Corazón el Enamorado (Las crónicas de Ravenswood 1) CAPÍTULO CINCO #2
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CAPÍTULO CINCO #2

Bajo la vista a la carta, porque me preocupa que el sonrojo me haga sudar. Bebo un sorbito de mi té helado y luego soplo hacia el vaso, para que el aire que me llega a la cara me la enfríe.

La camarera vuelve con nuestras cervezas y nos toma la comanda. Le paso la carta de papel en un movimiento rápido, con la esperanza de que Yash no vea que me tiemblan las manos.

—Cuéntame qué ha pasado contigo.

Yash menea la cabeza. No quiere hablar del tema.

—Creía que ibas a trabajar con tu tío en el periódico.

Su tío Percy trabaja para el Knoxville News Sentinel.

Una vez me contó que era como George Willard, el protagonista de Winesburg, Ohio, un periodista que soñaba a lo grande, pero que se había quedado atascado en su pueblo para siempre.

Solo que cuando Yash se lo comentó y le prestó el libro, su tío le dijo que no sabía de lo que hablaba.

—Ya, es que al final no pude. No podía quedarme allí.

No imaginaba que la historia iba a ser tan corta.

Me cuenta que Ivan le escribió desde Dublín.

—Lo primero que me dijo fue: «He seducido a la hija de mi casero».

—Y le fue estupendamente, ¿a que sí?

—Exacto. Ahora está de camino a Polonia, llegará a tiempo para las votaciones.

Mis compañeros de piso tienen opiniones divididas en cuanto a las elecciones en Polonia. Los sondeos indican que los de Solidaridad van a ganarles a los comunistas y quizás hasta abandonen el Bloque del Este.

—Mis compis marxistas no están nada contentos —le cuento.

—Los marxistas nunca están contentos. No les bastan las purgas ni las fosas comunes, siempre quieren más.

—Los de Hungría podrían ser los siguientes. ¿Crees que todo podría terminar colapsando?

—¿Y que caiga el Muro de Berlín y todos vivan felices y coman perdices, incluidos los marxistas?

—Más felices, al menos.

—Puede ser, al menos por un tiempo. Hasta que aparezca otro poder que les haga la vida imposible de nuevo. La verdad es que como especie no estamos mejorando mucho que digamos.

—Claro que sí.

Se ríe.

—Que no.

—¿Cómo vas a decir eso? La literatura entera depende de la promesa de que cambiemos, de que maduremos y tengamos epifanías que nos vuelvan mejores, que nos ayuden a comprender nuestros defectos.

—Es que ya es demasiado tarde. ¿Lo habías notado? Siempre pasa lo mismo. Mira a Edipo, a Macbeth, a Raskólnikov.

—Puede que para ellos, pero no para nosotros. Sí que hemos mejorado a nivel ético. Moral.

—No lo creo. Los humanos no cambian. —Lo piensa de verdad.

Así que insisto en lo contrario y le doy los ejemplos más obvios, como el auge de la democracia, la abolición de la esclavitud, que cada vez haya más tolerancia con las religiones, que las mujeres tengamos derechos.

Él contraataca recordándome la existencia de Hiroshima y Nagasaki, el Gulag y la guerra de Vietnam.

El que haya habido más muertos en este siglo producto de las guerras y de los propios gobiernos que en todos los siglos anteriores.

Si matar a una persona es una forma de medir nuestros valores, Yash cree que estamos condenados.

Yo contraargumento con que es la tecnología de la guerra lo que ha cambiado y que la mayoría de las personas cree en la justicia y en la libertad, y que quizás estas guerras sean más éticas que las que se libraban en el pasado, solo por lucrar y hacerse con más tierras.

—¿Y no crees que estas guerras son por dinero?

Sí, las normas sociales y las modas pasajeras hacen que progresemos un poco por aquí o por allá, pero eso no implica que los valores de la humanidad hayan cambiado.

Seguimos siendo los mismos de siempre y así perduraremos hasta que nos extingamos dentro de no mucho tiempo.

Creer lo contrario es una especie de cuento de hadas para ayudarte a dormir.

—Creo que no podría vivir sin creer que estamos progresando como especie a nivel moral.

—Y yo no puedo creerme esas mentiras. Hay muchísima belleza para acompañar todo el miedo y los pesares. O, como dijo Aristóteles, en todo lo que nos rodea. Siempre hemos sido así.

—Entonces, ¿para ti la vida es una tragedia?

—Pues claro. Una tragedia muy absurda. Y la absurdidad es tanta como la desesperación.

—¿Y no hay lugar para la esperanza?

—No mucho, no.

—Pues no me gustaría vivir sin esperanzas, la verdad.

—A mí sí, se está bien.

Nos percatamos de que la camarera está haciendo tiempo cerca del umbral con la carta de los postres.

—No quería interrumpiros —nos dice al acercarse.

—Es nuestra primera discusión —dice Yash, contemplando las opciones de postre—. Hablábamos sobre si los humanos como especie están progresando o no.

—¿En serio? A ver, dejad que adivine quién es la eterna optimista, la Pollyanna de la relación. —Entonces me señala.

Alzo la mano para confirmar que tiene razón.

—De esas no hay muchas, cielo. No la dejes escapar —le dice a Yash, dándole una palmadita en el hombro antes de alejarse.

Nos ponemos a examinar los postres.

Si hubiese tenido esta conversación con Sam, él habría pedido la cuenta y no me habría dirigido la palabra en todo el camino de vuelta. Yash, por su parte, alza la vista, me sonríe y me pregunta si me gusta el budín.

Cuando volvemos al Nova, me pregunta:

—¿Y ahora a dónde, Pollyanna?

No quiero volver a casa aún. No quiero que esta noche acabe. Porque, cuando acabe, se buscará un trabajo y un piso y quizá no vuelva a verlo hasta el dos de septiembre.

—¿Al Sin Respuesta?

Eso lo sorprende, pero me sonríe y arranca el coche. Salimos hacia la carretera que nos llevará al pueblo. Conduce muy muy lento. Cuando llegamos a paso de tortuga a un cruce en el que no hay nadie, frena del todo y se para. Varios segundos.

—Vale, Don Precauciones —le digo—. Creo que ya podemos seguir.

Yash se ríe por lo bajo. Le gusta que lo molesten un poco.

Aparcamos y recorremos andando el callejón que nos llevará hasta la parte de atrás del bar. La música suena a todo volumen. Es Welcome to the Working Week , de Elvis Costello.

—No venía desde mi primer semestre.

—Que empiece oficialmente la despedida a nuestra juventud —anuncio.

Él deja de andar y se vuelve hacia mí.

—Esa historia… —empieza, pero no puedo oír el resto porque Claudette me llama a gritos y se acerca corriendo, derramando la cerveza que tiene en su vaso enorme.

—¡Yash! ¡Eres Yash! —dice y yo me echo hacia atrás de modo que él no me vea, pero tenga vía libre para fulminarla con la mirada y pedirle que no se pase.

Claudette me dedica una sonrisita malvada antes de darnos un abrazo a los dos y decirle, a voz en grito y directo a la oreja, que los cojines del sofá están bien pero bien limpitos.

—Venid, venid —nos pide, tomándonos de la mano y guiándonos hacia su grupito que está cerca de la valla.

—Eh, qué tal —me saluda un tipo llamado Billy cuando pasamos por su mesa.

—Hoy nos toca bailar Guns N’ Roses —me dice otro, un tal Cody, señalándome.

Todos los compinches se han reunido.

A Yash le hace gracia.

—Pero mira a la Señorita Popularidad, es obvio que no te has quedado en casa llorando por los rincones. ¿Quieres una cerveza?

Se va a hacer cola frente a uno de los barriles de cerveza. Claudette tira de mí y me hace sentarme en uno de los bancos de las mesas de pícnic, junto a ella.

—Ese chico está enamorado de ti.

No le creo nada, pero me derrito entera al escucharla de todos modos.

—Ah, más quisiera yo.

—En serio te lo digo. Es muy obvio.

—Entre nosotros no…

—Ya, ya. Que entre vosotros no va a pasar nada porque es un tipo legal y blablablá. Pero sigue siendo humano. Solo necesita que le des una señal.

Apoyo la cabeza en la mesa.

—No soy buena dando señales.

—Ya, es lo que te hace ser tan mona. Pero en este caso vas a tener que darle alguna.

Muevo la cabeza de un lado para otro sobre la mesa.

—Una pequeñita.

—¿Qué pasa? —pregunta Yash, que ya ha vuelto con tres cervezas en la mano que parecen a punto de caerse.

Me pongo recta.

Él se acomoda como puede a mi otro lado y casi no queda sitio entre nosotros.

Estamos muy juntos. Nos rozamos por un lado y puedo notar que intenta no apretarse demasiado contra mí.

Es mucho más interesante que yo. ¿Cómo demonios le voy a dar una señal cuando casi ni puedo respirar?

Y beberme otra cerveza no va a ayudar precisamente.

A diferencia del resto de la humanidad, yo con el alcohol me pongo más cohibida.

Me apoyo el plástico frío del vaso contra la mejilla.

—¿Ya habías venido a este bar en verano? —me pregunta.

Niego con la cabeza.

Un tipo llamado Buck y dos Sean se pelean para llamar la atención de Claudette, pero ella se inclina para hablar por encima de mí y atiborra a Yash a preguntas como por qué ha vuelto de Knoxville, dónde va a buscar trabajo y quién viene de India, si su padre o su madre.

Sus preguntas dejan al descubierto lo mucho que he hablado sobre él con ella.

Por suerte, Buck nos interrumpe para proponer un juego que implica apoyar uno, dos o tres dedos en el borde de la mesa.

Fijo que deben de haberlo estado jugando antes, porque todos entienden cómo jugar menos Yash y yo.

Uno de los Sean nos explica las reglas a gritos, pero todo es muy absurdo.

—Uno, dos, tres, ¡disparad! —dice Buck.

Hay que poner los dedos en la mesa. Yash y yo apoyamos dos.

Buck examina los dedos de todos.

—¡Crac, crac! —nos dice a Yash y a mí, antes de darnos un golpe en los dedos con todo el puño.

El golpe duele y nos hace reír. Jugamos varias rondas más. Da igual lo que hagamos porque siempre nos da con el puño, pero nos entra la risa y nos da igual.

Entonces empieza a sonar Africa .

—¡Es Toto! —le digo a Yash a gritos, y todos nos levantamos para bailar.

Es un bailarín muy guapo. No lo sabía. Por cómo mueve las caderas, me da la impresión de que aún es un chico y no puedo dejar de mirarlo. Parece contento, así con el cabello suelto y esa sonrisa de oreja a oreja.

—Es la canción más absurda que he escuchado en la vida —dice.

—Que le des una señal —me recuerda Claudette, y yo niego con la cabeza.

—¿Qué te ha dicho? —me pregunta Yash.

—No la he oído bien.