va sonrojando la cara, cómo va perdiendo el control de su expresión. Él baja la vista y me atrapa mirándolo.

—Te quiero —confiesa, como si le doliera—. Sé que es muy pronto para decirlo, pero es así. Te quiero muchísimo.

Follar no es lo único que hacemos. Nos leemos la Eneida el uno al otro, en voz alta.

Leemos a Yeats y a Auden. Leemos a Proust en francés porque ambos lo estudiamos en el instituto y hablamos sobre mudarnos a París.

Pero leer a Proust en su idioma original es complicado, y ya lo leeremos en inglés para el seminario de Gastrell cuando empiecen las clases, así que pasamos a leer a Camus en francés.

También nos inventamos una versión de Sir Hincomb Funnibuster solo para dos jugadores, como Honeymoon Bridge, una forma simplificada que me explica él y que yo no conocía.

Lo llamamos Honeymoon Hincomb. Y luego nos empezamos a llamar Hincomb entre nosotros. Luego Hinkie. Y, al final, Hink.

A principios de agosto necesito que me extraigan las muelas del juicio.

Las tengo muy impactadas, así que el dentista tiene que partir las cuatro para poder sacarlas a trocitos.

Como escogí que solo me pusieran anestesia local, estoy despierta durante todo el proceso.

Al terminar, la boca me duele y me sangra, pero me da igual porque Yash, después de ir a ver a Claudette en Häagen-Dazs, vuelve bailando con una tarrina de helado en cada mano y canta «Sorbete de fresa» al ritmo de Raspberry Beret .

Ivan vuelve de Irlanda y se queda unos días con Brent. Antes de que llegue, Yash lleva su mochila y sus libros de vuelta al salón.

—El sofá cama de Brent es muchísimo mejor que este —le dice Ivan a Yash cuando se sienta.

—Solo serán unas pocas semanas más. —Porque ya ha encontrado una habitación que alquilar durante el año académico.

Vamos a un bar. Yash y yo nos sentamos en el mismo lado del reservado, rozándonos con las rodillas bajo la mesa.

Ivan nos cuenta sobre el Bloomsday que pasó en Dublín y que conoció al sobrino nieto de James Joyce en una barbería de Mary Street.

—En una barbería. Como Buck Mulligan afeitándose en el tejado. En serio, fue toda una experiencia. ¿Qué? ¿Qué pasa? Hoy todo es risas con vosotros dos.

Entonces nos habla de la hija de su casero, de la hermana del barquero y de una chica francesa muy guapa que le dijo, con un acento muy sexi, que tenían que darse la mano mientras el avión despegaba si no querían que se estrellara.

—Es la mejor frase para ligar de la vida. Pienso usarla a partir de ahora. —Solo que, una vez en el aire, lo soltó y se negó a dirigirle la palabra durante el resto del vuelo.

Le hace gracia que nos haga reír tanto con todo lo que nos cuenta.

—Sea lo que fuere que os hayáis tomado, dadme un poco —añade, lo que solo hace que nos carcajeemos más.

»Sam debería volver pronto, ¿no? —me dice Ivan.

—Ni idea.

—¿No habéis hablado?

—Lo dejamos antes de que se fuera.

—No sería la primera vez que pasa.

—Esta vez, para siempre. Fue mutuo. C’est fini .

Yash presiona su pierna contra la mía.

— Ça suffit? —inquiero.

—Ajá. Ya lo hemos entendido, Hink —dice y ambos nos quedamos de piedra.

—¿Hink? Qué raros os habéis puesto —comenta Ivan.

La noche siguiente Yash sale solo con él mientras yo estoy trabajando. Vuelve después que yo y se deja caer en la cama.

—No se ha enterado de nada. Te juro que no tenía ni idea. Puede que nos resulte más fácil de lo que pensaba.

—¿Ocultarlo para siempre, dices?

—No para siempre. Solo quiero ser yo quien se lo cuente a Sam.

Una semana antes de empezar las clases, se muda a su habitación en la calle MacDougal. Es más grande que la mía, el baño está más limpio y tiene aire acondicionado. Es como quedarse en un hotel. Así que duermo varias noches seguidas allí.

Una mañana temprano suena el teléfono de la cocina y uno de los chicos con los que vive llama a la puerta.

—Ni se te ocurra moverte —me dice Yash, porque hemos estado tonteando.

Cuando vuelve, está tan pálido que creo que me va a decir que su padre ha muerto.

—Sam vendrá a pasar el fin de semana.

No dejamos ni rastro de mí en su habitación. Yash pide prestado un colchón y lo ayudo a ponerle las sábanas. Esa noche dormimos en habitaciones separadas porque Sam llegará temprano a la mañana siguiente.

Me toca trabajar al mediodía en el High Five y por la noche en Entre Burbujas.

Me sobresalto cada vez que suena el teléfono, con la esperanza de recibir noticias.

Yash tenía pensado contárselo de inmediato, para quitárselo de encima.

Para las nueve, aún no me ha dicho nada.

Claudette quiere que salgamos, pero no puedo arriesgarme a cruzármelos, así que vuelvo a casa.

Yash está esperándome en mi habitación, sentado muy tenso en la cama.

Cuando me ve, niega con la cabeza.

—¿Qué ha pasado?

—Ha llegado y le he mostrado mi habitación.

Luego hemos salido a comer. Como sabía que estabas en el High Five, lo he llevado a otro sitio, más lejos.

Y ha sido horrible. Incluso antes de decir nada, ya iba todo mal.

Tenía la sensación de que ya lo sabía. Pero mientras comíamos me ha hablado de una chica que había conocido en Berlín y luego de ti y de que el que lo hayáis dejado había sido lo mejor.

Y mientras yo pensaba: No pasa nada, todo irá bien .

—Se ríe—. Se lo diré y todo irá bien . Pero no consigo obligarme a hacerlo.

Vamos a visitar a Cole y nos tomamos unas cervezas con él y ese tipo de Pike, Lonnie, y ambos se sorprenden un montón al saber que llevo aquí todo el verano y que no me han visto ni una vez por ahí ni de fiesta y, en lo que estamos charlando, Sam me pregunta si me he echado novia.

Y pues ahí ya estoy convencido de que lo sabe, porque tal vez Ivan le dijo algo o no sé.

Joder, no sé, la cosa es que se lo suelto.

—¿Qué le has soltado?

—Que estaba pensando en invitarte a salir.

—¡¿Cómo que en invitarme a salir?!

Hunde el rostro entre las manos.

—No me he atrevido a más. Y se ha puesto como loco. Me ha dicho que no podía hacer algo así, que sería algo reprobable, imperdonable. Ha querido hacerme jurar que nunca haría algo así. Y no he podido. Así que ahora no tengo ni idea de dónde estará.

—Quizás haya vuelto a su casa, en Atlanta.

—No, no se ha ido. No me va a dejar escapar así como así.

—Vas a tener que contarle la verdad.

—Lo sé.

Lo acompaño abajo y le doy un abrazo en la puerta. Lo observo subir despacio la colina que lo llevará hasta la calle MacDougal.

Tengo la casa para mí sola, porque todo el mundo ha salido. Ya sabía yo que Sam se iba a poner así. Yash lo perderá si me escoge a mí. O yo lo perderé a él si escoge a Sam.

Estoy en el baño cuando oigo que alguien llama a la puerta.

—Jordan —exclama Sam.

Debe de haber seguido a Yash hasta aquí. Joder. Avanzo despacio hasta mi habitación. Tengo la luz encendida y la ventana abierta. Me siento en el suelo para que no pueda verme, pero él sigue llamando. La puerta está sin cerrojo. En lugar de entrar, lo que hace es rodear la casa por el porche.

—Jordan.

Debe de haberse plantado bajo mi ventana.

—Lo único que quiero es hablar contigo.

Pasa un buen rato antes de que se vaya.

No sé nada más de Yash durante el resto del fin de semana.

El domingo por la noche viene a Entre Burbujas con su ropa sucia.

Después de meterla en la lavadora, se sienta un rato conmigo en el patio.

Se saca del bolsillo un muñequito hecho de cristal azul y me lo da.

Es un delfín, con la columna arqueada, a punto de dar un salto que lo llevará a la superficie.

—Lo vi y me recordó a ti.

—No sabía que te gustaba regalar baratijas.

—Ha sido horrendo.

—¿Tan mal ha ido?

Asiente.

—Se lo he contado. Que ya estábamos saliendo. Y ha sido horrible, estaba cabreadísimo. Y no lo juzgo.

—¿Cómo que no lo juzgas? ¿Cuándo se supone que dejará de tener derecho sobre mí? ¿Cuándo se le acaba la garantía?

Deja caer más la cabeza, de modo que ya no puedo verle la cara.

—No sé qué hacer.

Se levanta, vuelve a la cafetería para salir por la puerta principal y se marcha, con lo que deja su ropa olvidada en la lavadora. Cuando acaba mi turno, me rehúso a sacarla.

Al llegar a casa, me encuentro la puerta de mi habitación cerrada y una nota clavada en ella.

Estoy en tu cama. Despiértame para poder disculparme toda la noche.

Corazón el Enamorado (pero el de verdad )