Corazón el Enamorado (Las crónicas de Ravenswood 1) CAPÍTULO DOS #3
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CAPÍTULO DOS #3

Y ahora me avergüenzo de haberme puesto la máscara de pestañas. Solo lo he hecho porque me aburría mientras esperaba a Sam. Y su familia piensa que los hice esperar a propósito porque estaba arreglándome.

Cuando el padre de Sam se pide un café después de la cena, le juro que no pienso ponerme a vomitar a lo loco, pero nadie se ríe.

La visita ha ido de mal en peor.

Al día siguiente, en lo que volvemos a la uni en el coche, imagino que nos reiremos de todo lo que ha ido mal, pero Sam no cree que haya razones para reírse. Está cabreado conmigo. Cree que me he pasado de irrespetuosa e impertinente.

—¿Impertinente? ¿Me estás llamando «cría» o algo?

—Es que es lo que pareces.

—A ver, ¿cuándo he sido impertinente?

—Las cosas que a ti te parecen graciosas en realidad son muy groseras. «Juro que no voy a ponerme a vomitar». ¿Por qué lo has mencionado? ¿Por qué querrías humillar a Valerie delante de mis padres?

—Valerie no estaba cenando con nosotros, ¿cómo voy a humillarla?

—Te estabas burlando de ella in absentia para quedar mejor con mis padres.

—Estaba intentando aligerar las cosas in presentia para que nos riéramos un poco. Todos estabais muy tensos.

—Estábamos tensos porque hiciste que se nos fastidiara el horario. Llegamos tarde a casa de los vecinos y a la cena.

—¡Porque ni me avisaste a qué hora nos íbamos! —Para entonces ya llevábamos diez veces dándole vueltas a lo mismo.

—¿Por qué no has salido de la habitación?

—¿Por qué no has ido a buscarme? ¿Acaso no tienes permiso ni para llamar a la puerta de la habitación en la que me estoy quedando por si decido seducirte y hacerte caer en pecado como la femme fatale que soy?

Su lista de quejas es interminable: la máscara de pestañas, las botas altas, que le haya abierto la puerta a su padre, mis bromas sardónicas, contar que habían despedido a mi padre del trabajo.

—Es como si te gustara crear drama a propósito.

—Al menos no conté por qué lo habían despedido.

—Ni me lo cuentes, que no quiero saberlo.

Le digo que es un mojigato en el peor sentido de la palabra, que lo suyo no tiene nada que ver con la religión, sino con su total falta de interés y sus aires de superioridad.

Y él me dice que soy una réproba asquerosa que solo busca llamar la atención con sus depravaciones.

Es una discusión brutal y nos decimos cosas horribles en ese coche.

Conducimos a través de unas ventiscas de nieve, con copos que no se pegan al parabrisas y que, para cuando llegamos a la universidad, ya han dejado de caer.

Le pido que me lleve a mi casa, pero se niega.

Quiere seguir discutiendo. Cuando entramos en su casa, no hay nadie (Yash se ha ido a la Universidad de Virginia a ver a una chica con la que fue al instituto), así que me apretuja con fuerza contra la puerta principal.

No tardamos nada en quitarnos la ropa y, motivados por la furia de nuestra pelea, follamos ahí mismo.

Pero follar de verdad, en medio del pasillo, en el suelo sin moqueta, con la mesita con la libreta alzándose sobre nosotros.

Al terminar, Sam no parece afectado por lo que hemos hecho. Llevamos nuestras maletas a la habitación y bajamos para prepararnos unos bocadillos y sentarnos al sofá a hacer los deberes. Él lee a Horacio, yo, a Whitman. Se prepara un café, se trae la taza al salón y dice:

—Menos mal que el olor no te da ganas de vomitar.

Ambos nos reímos y yo me apoyo contra él para seguir leyendo.

Hay muchísimo silencio sin que Yash nos interrumpa para decir que va a preparar palomitas o una taza de té.

Me pregunto cómo le estará yendo en la Universidad de Virginia, si la chica a la que está visitando durante el finde será algo más que una simple amiga.

Aunque aún me faltan cien páginas para terminar lo que debo leer para mañana, las palabras me bailan por la página y comprendo que me estoy quedando dormida.

—Creo que me voy ya a la cama —le digo—. Estoy agotada.

Sam baja su libro y le lleva un momento mirarme a los ojos.

—¿Podrías…? —empieza, pasando los pulgares por el borde de su libro—. ¿Podrías irte a tu casa?

Subo las escaleras para recoger absolutamente todo lo que he ido dejando en esa habitación.

Mi maleta no cierra y tengo la mochila a reventar.

Al llegar al rellano, me vuelvo para mirar la habitación de Yash, con la puerta entreabierta.

Si estuviera en casa, ya me habría echado a llorar.

Pero, como no es el caso, bajo como puedo con mis maletas y enfilo directo hacia la puerta, sin decir nada.

Sam no me sigue. Se ha puesto a nevar de nuevo y, desde la acera, puedo verlo sentado en el sofá.

La verdad es que no me queda claro si está leyendo de verdad o si solo finge.

Tras unos minutos, al creer que ya debería haberme marchado, alza la vista para ver por la ventana.

Parece asustado, como si hubiese algo aquí fuera que fuese más amenazante que la nieve que va cayendo levemente «sobre los vivos y los muertos» .