Corazón el Enamorado (Las crónicas de Ravenswood 1) CAPÍTULO TRES #3
25%

CAPÍTULO TRES #3

—Me alegro de que tú también vayas a quedarte —me dice sin abrir los ojos—. Al menos tendré a una amiga.

—Lo mismo digo.

Me vuelve a dar un golpecito con el hombro.

—Nos despediremos juntos de nuestra juventud.

Se lo cuento a Sam esa misma noche, después de terminar de trabajar en el High Five, para que no se entere de la noticia por alguien más. Estamos tumbados en su cama, comiendo gominolas que le ha enviado su madre por Semana Santa. Su reacción es bastante más intensa de lo que imaginaba.

—Cómo te gusta complicarte la existencia, ¿no?

Me encojo de hombros. Ahí va a juzgarme.

—Renunciaste a tu beca y pediste un montón de préstamos que todo el mundo sabe que cuesta la vida pagarlos, incluso cuando uno planea tener una profesión de verdad. Y ahora vas y le sumas otro semestre de deudas solo porque te niegas a ser una adulta de una vez.

Para entonces yo seguía con mi uniforme de trabajo: unos pantalones caqui y un polo verde azulado, con una calcomanía de una pelota de baloncesto sobre el pecho izquierdo.

Llevo trabajando desde que empecé la universidad, hasta dos empleos en verano.

Sam ha trabajado media jornada en la oficina de su padre durante las vacaciones y, tras el viajecito a Europa que le espera este verano, se irá allí a trabajar en otoño.

Paso la mirada por la casa en la que vive de gratis y los servicios que tampoco paga. Alzo la cestita rosa que le han regalado y la agito entre ambos.

—No sé yo si te conviene que hablemos sobre quién es adulto y quién no, Sam Bam —le digo, con lo que le arranco una pequeña sonrisa.

Queda poco para que tanto Sam como Ivan tengan que entregar la tesis.

Ivan se dedicó los primeros meses a desfogar su ansiedad, pero ahora sí que está concentrado en dedicarle tiempo y entregarla.

Por su parte, Sam, que no se había preocupado en absoluto por ella, ha pasado a dejarse consumir por el estrés.

Aunque su tesis va sobre el principio de contigüidad de Hume, se descubre a sí mismo desmintiendo su propio argumento.

Su consumo de cafeína se triplica, empieza a fumar y el único modo de que se quede dormido es si se tumba bocabajo y le hago mimitos en el pelo mientras le canto.

La primera canción que le canto es una balada antigua sobre una feria, lo que me lleva a pensar en «Been Too Long at the Fair», de Bonnie Raitt.

—¿No te sabes más que canciones de feria? —me dice con la voz amortiguada por el colchón.

—No sé yo.

Para cuando empiezo a cantar «North Country Fair», otra del mismo tema, ya se ha quedado frito.

Lo de las canciones dura una semana o dos.

Dice que canto bonito y me llama Calíope.

Y yo me pregunto si Yash podrá oírme desde su habitación.

Tras entregar su tesis, Sam se vuelve a calmar y me pide que lo ayude a dejar de fumar.

Dos de sus abuelos murieron por culpa del tabaco y él les prometió a sus padres cuando era pequeño que jamás lo haría.

Me dice que no puede seguir fumando cuando se gradúe.

Ato unos cuantos en grupitos con una cinta, con la intención de reducir su consumo de tres cigarros al día durante los próximos cinco.

Para el día seis, se acabó lo que se daba.

Varios días antes de que se gradúen, vamos a una fiesta de último curso.

Yash por fin se ha animado a invitar a Lara Mertens y nos encontramos con ellos allí.

La fiesta es fuera de la casa y han contratado a un grupo, una barra y unas antorchas enormes que han clavado por todo el fondo del jardín.

Lara es agradable. Me da un beso en ambas mejillas, me pregunta si he seguido leyendo historia japonesa y pone los ojos en blanco ante mi respuesta.

Cuando Yash habla, lo escucha con atención.

Se nota que le gusta. Pero Yash no es él mismo.

He notado que, cuando está con otras mujeres, como que se pone una careta.

Creía que con Lara la cosa podría ser distinta, pero no es el caso.

Como nos encontramos con otros amigos, terminamos separándonos de ellos, hasta que al final Sam acaba diciéndome que deje de mirarlos tanto.

—Es que no estoy segura de si se lo está pasando bien.

—Pues claro que sí. Si está con la diosa.

Me encuentro con un par de compañeros de mi clase de escritura y me quedo charlando un rato con ellos, hasta que veo a Sam pedirle a su amigo Brent un par de cigarros por lo bajo.

Me disculpo con mis amigos, me acerco a él y se los saco del bolsillo.

Sam intenta quitármelos, pero yo los aferro con fuerza y, en medio de todo el forcejeo, me tira al suelo.

Como es una fiesta algo formal, termino despatarrada con mi vestido de color verde claro.

Veo la expresión asqueada de Brent al contemplarme desde arriba, no le da tiempo a disimularla.

No me ofrece ayuda, tampoco. Sam sí, pero me niego a aceptarla.

Me levanto, me sacudo la tierra de la parte de atrás del vestido y me largo de la fiesta para recorrer andando los tres kilómetros que me separan de mi habitación en la calle Pye .