Corazón el Enamorado (Las crónicas de Ravenswood 1) CAPÍTULO CUATRO
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CAPÍTULO CUATRO

CAPÍTULO CUATRO

N o voy a la graduación. Hago el turno de mañana y el de noche y salgo del High Five a la medianoche.

Mis compañeros de piso han montado una fiesta.

Me tomo una cerveza en el porche y aguanto sus burlas sobre no haber vivido de verdad en esa casa durante este año.

Carson es la única que se nos va. Desde junio tendré que pagar ochenta y ocho dólares al mes para tener la habitación para mí sola, así que les digo que empezarán a verme mucho más.

Dejo a Carson y a Jenny besándose en el columpio del porche, lo que me sorprende y hace que sienta la distancia que se ha formado entre las dos.

No he pasado suficiente tiempo en casa como para que me lo cuente.

Vuelvo a mi habitación y noto que el suelo tiembla por la música y la gente que hay bailando en el salón, donde antes estaba Mavis.

Me quedo de pie en la ventana, mirando la calle y la marea de padres y universitarios que bajan la colina desde el campus en dirección al pueblo.

Los padres hacen todo lo posible por no parecer padres y algunos hasta van tan borrachos y colocados como sus hijos, pero el cuerpo se les mueve de otro modo.

Yo no le habría pedido a mi madre ni a mi padre que vinieran y ellos tampoco se habrían ofrecido, y comprendo que eso de no haber estado con mi familia este fin de semana cuando todos los demás sí me habría sentado muy mal.

Dudo que vaya a quedarme para la ceremonia que habrá en diciembre, así que no tendré que lidiar con ello.

He hecho bien al decidir no graduarme con el resto de mis compañeros.

Me quedo allí plantada un buen rato. Reconozco a algunos compañeros bajo las farolas: Mark, de mi clase de Psicología de segundo, a Ryanne y a Landry, con quien compartí residencia el año pasado.

Entonces veo a Brent y a otro de los amigos de Sam, Cole, junto a Yash, que va un poco por detrás.

Llevo sin verlo desde la fiesta. No sé cómo le habrá ido con Lara.

Se me ocurre que debería abrir la ventana y llamarlo a gritos, pero al final termino retrocediendo y escondiéndome un poco.

¿Cómo se comportará con otras personas? Cuando no está con Sam, con Ivan o conmigo.

Nunca lo he invitado a casa, así que seguro que ni sabe dónde vivo.

Va diciendo algo y los otros dos se ríen, y ojalá pudiera oírlo.

Cuando llega hasta mi casa, vuelve la vista hacia el porche y luego hacia arriba, a mi ventana.

Me quedo totalmente quieta. No sé si podrá verme. Pero él sigue andando.

Carson se marcha con su familia a la mañana siguiente, una caravana de tres coches de vuelta a Brooklyn.

Les doy un abrazo a todos en la acera, y a Carson le dedico el más largo.

Jenny sale de casa con una tarta de café que acaba de hacer ella misma.

Se les saltan las lágrimas, por mucho que me sorprenda, y nos despedimos de todos antes de que yo vuelva a mi habitación.

La noto enorme y vacía. Hasta ahora no me había dado cuenta de lo distante que he estado durante nuestro último año.

Nos mudamos a finales de agosto, cuando hacía muchísimo calor y nos tumbábamos cada una en su cama con unos cubitos para enfriarnos mientras charlábamos un rato hasta quedarnos dormidas.

Empezamos a vivir juntas en nuestro segundo año.

Carson sabía todo lo que hay que saber sobre mi familia, no se le escapaba nada incluso sin haber conocido a ninguno.

Y estaba enamorada de mi hermano, le daba igual que fuese gay.

Una vez me dijo que, si algún día conocía a mi padre, pensaba darle una buena patada en las pelotas.

Su familia venía a visitarla dos veces al año.

Sus padres la habían tenido cuando estaban en primero de bachillerato y, al enterarse de que su novia estaba embarazada, su padre había entrado en pánico y había salido corriendo hacia Texas.

Su madre había dado a luz y le había enviado una foto para que viera a su hija.

Menos de una semana después, lo tenía en la puerta de casa, suplicando que lo perdonara.

Sus padres los ayudaron con Carson para que ellos pudieran finalizar sus estudios, así que cada uno consiguió trabajo, se compraron una casa y tuvieron cuatro hijos más.

Eran bastante más jóvenes que Carson y sus hermanas, y la adoraban.

Se bajaban del coche gritando para abalanzarse sobre ella.

Los cuatro se quedaron en nuestra habitación, peleándose por ver a quién le tocaba compartir cama con su hermana mayor.

En agosto, cuando la trajeron después de las vacaciones, la más pequeña de todos, Meg, me preguntó si podía dormir conmigo.

Le hice sitio, me dijo que olía bien (por desgracia, ella desprendía un aroma a regaliz chamuscado) y se quedó dormida nueve segundos después.

Tengo la sensación de que ese agosto fue hace una década.

Intento hacer memoria y recordar el año pasado.

Tengo recuerdos de nuestras mañanas antes de clase: comíamos nuestros cereales juntas en el porche, en aquellas mañanas cálidas de septiembre.

La segunda semana de clase montamos una fiesta con temática de los años setenta y pusimos temazos de Earth, Wind & Fire y Queen a todo trapo.

El policía que vino cuando se quejaron los vecinos se sentó con nosotras en el porche y nos contó que su sueño era ser astronauta.

Nos fuimos en coche con Joe y Caroline a Hatteras durante un fin de semana.

Celebramos Halloween con una fiesta. Y entonces, unos días después de eso, mi radio despertador se encendió en la emisora de la universidad con la noticia de que habían matado a Cyra.

—Conozco a esa chica —dije.

—¿A quién?

—Escucha, escucha —dije subiéndole el volumen.

Carson se difumina después de eso. Todo parece atenuarse un poco. ¿Qué pasó? Fui al entierro. Conocí a Sam. Conocí a Yash. Empezó a hacer frío.

Vuelvo a la cama. Carson y su familia ya deben de haber llegado a la autopista. Son las once y media de la mañana y estoy hecha polvo.

Esa noche vuelvo a casa y me encuentro en el porche una caja llena de cachivaches que dejé en Breach House: unas cuantas camisetas, mi libro Cosmos, un cepillo que no es mío. Al fondo hay una nota de la libreta que hay cerca de la puerta, doblada por la mitad.

Lamento que nos hayamos peleado, a veces los dos nos pasamos de cabezotas.

Me iré dentro de unas pocas horas y supongo que este es nuestro final.

Menudo viajecito el nuestro, ¿eh? El padre de Yash llamó hace poco y me preguntó cómo me iba en el amor.

Le hablé de ti y me dijo: «Jordan parece el tipo de chica del que te divorcias».

Sé que te lo tomarás a mal, pero me ayudó a comprender que no hacía falta que estuviéramos juntos.

No hacía falta que batallara por una falacia polisilogista que yo solito me inventé.

¡No olvides graduarte algún día!

Cura ut valeas ,

Sam

Nunca he quemado nada que alguien me haya escrito, pero no dudo ni un segundo en llevar esa nota y hacerla arder en la cocina. Le prendo fuego y la observo retorcerse y ennegrecerse en el fregadero. Abro el grifo para que haga desaparecer los restos por el drenaje.

Aun con todo, las palabras reverberan en mi interior.

Jordan parece el tipo de chica del que te divorcias.

Lo que más me duele es que seguro que es cierto.

No sé de ningún matrimonio que haya terminado bien.

Mi madre lo pasó fatal y dejó a mi padre para tener una aventura con el líder del coro de la iglesia, que parecía amable, pero se murió antes de que pudieran casarse.

Creo que desde entonces no ha tenido ninguna relación con nadie.

Mi padre se casó con Ann, una vecina que lo apoyó cuando lo despidieron por ponerse a beber con los jóvenes a los que entrenaba y mostrarles los agujeros que tenía en su oficina desde los que espiaba a las chicas en los vestidores.

A Ann la trató peor que a mi madre. Mi hermano me contó hace poco que lo llamó desde el armario, donde se había refugiado para esconderse de él.

Quería que le dijera qué podía pasar si llamaba a la policía, porque no quería que se lo llevaran preso.

Así que quizá sí que sea el tipo de chica del que te divorcias.

Al menos Sam ya no está. No sé si Yash piensa volver a Knoxville a pasar el verano.

Cuando voy a la biblioteca, me la encuentro vacía: todos esos alumnos de último curso que la llenaban hasta arriba la semana pasada se han ido para no volver.

Encuentro El último otoño , de Ray Hart, en un ejemplar antiguo del New Yorker , le hago una copia y echo a andar hacia Breach House.

El coche de Yash sigue aparcado y la luz de su habitación, encendida.

Rodeo la casa en silencio, deslizo las páginas tanto como puedo bajo la puerta de la cocina y me marcho.

Dos días después de eso, su coche ya no está. Hay una carretilla llena de tierra en la entrada y un par de arbustos de azalea envueltos en arpillera a un lado. Alguien ha podado el césped y el aroma que desprende es dulce, muy similar al del pasado.

Pido otro préstamo y trabajo unas cuantas noches en Chantal, el restaurante más caro del pueblo. Solo tiene seis mesas y no hay ni un aperitivo que valga menos de quince dólares.

Después de mi primera noche de prueba, vuelvo a casa andando y paso por el edificio residencial en el que viví con Cyra durante tres semanas.

Me detengo y reconozco nuestra puerta, en la segunda planta.

Me molesta lo poco que recuerdo, lo distraída que debí de haber estado.

Quizás fui poco amable. Cyra estaba sola, porque sus amigos de su curso aún no habían vuelto de vacaciones.

Nunca tenía nada en la nevera, eso sí que lo recuerdo.

Lo único que había era lo que yo me traía a casa del restaurante por las tardes, en unos envases de aluminio con tapas de cartón.

¿Acaso sabía cocinar? ¿Alguna vez le ofrecí alguna de mis sobras?

El edificio parece uno de esos moteles baratos, con un balcón que se extiende por cada planta.

Hay gente fuera en varios de ellos, celebrando.

Seguro que también fue así el verano pasado, pero no lo recuerdo.

Debe de haber sido de ese modo que conoció al vecino y a su compañero de piso, por el balcón.

Siento que recordarla es trabajo mío. ¿Cómo se las arregló la universidad para que lo sucedido no llegara a los medios?

La recuerdo dando saltitos por el salón como un cervatillo.

Me quedo allí un rato antes de volver a casa.

En la esquina de la calle Pye hay una lavandería llamada Entre Burbujas.

Me detengo al llegar y observo por las ventanas.

Es un lugar algo raro, con buena música y una cafetería, mesas tanto dentro como fuera.

Las paredes están pintadas de colores psicodélicos y las lavadoras tienen dibujado un animal distinto cada una.

Uno mete la ropa en las fauces de un león o de una orca.

Me han comentado que conseguir trabajo aquí es complicado.

Pagan más del sueldo mínimo y tienes las propinas de la cafetería y las del bote de propinas que hay en la caja registradora, que siempre está a reventar.

Dicen las malas lenguas que los dueños son una pareja que vende droga en la caseta que hay en el aparcamiento de atrás.

Cuando entro, el ambiente está tranquilo.

Hay dos personas leyendo en un sofá y la dueña, Lorna, está detrás de la caja.

No alza la vista, está ocupada agitando un pincel en un vaso lleno de agua verde.

Al llegar al mostrador veo lo que está pintando: un centauro sosteniendo una fruta.

Es una mujer, con cabello largo, flequillo y pechos.

—Qué bonito —le digo, y de verdad lo pienso.

Alza la vista para mirarme.

—¿Tenéis alguna vacante?

Sostiene el pincel como si fuese a dibujarme la cara.

—Bueno, vale.

Conozco a Claudette en Entre Burbujas. A Claudette le gusta flirtear más que respirar, y es por ella que el bote de las propinas siempre está a reventar.

Siempre hay tipos que se quedan en la cafetería mucho después de haber terminado de lavar su ropa.

También trabaja en Häagen-Dazs. Voy a buscarla allí cuando termina de trabajar a las once, nos atiborramos de helado, cerramos y nos vamos a Sin Respuesta, un bar exterior con mesas de pícnic y barriles de cerveza que delinean la valla.

Con Claudette es imposible no conocer chicos, los que van de acompañante como yo.

Bailo con ellos sobre la tierra dura, pero vuelvo sola a casa.

Me gusta mi habitación en la calle Pye. Junto las camas y tengo una pila de libros cerca que me gusta leer hasta bien entrada la noche o de madrugada.

Empiezo a leer El Quijote para el seminario del Dr. Gastrell en otoño.

Hago apuntes y escribo un relato corto, tan solo cinco páginas, el primero que escribo que no son deberes para alguna clase.

Y me agrada. Es distinto por alguna razón. Me parece mío y solo mío.

En Entre Burbujas hay un calendario de astrología enorme en la pared que hay detrás del mostrador.

Dentro de cada casilla hay unas posiciones de planetas de lo más sugestivas, como Venus Húmeda en Acuario o Júpiter Sextil en Escorpio.

Paso el calendario de junio hasta llegar al tres de septiembre, un martes.

Es el día en que tendré mi primera clase con Yash.

Dice que habrá una cuadratura entre Mercurio y Saturno, y eso no me parece nada sensual.

Me quedo pendiente del calendario. Recuerdo el día en que Sam se va a Barcelona. Hasta que ese día llega y él se va del país. Claudette y yo nos vamos a Sin Respuesta esa noche. Es noche de Prince y todo el mundo se sube a las mesas de pícnic cuando ponen 1999 .

A la mañana siguiente encuentro una nota clavada a mi puerta:

Te llamó Yash .