Corazón el Enamorado (Las crónicas de Ravenswood 1) CAPÍTULO DOS #2
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CAPÍTULO DOS #2

—Pues sí. Sam cree que no deberíamos usarlas, dice que son antigüedades, pero es que me hacen sentir como si fuera… —Sostiene la pipa por la cazoleta y da tres caladas con los ojos entornados— Louis Mountbatten. —Abre el cajón y me hace un ademán—. Venga, siéntate. Te prepararé una.

Saca una pipa de marfil, la llena de tabaco, la enciende y me la pasa. Tiene una curva muy elegante y la boquilla está ligeramente húmeda en donde ha apoyado los labios.

—¿Se supone que tienes que inhalar?

—No. Yo diría que no.

Damos unas cuantas caladas y nos echamos a reír ante nuestras poses.

—Tengo algo que decirte, Jordan —empieza, quitándose la pipa de la boca—. Creo que debería habértelo contado antes.

Yo también dejo la pipa a un lado.

—Estuve en el entierro. De Cyra, digo. Y te vi. Te reconocí de clase y quise decirte algo, porque parecías muy afectada y no vi que estuvieras con nadie, pero al final no lo hice. Lo siento. Fui porque conocía al tipo que la mató y no quise decirte eso.

—¿De qué lo conocías?

—Compartí residencia con su hermano mayor durante mi primer año.

La policía encontró una sudadera con mi nombre escrito con marcador permanente en su piso, porque a mi madre le gusta marcar toda mi ropa con eso.

Su hermano me la debió de haber robado y fue así como terminó en ese piso.

La policía me preguntó por él y no supe por qué hasta que vi el artículo en el periódico.

—El único que publicaron.

—Sí, ese.

—¿Cómo consiguieron que nadie se enterase?

—La verdad es que no lo sé. Quizá porque era extranjera. ¿Tú de qué la conocías?

Le cuento que estuve alquilando habitación un tiempo y todo lo que recuerdo sobre ella.

Me escucha, con la misma cara que tenía cuando me lo encontré dormido.

El reloj de péndulo marca las tres, así que Sam no debe de tardar en llegar.

Sigo a Yash a la cocina para lavar las pipas y devolverlas a su expositor.

Quiero seguir hablando sobre Cyra, pero me he quedado sin recuerdos que compartir. Prácticamente no la conocía.

—¿Crees en alguna religión?

—Yo diría que no. Creo en algo, pero no sé muy bien en qué.

—¿En una fuerza espiritual?

—Puede ser.

—¿Y te gustaría ser creyente?

—Se podría decir que sí, aunque no lo busco con muchas ganas. No a un Dios con mayúsculas ni a varios, tampoco.

—Sam quiere que lea Confesiones de San Agustín.

Yash me sonríe.

—Tú sí que lo has leído —digo.

—Es una especie de requisito para ser amigo suyo.

Oímos el cerrojo de la valla que hay fuera y, sin pérdida de tiempo, pasamos del despacho al salón.

Sam llega a casa.

Yo estoy en el sofá y Yash, en la butaca de enfrente. Lo saludo en voz alta y Yash le indica que estamos en el salón, aunque ninguno de los dos lo hace con voz normal.

Sam no se da cuenta de nada.

—Hola. —Deja sus libros sobre una mesita y se sienta a mi lado—. Nadie me dijo que Stubbs sería un rollo. —Pone cara de desagrado—. Algo huele raro. —Entonces me olisquea un poco—. Pero qué peste.

Yash y yo intercambiamos una mirada.

—Le hemos dado una probadita a las pipas.

Sam menea la cabeza.

—Y ahora apestáis.

—Creo que me están entrando ganas de vomitar —confieso.

—Y a mí.

—Seréis críos —se queja Sam.

En febrero, Sam y yo vamos en coche a casa de sus padres, a las afueras de Atlanta.

Son personas muy amables y correctas y, aunque lo llaman Sam Bam la mayor parte del tiempo, se toman lo que les cuenta muy en serio.

No me puedo creer la atención que le prestan; no le preguntan qué clases está llevando (pues se saben su horario al dedillo), sino si al final ha decidido escribir su ensayo sobre el tratado De fato , de Cicerón, o sobre sus cartas a Marco Bruto, y si aún le está costando entender a David Hume.

Su madre le ha comprado una almohada nueva porque hace unas semanas le comentó que le había dado tortícolis.

Si bien el dolorcillo ese se debió a unas posiciones raras que habíamos hecho, ni siquiera me lanza una miradita de complicidad al recibir el regalo de su madre.

Sus hermanos menores apenas dicen nada y se comportan como si el mismísimo alcalde los hubiese honrado con una visita.

Me ceden la habitación de invitados que hay al lado del salón y Sam dormirá arriba, en su habitación de siempre.

La primera tarde que pasamos allí Sam dice que está cansado por conducir y sube a echarse una siesta en su habitación antes de que vayamos a hacerles una visita a los vecinos y luego a cenar a un restaurante que han abierto por aquí cerca.

Las siestas no son lo mío y me queda clarísimo que tengo prohibido el acceso a la planta de arriba, así que me quedo leyendo tumbada en la cama de invitados.

A las cinco y media me asomo por el pasillo que conduce al salón y no oigo nada.

No sé a qué hora nos esperan los vecinos, pero empiezo a arreglarme de todos modos.

Me pongo un vestido, medias y unas botas grises que me compré por Navidad.

Me estoy poniendo un poco de máscara de pestañas cuando oigo que alguien llama y abre la puerta.

—Llevamos media hora esperándote —me dice Sam—. ¿Se puede saber qué estás haciendo?

—Estaba esperando que vinieras a buscarme después de tu siesta.

—¿Y por qué no has salido de la habitación?

—Sí que he salido, pero no había nadie.

—Porque todos llevamos un buen rato esperándote en el vestíbulo.

—Uy, perdona. Qué voy a saber yo que me estabais esperando, y en el vestíbulo nada menos.

Cuando nos reunimos con el resto de su familia, imagino que Sam les explicará la situación, pero no dice nada.

—Lo lamento mucho —empiezo—. No sabía que me estabais esperando.

Las sonrisas que me dedican antes de montarse en el coche son tensas.