Corazón el Enamorado (Las crónicas de Ravenswood 1) CAPÍTULO TRES #2
23%

CAPÍTULO TRES #2

—La verdad, es mucho mejor de lo que lo hago parecer.

La puerta trasera hace ruido y ambos pegamos un bote. Vemos a Sam por la ventana, dándole un empujón a la puerta con la cadera hasta desatascarla. Nunca había visto a nadie entrar o salir por ahí.

Al entrar, me quita la servilleta verde que tengo en el regazo.

—Qué elegantes estamos —dice volviéndose hacia el fogón para ver la sartén vacía—. ¿No me habéis guardado nada?

Yash y yo nos ponemos de pie de un salto y empezamos a picar patatas y cebollas. Sam se sirve una taza de café frío.

—¿Qué tal la misa? —pregunta Yash.

Sam se sienta en mi sitio y estira las piernas sobre la silla de Yash.

—El nuevo no ha mejorado nada. Todo es una interrogante, como si se lo estuviera planteando todo junto a nosotros. Lo suyo es pura pose.

—Quizás es que sí se está cuestionando las cosas —comento.

—Si es así, no debería ser pastor. Dios no es una pregunta, es la respuesta a todo.

Yash y yo estamos hombro con hombro frente a la tabla de cortar bastante grande como para los dos, cada uno con su cuchillo.

Me gustaría intercambiar una miradita con él, pero, como Sam parece estar de un humor raro, podría descubrirme.

Doy dos golpecitos con mi cuchillo, sin cortar nada, y Yash hace lo mismo en respuesta.

Después de desayunar, Sam y yo nos vamos caminando a la biblioteca.

Yash se va a estudiar con una tal Annabel a una cafetería.

Sam me tira de la mano, me aparta del camino y me hace pegar la espalda a un árbol para besarnos un rato, antes de continuar con nuestra ruta.

La atracción que sentimos el uno por el otro es nuestro único medio de comunicación y me temo que se está apagando.

Aun con todo, después de eso me cuesta concentrarme en Cosmos , para mi clase de Astronomía, una asignatura sencillita a la que me matriculé para cumplir con el requisito de incluir una clase de ciencias.

Así que me pongo a observar a Sam. Siempre nos sentamos a una de las mesas, no en las butacas que hay cerca de las ventanas, que era donde me sentaba antes de conocerlo.

Tiene un libro que mantiene abierto con la mano izquierda mientras hace apuntes en una libreta con la derecha.

Está traduciendo a Ovidio de vuelta al latín, uno de los poemas de La metamorfosis llamado «Ifis y Yante».

Bajo la vista a mi propio libro y de verdad me parece que vamos a universidades distintas.

Luego tiene que pasar a sus lecturas de Ética Moderna, para la que tiene libros de Hume, Rousseau y Kant apilados junto a él.

Tras perder mi beca, he conseguido financiar mis estudios universitarios gracias a una mezcla de préstamos y mi trabajo en el High Five.

Y tendré que pagarlo todo más adelante, todo el tiempo que he perdido en el mundo académico, los años desperdiciados.

Porque no me lo he tomado en serio. Me quedo mirando lo rápido que escribe Sam en latín hasta que él me devuelve la mirada.

—¿Qué pasa?

—Que no he tomado las decisiones correctas.

Voy a ver a mi asesor, que da unas clases sobre Swinburne a las que nunca he asistido y no deja de acomodarse el cojín de la silla.

Aunque se afeita, deja que el resto del pelo le crezca a lo loco, con unos mechones que le brotan de las orejas y la nariz y unas cejas que se entrelazan la una con la otra.

Le informo que quiero hacer una tesis de Escritura Creativa en el programa de honores.

—Ya es tarde para eso —repone.

—Quiero quedarme un semestre más.

—Vas a tener que pedir otro préstamo.

—Lo sé, pero quiero hacer la tesis y cursar dos seminarios.

—Para eso necesitas unas notazas.

Le paso mi expediente académico.

Sus cejas despeinadas se mueven de aquí para allá. Se quita el cojín que tiene detrás de la espalda y lo cambia por uno más pequeño que hay al lado de su silla antes de devolverme mi expediente.

—Que así sea —dice, con un mohín en los labios que creo que tengo que interpretar como algo bueno.

Unas semanas después de eso, me encuentro con Yash fuera de mi clase de escritura.

Estamos en plena tarde a principios de marzo, con el sol brillando fuerte después de su breve ausencia durante el invierno.

Sam está en su seminario de Ética de tres horas, por lo que Yash y yo volvemos hacia la plaza.

Me cuenta que tenía pensado comprarse un té helado y leer bajo el sol, y le digo que yo pensaba hacer lo mismo.

Recuerda que íbamos a comentar mi historia en clase ese día y me pregunta qué tal ha ido.

—Todos han sido muy amables —le cuento.

—¿Incluso Bryce?

Me echo a reír. Ya le había hablado de Bryce, un tipo de mi clase que detesta a las protagonistas femeninas.

Si una historia iba sobre una mujer, siempre se las arreglaba para soltar el comentario de que había tenido una novia justo así.

Creo que no se da cuenta de la cantidad de veces que ha usado esa excusa.

—No ha dicho ni «mu».

—¡Eso es que le ha gustado! —me dice, chocando su hombro con el mío.

Nos pedimos un té en la cafetería y nos sentamos en los escalones bajo el sol. Me embarga la sensación de que así tendría que haber pasado mis años de universidad, sentada con Yash en los escalones de la plaza, y noto un pinchacito de tristeza. Pero entonces lo recuerdo.

—Yo tampoco me voy a graduar este semestre.

—¿En serio?

Le cuento lo de la tesis, aunque no lo de los seminarios. Me he apuntado al de Inmortalidad, pero no quiero que piense que lo hago en plan acosadora.

Yash asiente sin decir nada. Señalo el ejemplar de La copa dorada que está junto a su pie y le pregunto qué tal lo lleva, y él me cuenta una historia sobre Henry James que su profesor les ha relatado esa misma mañana.

Que, al enterarse del suicidio de Constance Fenimore Woolson, se fue derechito a su piso en Venecia a destruir todas las cartas que le había escrito y a intentar deshacerse de sus vestidos en el lago, pero que estos se negaban a hundirse.

Yash me cuenta la historia con muchísimo entusiasmo, aferrándose a un palo imaginario al simular el remo de gondolero que usó James para empujar los ropajes bajo el agua y recreando su expresión atormentada al ver que volvían a flote una y otra vez.

Si bien lo suyo es estar siempre de buen humor, hoy parece gozar de una dosis extra de alegría.

Cuando termina con su representación, se vuelve a sentar y alza la cara hacia el sol.