Corazón el Enamorado (Las crónicas de Ravenswood 1) CAPÍTULO CINCO #3
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CAPÍTULO CINCO #3

No me cree, pero eso no hace que deje de sonreír.

Bailamos al ritmo de Madonna y Roxy Music. Uno de los Sean le da la mano a Claudette y tira de ella para bailar pegados, como si fuese una canción lenta. Le dice algo al oído que la hace reír un buen rato y con eso sé que ese es el Sean que le gusta.

Brent y Cole se acercan por el callejón. Llevaba sin verlos desde la fiesta aquella.

Yash los ve venir y me acerca los labios a la oreja.

—¿Nos vamos ya?

La casa de la calle Pye está a oscuras cuando aparcamos y yo no quiero entrar. No voy a poder dormir sabiendo que él está en la planta de abajo, en el sofá.

Subimos los escalones del porche.

—No supe qué hacer después de la fiesta —confiesa.

—¿Qué podías hacer?

—Es que no sabía qué había pasado —me dice, llegando al escalón de arriba y sentándose.

Lo imito, aunque no me siento tan cerca como me gustaría. El sentarme tan cerca habría sido una buena señal.

—Estabas dentro, con Lara.

—Cuando salimos ya te habías ido.

—Quería entrar, pero Sam me dijo que te dejara en paz. Y luego… Da igual. Lo que más pena me da es que no llegué a enterarme de cómo te fue con Lara. —Entonces caigo en que lo de Lara quizá no haya terminado. Que igual ha vuelto por ella.

—No era mi tipo.

—¿En serio? —El alivio que me invade es instantáneo. Me hace levitar—. ¿Después de todo lo que te costó invitarla a salir?

—Aun con todo. Y no sabía qué hacer cuando te fuiste. Me cabreé mucho con Sam por no haber ido a buscarte, por no haberse disculpado. Y nunca lo hizo, ¿verdad?

—No.

—Se arrepintió, sé que sí. Pero no pudo obligarse a disculparse.

—Estaba cabreado por muchas cosas, no solo por lo de los cigarros.

—Lo sé.

Soy yo quien no sabe a qué se refiere, lo que quiere decir con eso.

—Me escribió una nota, aunque seguro que ya lo sabes.

—No lo sabía, no.

—No fue para pedirme disculpas. Más bien para mandarme a tomar por culo.

—Lo siento mucho.

—No pasa nada. No era mi tipo.

—Eso podría habértelo dicho yo el año pasado.

—Ojalá lo hubieses hecho.

—Sí que me enteré de la primera nota que te escribió.

—¿Ah, sí?

—Puede que lo haya ayudado un poquitín con esa. Con el final.

—¿Corazón el Enamorado?

Me sonríe.

Joder.

—Eso fue lo único que me gustó —confieso—. Se te dio bien hacer de titiritero.

—No era lo que pretendía.

—También conseguiste salvar nuestra primera cita. «¿Cómo ha ido la cita con la florecilla?» —lo imito en voz alta.

Yash se echa a reír.

—No imaginé que fuese a llevarte a casa después de hacerte ver El cazador.

—Tres horas de ruleta rusa, madre mía. —Me llevo un dedo a la sien como si fuese una pistola y me disparo—. Clic .

—Mira que le dije que no era una buena idea.

—Nunca me había sentido así. Sé que es tu mejor amigo y no le deseo el mal, pero en serio te lo digo, espero no volver a verlo en la vida.

—¿Eso quiere decir que lo habéis dejado?

Me echo a reír y él se encoge de hombros.

—No estaba seguro, las cosas estaban un poco tensas antes de que se fuera.

Estaba muy raro. Entonces se marchó y quería ir a verte, pero no sabía si tú querrías eso o si ibas a pensar que Sam me había mandado, que estaba haciendo lo que me pedía o algo.

Llegué a pensar que no iba a tener ni un amigo cuando empezara el próximo semestre.

Pero entonces, la misma mañana en que me fui por las vacaciones, encontré el relato en la puerta de atrás.

—Y te gustó.

—Todo lo contrario.

—¿Qué dices?

—Me pareció sensiblero, pretencioso. Insustancial.

—¿Insustancial?

—¿No se supone que al escribir uno tiene que lanzarse al vacío? ¿A quién le importa una historia sobre pasarse la universidad drogado?

—Pero esa parte en el final cuando están ahí y…

—Ya, ya, lo del botón. No me convenció.

—Fue un momento precioso, muy tierno. Todo el relato va sobre esa sensación, ese dolor, eso que prácticamente te cala en los huesos. El protagonista me recuerda a ti, de hecho.

—¿A mí? ¿Ese perdedor? ¿En qué sentido?

Porque podría decir que me enamoró un poquitín. Porque me conmueve. Pero no se me ocurre qué decirle que sea cierto y que pueda confesar ante él.

—Si llego a escribir algo decente alguna vez —empieza—, espero que sea muchísimo mejor que eso.

—Se pone de pie—. Espera, te he traído algo.

—Baja deprisa las escaleras, con esa camisa que no le había visto antes, sus brazos d elgaduchos y sus codos oscuros.

Saca algo del asiento trasero del coche de su madre y, al volver, me entrega un libro—.

Perdona, no pretendía llegar con las manos vacías.

Es un libro de tapa blanda, negro y dorado. Hambre , de Knut Hamsun.

—Va sobre lo que implica ser un escritor, sin importar las consecuencias.

—Gracias. —Quiero llevármelo al pecho y abrazarlo, pero me conformo con leer la contraportada. O fingir que lo hago. La verdad es que las palabras me bailan frente a los ojos.

—Antes estaba muy nervioso, así que se me ha olvidado dártelo. Pero creo que te va a gustar.

—¿Por qué estabas nervioso?

—No estaba seguro de si de verdad querías que viniera. Creía que solo estabas siendo amable por teléfono.

—Ah, espera a que tengas que dormir en ese sofá tan incómodo. Ya no te pareceré tan amable entonces.

—También me preocupaba que pensaras que era una cita. Lo de esta noche. En el restaurante.

Me echo a reír.

—Sí que parecía una cita, ¿no?

—Es que te has puesto vestido y todo.

—Eso he hecho, sí.

—Y a la camarera también se lo ha parecido. Me ha dicho que no te dejara escapar.

Me encanta que estemos recordando la velada y ni siquiera haya acabado aún. Sin embargo, por alguna razón termino soltando:

—Tu padre dijo que yo era del tipo de chica del que te divorcias.

Y me arrepiento en el acto de haberlo hecho.

—Mi padre es un imbécil, Jordan. Fue por eso que no pude seguir allí.

No quería que trabajara para mi tío, no quería que quedase con mi amigo EJ.

Tampoco quería que viera a mi madre ni que jugara al tenis.

Cuando se le antoja soy un hippie vago y luego me sale con que soy un pretencioso.

Sea como fuere, tiene clarísimo que soy un imbécil estadounidense más, que es básicamente lo que piensa de todo el mundo que no sea él.

Soy igual a mi madre, tan inútil como un mendigo en Calcuta.

Es lo que dice siempre. Tiene estas frases manidas que le gusta repetir hasta el hartazgo y una de esas es que todas las mujeres son del tipo del que te divorcias.

Lamento mucho que hayas tenido que enterarte de algo así.

Me arrepiento de habérselo contado. Me urge cambiar de tema.

—¿Alguna vez has invitado a alguna chica a tu casa?

—Jamás.

—¿Ni siquiera a Megan? —Sé que ella fue su novia en el instituto.

—No. Solo la conocía mi madre.

Me cuenta una anécdota de una vez que Megan casi incendió la casa con su rizador y yo le cuento la hecatombe del vestíbulo en casa de los padres de Sam, y adiós incomodidad.

Entramos en casa y le muestro la cocina. No hay la cantidad de platos sucios que suele haber en el fregadero y temo que eso le dé una impresión que no es.

—Solo tenemos un baño y está en la planta de arriba.

Me sigue por las escaleras, a oscuras y con su neceser de aseo personal.

—Está hecho un asco —confieso, y cuando llegamos a la puerta, le digo que puede ir él primero.

—Bueno. Que descanses.

—Tú también.

Me doy la vuelta y avanzo hacia mi habitación, pero no consigo obligarme a cerrar la puerta del todo.

Oigo la puerta del baño cerrarse, y yo me quedo ahí plantada.

Me quito la ropa interior y la lanzo al cesto de la ropa sucia.

La tengo empapada. Hay algo que quiero con todo mi ser, lo único que no puedo tener.

El reloj de la radio marca las 3:33; he tenido nueve horas con él.

¿Por qué no me basta? Hace nueve horas estábamos hablando sobre Arlo y Bean y la señora Kane. Recuerdo algo que me hace reír.

Yash se asoma por la puerta.

—¿De qué te ríes? —me pregunta en un susurro.

Me acerco para contestarle en voz baja.

—Me acabo de acordar de una vez en Halloween cuando llamamos a la puerta de la señora Kane y no tenía ni idea de qué día era, así que nos dio a todos caramelitos de esos para la tos, unos que tenía olvidados en el bolso.

Yash me besa.

—Perdona —dice, pero vuelve a besarme—. Lo lamento mucho.

De verdad quiero que me cuentes lo de la señora Kane, en serio.

—Me hace retroceder unos pasos, de vuelta a mi habitación.

Seguimos besándonos—. Joder, me moría por hacer esto.

No tienes ni idea desde hace cuánto. —Nos besamos un buen rato, hasta que él alza la mirada y ve más allá de mi hombro—.

Es más cama que habitación. —Vuelve a mirarme—.

¿He metido mucho la pata? Deberías mandarme al sofá de una vez.

Niego con la cabeza.

Alza las manos hasta posármelas en la parte de arriba del vestido.

—Llevo toda la noche pensando en hacer esto —dice, en lo que me desabrocha el primer botón y alza la vista hacia mí.

Asiento, pero antes de que pueda desabrochar el siguiente, me quito el vestido por encima de la cabeza y lo lanzo a un rincón. No llevo nada debajo.

Yash me besa, entre risas.

—No me has dejado hacer eso de desabrocharte todos los botones, se supone que es muy sexi.

—Claudette me dijo que te diera una señal.

—Esta es una buena señal. La mejor de todas.

Nos deshacemos de su ropa también, y nos quedamos los dos de pie, mirándonos con una sonrisa de oreja a oreja.

Los sentimientos me asaltan de improviso.

Ay.

Es amor .