Corazón el Enamorado (Las crónicas de Ravenswood 1) CAPÍTULO CINCO
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CAPÍTULO CINCO

CAPÍTULO CINCO

N o puedo devolverle la llamada porque no tengo su número. Dijo que iba a pasar el verano en la granja de su padre, pero no puedo ir y buscar su número en la guía porque ni muerta llamo yo a esa casa. Jordan es el tipo de chica del que te divorcias.

La única razón por la que Yash intentaría ponerse en contacto conmigo es si le ha pasado algo a Sam.

Como que se haya estrellado su avión, haya tenido un accidente en el tren que recorre Europa o haya habido un incendio en una de las discotecas en las que estaba. Debe de haberle pasado algo horrible.

Estoy en la lavandería cuando vuelve a llamar. Michael, el marido de Lorna, me hace un ademán con el teléfono.

—Es un chico —susurra en voz no muy baja.

Me da un vuelco en el estómago en lo que acepto el teléfono.

— Jordan —me saluda, con una ligera risa que me dice que es consciente de lo raro que resulta que me esté llamando tanto.

—Yash. —Me tapo la otra oreja con un dedo para bloquear la música y me preparo para lo peor. No sé qué me va a contar—. ¿Qué ha pasado? —Me noto el pánico en la voz.

—Bueno, es que… — Oigo algo que se rompe al otro lado de la línea— .

Joder. Las catástrofes me persiguen. Es que se me había ocurrido…

Más bien estaba pensando si… No encuentro trabajo aquí y quería volver a la uni.

Me han avisado sobre un par de habitaciones que tal vez pueda alquilar, pero quería saber si…

Solo por una noche o dos, ¿crees que me podría quedar a dormir en el sofá de tu casa?

Noto los pulmones ardiendo, en carne viva. Michael se está zampando un plato enorme de nachos y no me deja de mirar. Cierro los ojos con fuerza.

—Sí, claro que puedes. Tenemos un sofá en casa. Puedes quedarte.

Me pregunta si puede pasarse mañana o si es demasiado pronto y le digo que no hay problema. Entonces me despido porque mi jefe, que va hasta arriba de lo que sea que se ha metido, me está mirando mal.

—No te estaba mirando mal —dice Michael cuando ya he colgado—. Estaba pensando si debería ir a por mi desfibrilador, que parece que lo necesitas.

—Sabes que no va a dormir en el sofá —me dice Claudette más tarde, cuando estoy metiendo como puedo todos los cojines asquerosos del sofá en una de nuestras lavadoras más grandes.

—No tenemos ese tipo de relación.

—¿Tú te has dado cuenta de lo mucho que hablas sobre este chico?

—Es que él no me ve así. E incluso si lo hiciera, no podría pasar nada. Él nunca haría algo así.

—Ya.

Se agacha detrás del mostrador y la oigo rebuscar entre los CD que tiene Michael. Cambia el que está puesto y Jessie’s Girl empieza a sonar por los ocho altavoces del local.

—No, no, no —le digo, pero tira de mí hasta la zona de la puerta, donde hay espacio suficiente y me obliga a bailar con ella.

Al día siguiente, salgo de trabajar por la tarde y subo la colina corriendo. Su coche está aparcado, el viejo Chevrolet Nova rojo de su madre. Lo toco y es real. Yash está aquí.

Subo los escalones del porche muy despacio.

Oigo a Bob Dylan a través de la ventana y le veo la parte de atrás de la cabeza.

Está apoltronado en el sofá que acabo de limpiar, con Maxwell, uno de mis compis, sentado en el puf.

Me quedo escuchando detrás de la mosquitera y los oigo hablar en voz baja sobre Blonde on Blonde .

Yash lleva una camisa que no le había visto hasta ahora.

Tiene una mano apoyada en la rodilla y tamborilea con sus largos dedos.

Está en mi casa. Y Bob Dylan canta sobre Johanna.

Entro y él se levanta de un salto.

—Veo que ya has encontrado el sofá.

—Ya he encontrado el sofá, sí.

—¿Todo bien en el camino?

—Todo bien, sí.

No nos saludamos con un abrazo y Maxwell presencia lo incómodos que estamos. No parece que vaya a dejarnos solos.

—Muchas gracias por el favor. —Vuelve la mirada hacia Maxwell—. Solo será una noche o dos.

Maxwell le sonríe.

—Claro. —Él mismo durmió en ese sofá durante tres meses hasta que se liberó una habitación.

—¿Tienes hambre? —me pregunta Yash—. ¿Quieres ir a por algo de cenar?

Me cambio el uniforme por mi vestido de verano favorito, de color celeste con unos botones blancos grandes en el centro. Nunca hemos pasado un verano juntos. Me obligo a no hiperventilar.

Y entonces nos subimos al Nova. Ya me he subido un par de veces, con Ivan de copiloto y Sam y yo detrás.

Nos fuimos a una fiesta en el bosque no sé dónde.

En otra ocasión, a un restaurante de Raleigh que se especializaba en barbacoa.

Pero ahora la que va de copiloto soy yo, Sam está en Europa y Yash se gira para mirarme.

Quiero hablarle de Willie Sylvester, que me invitó a salir durante el recreo, cuando estábamos en sexto de primaria. A mí me gustaba desde tercero. «Creo que estoy soñando», fue lo que le dije en respuesta. Y es así como me siento ahora, haciendo de copiloto en el coche de Yash.

—¿A dónde quieres ir? —me pregunta.

Sugiero ir a Cate’s, porque está a unos cuantos kilómetros del pueblo y recuerdo que una vez dijo que allí servían el mejor budín que había probado en la vida.

Parece aliviado al tener un destino en mente, meter primera y salir despacio.

Como mínimo, el Nova tiene sus buenos quince años.

El olor, el material de los asientos, esa textura rugosa que tiene el salpicadero, todo ello me recuerda a mi infancia.

—¿Te criaste con este coche?

Me sonríe.

—Conque puedes oír los chillidos de mi madre, ¿eh?

—Pone un acento sureño superintenso—. ¿Sabéis qué opino?

¿Queréis que os diga? Que sois unos vagos inútiles.

—Aferra mucho el volante, entorna los ojos para mirarme y se levanta un poco para mirar por el retrovisor—.

Los tres. Unos vagos inútiles, sí, señor.

—Vuelve la vista a la carretera y hace como que le da una colleja a todos los que van en el coche.

—¿Quiénes eran los otros dos?

—Arlo y Bean, nuestros vecinos de la otra acera. Les gritaba como si fuesen hijos suyos porque siempre andábamos los tres juntos.

Le pregunto si los vio al volver a casa y me cuenta que Arlo se había ido a trabajar a una petrolera en Misisipi y que Bean dejó los estudios para hacer de mánager de un grupo llamado Din A4.

—Me dijo que iban a ser más populares que los de Toto y cuando le dije que no tenía ni idea de quiénes eran esos, se puso como loco.

Sigo sin saber quiénes son y nadie ha oído nunca a Din A4, pero Bean dice que en Japón se están haciendo conocidos.

Esta cicatriz que tengo en el labio —se inclina hacia mí para mostrarme algo que he visto como cien veces ya— me la hizo porque dije que Fly Like an Eagle era una mierda y él me empujó de la silla en clase y me lo partí con el diente de delante.

Joder, ya hemos llegado. —Se mete en un camino de tierra.

Cate’s es una especie de hacienda rural y tiene todas las luces encendidas. Yash apaga el motor, se vuelve hacia mí como si no tuviese intención alguna de bajar del coche y me pregunta:

—¿Y tú qué clase de vecinos tenías?

Le hablo de la señora Kane, de su voz susurrada, de su perro blanco y peludito y de que escribía libros que mi madre no me dejaba leer por nada del mundo.

—Lo intenté de todos modos, pero no los tenían en la biblioteca del pueblo.

—Vamos a tener que buscarlos, entonces.

—Yo creo que sí. —Me vuelvo hacia él un segundo, pero no tardo en apartar la mirada. Me aterra que vea lo contenta que estoy.

Subimos los escalones de la hacienda y es como si estuviera en una cita, como si fuese algo que hemos hecho muchas veces con otras personas durante todos estos años, pero nunca entre nosotros.

No decimos nada hasta que la azafata nos pregunta si solo somos dos.

La seguimos hasta una mesa en un rinconcito del porche trasero que da a un jardín lleno de flores.

Acaban de regar las plantas, por lo que el ambiente está húmedo, denso con el aroma de las rosas y el phlox de jardín bajo nuestros pies.

Una camarera se nos acerca con una jarra de té.

Se saca una caja de cerillas del delantal y enciende la velita que hay en el candelabro de cristal del centro de la mesa.

Somos los únicos universitarios del restaurante.

Todos los clientes y hasta la propia camarera nos sacan varias décadas.

No nos va a ver ni a interrumpir ningún conocido de Sam.

Estamos solo los dos, lo tengo para mí solita.

Lo miro de reojo mientras estudia la carta, con su espesa melena cayéndole sobre la frente como le gusta y la cicatriz que tiene en el labio.

Nunca podré estar con él, eso lo tengo claro.

No sé qué le habrá contado Sam sobre nosotros, pero incluso si cree que hemos roto esta vez para siempre, sé que no se atreverá a cruzar ese límite.

No estaría aquí conmigo si se sintiera tentado a hacerlo.

Podría haberse quedado a pasar un par de noches con muchísimas otras personas.

Una vez que lo proceso, consigo relajarme. No es una cita.

La camarera anota lo que queremos beber y nos deja solos en nuestro rinconcito del porche. Intercambiamos una mirada y nos reímos.

Empiezo a preguntarle qué es lo que ha pasado para que volviera a la uni y él, inclinándose hacia mí, habla a la vez que yo.

—Fui yo quien hizo que Sam se fijara en ti, ¿sabes?

—Creía que había sido cuando el profesor leyó la payasada que escribí para mi ensayo de Francis Bacon.

—No se suponía que fuese una payasada. Teníamos que hacer un ensayo de imitación contemporánea. Tú decidiste hacer una parodia.

—No pude evitarlo.

—Fue graciosísimo.

Me llevo todo el mérito. No digo que fue el profesor quien se encargó de hacerlo gracioso con su representación.

—Nunca se me ocurre escribir payasadas. Siempre me pongo muy dramático.

—Pero si ser gracioso es lo tuyo.

—Qué dices. —Abre muchísimo los ojos en ademán sorprendido y ambos nos reímos.

—¿No fue por eso que Sam se fijó en mí, entonces?

—No, fue un poco antes. Y fui yo quien se fijó en ti primero.