CAPÍTULO TRES
CAPÍTULO TRES
L a casa de la calle Pye me parece más fría, mi cama individual, más pequeña, y los ronquidos de Carson, más estridentes.
Se ha mudado gente nueva. Joe el atleta ha pasado a ser Maxwell el irlandés, y Jenny la doctoranda ha dejado a su prometido para empezar una relación muy intensa con Caroline, la estudiante de medicina deportiva, con quien se mete mano en cada oportunidad que tienen.
Han sellado las ventanas con un plástico azul para conservar el calor, así que la casa parece una especie de acuario durante el día, aunque todavía hay que pelearse para tener turno para acurrucarte con Mavis durante las mañanas más frías.
Maxwell y Caroline se están recuperando después de haber pasado una infancia muy religiosa y me aseguran que he hecho lo correcto al dejar a ese pedazo de contumaz, como lo llama Jenny, quien se está sacando el doctorado en Estudios Medievales.
Por teléfono, mi madre me dice que cree que tiene un «complejo de virgen prostituta».
— Es cosa de todos los hombres —continúa—. Pero en él se nota más.
—Quizás es lo que cree de verdad y ya.
—Pues humillar a las mujeres no tiene nada de respetable. Es una demostración de poder que a los hombres les ha servido desde hace varios milenios. —Lo del feminismo se le da mejor que a mí, la verdad.
Me manda un saco de dormir naranja con una capucha para que me abrigue la cabeza y lo noto muy calentito. Le comento que Carson lo usa cuando yo estoy en clase y le manda uno a ella también. Por mucho que lleve apretándose el cinturón desde el divorcio, eso nunca ha afectado su generosidad.
No me cruzo con Sam en el campus, aunque sí que veo a Yash una vez en el pasillo abarrotado del Tate Hall, durante un cambio de hora.
Me paso el día entero analizando su expresión sorprendida al verme, y esa noche me quedo despierta en mi saco de dormir, lamentando la pérdida de su amistad.
Caigo en la cuenta de que tenía ciertas ideas sobre el futuro en las que no me había puesto a pensar.
Imaginaba que Sam y yo nos separaríamos después de la graduación, pero guardaba la esperanza de que Yash y yo siguiéramos siendo amigos, de esos que son para siempre.
Ahora no me parece muy probable. Y es lo que más triste me pone.
Sam va a buscarme a la calle Pye once días después de que me echara de su casa.
Me entrega una carta muy cortita y me observa mientras la leo.
Para ser que me está pidiendo perdón, es bastante escueto y vago.
Al final, ha firmado como «Corazón el Enamorado» y eso me hace sonreír.
Me besa antes de que pueda decirle nada y, después de hablar un rato en mi habitación congelador, volvemos a Breach House, donde Ivan y Yash se ponen a vitorear al verme entrar en el salón.
La mañana siguiente es domingo y Sam se va a misa. No lo he visto ir ni una vez desde que nos conocemos. Me contó que era porque no le caía bien el nuevo pastor, pero anoche me dijo que le iba a dar otra oportunidad.
Cuando se levanta por la mañana, no abro los ojos.
No sé cómo me siento al haber vuelto a la habitación verde.
Ayer me lo pasé pipa jugando al Sir Hincomb y me las arreglé para engañarlos a todos y conseguir dos familias enteras, algo que nadie había hecho hasta el momento.
Yash me hizo una corona con los restos de la caja de pizza e Ivan me subió a sus hombros y me paseó por todo el salón.
Una vez en la cama, Sam y yo intentamos acurrucarnos y charlar un rato, pero eso no se nos da muy bien que digamos.
Con suma delicadeza, me contó que creía que ambos habíamos pecado al ceder a nuestros deseos en el pasillo de abajo, y yo le dije que no me lo parecía.
Si bien no follamos después de eso, sí que estuvimos bastante cerca, siendo que aún no estábamos bien del todo y que habíamos prometido que no íbamos a volver a hacerlo.
Oigo a Yash bajar las escaleras. Diez minutos después, la casa entera huele a un sofrito de cebolla y ajo y sé que está preparando croquetas de patata como acompañamiento para sus huevos revueltos. Si no tardo mucho en bajar, seguro que me prepara un poco a mí también.
Como las patatas chisporrotean en la sartén de hierro fundido, no oye que estoy allí.
Me quedo en el umbral y lo veo darle la vuelta a una con la espátula.
Se ha puesto unos pantalones de chándal grises y una camiseta azul de los Allman Brothers bastante desgastada.
Lleva el cabello mojado, con el flequillo enroscado hacia arriba.
Es por eso que Ivan y Sam lo llaman Gallito, por esa forma que tiene de secarse el pelo. Hasta ahora no lo había visto así.
No se me ocurre qué hacer para no espantarlo.
—Mmm —suelto en voz baja—. Huele que alimenta.
Yash pega un bote y unas cuantas patatas salen volando de la espátula.
—Joder, Jordan. Creía que os habíais ido a algún lado. —Parece un poco mosqueado, aunque también muy gracioso con el cabello enroscado así. Nota que me quedo mirándolo y baja la mano que había subido para acomodárselo—. No te rías, casi se me sale el corazón del susto.
—Perdona. Venga, siéntate y yo me encargo de la sartén —le digo sacando una silla para él y quitándole la espátula. Y me hace caso. Cuando me vuelvo a girar, ya se ha arreglado el pelo y lo tiene normal.
—¿Sam se ha ido a misa?
Asiento.
—¿Quieres que prepare unos huevos revueltos?
—Vale.
—Tú encárgate del queso —añado, pasándole el cheddar y el rallador.
Ya nos hemos acostumbrado a cocinar juntos.
A Sam no le molesta vivir a base de bocadillos de mantequilla de cacahuete y mermelada e Ivan solo se alimenta de comida para llevar.
Por nuestra parte, Yash y yo preparamos muslos de pollo con verduras varias.
Yo suelo hacer el picadillo que me enseñó mi madre y él, pollo con mantequilla, receta de su abuela.
Solo que nunca habíamos pasado tanto rato solos en la cocina.
Nunca habíamos cocinado solo para dos. Casco los huevos en un cuenco y los bato con un tenedor.
Sirvo las patatas en un par de platos y luego vierto los huevos en la misma sartén, antes de raspar los trocitos de patatas y cebolla y sumarlos al revuelto.
Los huevos no se pegan al fondo y no tardan mucho en cocinarse en nubecitas esponjosas, a diferencia de los trocitos que se forman en la sartén barata que tenemos en la calle Pye.
Les echo el queso justo antes de retirarlos del fuego.
—Anda, qué buena pinta —dice cuando llevo los platos a la mesa. La ha puesto con unas servilletas de tela verde que no había visto antes.
—Qué bien se está comiendo así —repongo, en lo que me siento frente a él.
Entonces ambos le echamos un vistazo al reloj a la vez.
Damos unos cuantos bocados y nos felicitamos por lo bien que hemos hecho cada uno nuestra parte para luego comer en silencio.
Aunque no es el mismo que compartimos Sam y yo, donde cada uno busca algo que decir apenas se le ocurre.
Con Yash puedo decir cualquier cosa y se convierte en una conversación.
Podríamos hablar de las servilletas verdes durante treinta minutos (de dónde las ha sacado, a qué nos recuerdan, quién las ha planchado).
Pero quiero aprovechar el tiempo. Lo he echado de menos durante estos once días, cuando creía que no volveríamos a ser amigos.
No puedo decirle eso, pero la idea me da vueltas en la cabeza.
Nos queda menos de media hora hasta que regrese Sam, así que tenemos que hablar de algo importante, algo que asegure que seguiremos siendo amigos para siempre.
Es bastante presión para unos veinticinco minutos un domingo por la mañana.
Le echo un vistazo cuando está acomodando tanto los huevos como la patata en el tenedor, con la ayuda del cuchillo.
Come de esa forma británica que seguramente le enseñó su padre, usando el cuchillo para más que simplemente cortar.
Una ligera sonrisa le tira de los labios, como si no reparara en que no estamos hablando. O como si lo estuviéramos haciendo.
Me sorprende mirándolo y me sonríe con ganas.
—Me alegro de que hayas vuelto.
—Y yo. Echaba de menos la casa. —Paseo la mirada por la cocina, como si fuese eso lo que he echado de menos, y luego señalo un ejemplar de Infierno de Dante Alighieri y le pregunto para qué clase lo está leyendo.
—Para ninguna. Estoy avanzando con las lecturas para el seminario sobre la inmortalidad que dará Gastrell en otoño.
—¿En otoño? ¿No te vas a graduar con nosotros?
—Tuve que dejar los estudios en segundo de carrera, así que aún me queda un año.
Sam me habló sobre eso. Me dijo que el padre de Yash ingresó a su madre en un hospital psiquiátrico y que Yash tuvo que sacarla.
Le pregunté cómo podría ser posible algo así cuando esos dos llevaban divorciados desde que Yash tenía cinco años, y la respuesta de Sam fue que no entendía cómo pretendía ser escritora si no podía confiar en una historia sin cuestionar hasta el más mínimo detalle.
Me quedo más tranquila al saber dónde pasará Yash el otoño.
—¿Has leído El último otoño de Ray Hart? Es sobre un chico que se queda en la universidad un semestre más de la cuenta.
—No, pero cuéntame. El argumento suena interesantísimo.
—Es muy bonita. Sus amigos ya no están y, en una clase, él se queda mirando la nuca de una de sus exnovias, maravillado por lo que antes sentía por ella.
Vive con un chico que solo escucha un álbum llamado Los éxitos del country y nada más, y se ven las hojas caer y el frío asentarse y se lía con otra chica, aunque no tienen nada serio, pero sí que comparten un momento precioso junto al campo de fútbol en el que ella le abrocha y le desabrocha el botón de la chaqueta.
—No consigo descifrar la expresión de Yash—.
Pero bueno, que es como una despedida a la juventud muy emotiva.
—Creo que quiero leerlo —dice, y no añade nada más. Ningún comentario burlón, ninguna frase sarcástica.