CAPÍTULO DOS
CAPÍTULO DOS
C arson y yo compartimos habitación en una casa en la que viven once personas más.
Cada mes, pagamos cuarenta y cuatro dólares de alquiler.
Como la casa no tiene calefacción, para finales de noviembre ahorramos entre todos y compramos un calefactor a gas de los grandes, a quien llamamos Mavis y ponemos en el salón.
Para entrar en calor en esta casa en invierno o bien estás dormido bajo una montaña de mantas o te acurrucas con Mavis.
Empiezo a pasar más y más noches en Breach House (el Dr. Gastrell la bautizó así en honor a la casa de la infancia de D.
H. Lawrence), que cuenta con unos radiadores altos en cada estancia que crujen y sueltan soniditos al encenderse.
Como su alquiler de cero dólares también les incluye los servicios, siempre tienen la calefacción encendida.
La primera vez que invito a Carson, no deja de hablar sobre la temperatura de la casa.
Se quita todas las capas con las que se había envuelto y las deja apiladas sobre una butaca.
—Creo que voy a contagiarme malaria aquí —dice, en lo que se queda en camiseta y alza un brazo para doblarlo—. Llevaba semanas sin verme los codos.
—¿Eso es que no te duchas? —pregunta Sam.
—Qué va. Una no se ducha si vive en la calle Pye en invierno. Te morirías de frío. Me ducho en el gimnasio. —Carson forma parte del equipo de vóleibol—. Y así rapidito. Les caigo bien a todas mis compis de equipo. —Le dedica una sonrisa de oreja a oreja a Sam.
La llevo a la planta de arriba.
—Dios, si aquí hace hasta más calor.
—No pronuncies el nombre de Dios en vano en esta habitación.
Carson se queda mirando la cama.
—Así que aquí es donde no follas.
La mando a callar.
Pasa la vista por los libros que hay en la mesita de noche, sobre los que ya le había contado.
—Esto no va a terminar bien —dice negando con la cabeza—. Pero, chica, se está muy a gusto aquí con el calor. —Sacude los brazos descubiertos—. Así que te entiendo.
Ivan nos enseña un nuevo juego de cartas llamado Sir Hincomb Funnibuster, que a su vez le enseñó uno de sus ligues de Connecticut.
Tras retirar todos los cincos, seis, sietes y ochos de la baraja, nos explica que cada palo representa a una familia y que cada una está encabezada por un rey: Pica el Jardinero, Trébol el Policía, Corazón el Enamorado y Sir Hincomb Funnibuster, el rey de rombos.
El resto de las cartas son los distintos miembros de la familia de cada rey y gana el primero en reunir a una familia al completo.
Se reparten todas las cartas y la única forma de obtener una es pedírsela a otro jugador, aunque para hacerlo hay que usar la misma frase exacta, llena de educación, y dar las gracias antes de tocar la carta que otro jugador te da.
Si te equivocas, el primero en gritar «¡Sir Hincomb Funnibuster! » se queda con tu turno.
—¿Sam? —pregunta Ivan.
—Dime.
—¿Serías tan amable de darme a los gemelos de Pica el Jardinero?
—Con mucho gusto.
Sam le acerca el dos de picas deslizándolo por la mesa.
—Gracias —dice Ivan, pero lo hace demasiado tarde, tras tocar la carta, por lo que todos gritamos «¡Sir Hincomb Funnibuster!» a pleno pulmón. Y entonces nos ponemos a discutir quién lo ha dicho primero.
Uno tiene que fingir que no busca un palo en específico y debe estar atento para joderles el juego a los demás y que no obtengan lo que quieren.
Se forman alianzas y subterfugios. Todos tenemos gestos que nos delatan.
Yo siempre pido al loro —el tres— del palo que quiero conseguir.
Sam siempre pide al vástago mayor. Ivan nunca se acuerda de dar las gracias antes de tocar la carta que ha pedido y Yash siempre se olvida del burro.
Sam no puede gritar «¡Sir Hincomb Funnibuster!
» sin ponerse de pie de un salto y tirar todo lo que hay en la mesa.
Cuando yo lo grito, Yash dice que se me ponen unos ojos tan saltones que parece que se me van a salir de las cuencas.
Ganar ese juego es muy satisfactorio, el mostrarles a los demás que has reunido a una familia entera antes que ellos.
Esa noche, cuando ya estamos en la cama después de haber jugado unas cuantas horas de Sir Hincomb Funnibuster y de haber terminado con nuestro polvo célibe, Sam me cuenta sobre su relación con Valerie.
Era bautista como él, muy devota, y le dejó muy claro desde la primera cita que no pensaba acostarse con nadie antes del matrimonio.
Estaban coladitos el uno por el otro y estuvieron juntos durante meses, hasta que una noche perdieron el control y follaron.
Para esa parte, se cubre la cara al contármelo.
—Rezamos, fuimos a ver a nuestros respectivos pastores, dejamos de recibir la comunión, pero ya nos había consumido.
No le digo que me parece que lo que los consumió fue aquella creencia absurda que se inventó algún individuo. Pero sí que lo pienso.
—Estabais enamorados. Fue un impulso natural. —Es lo que digo.
—Nunca me perdonaré por haberle hecho algo así.
—A mí me parece que lo hicisteis los dos.
—Fue culpa mía.
—¿Y eso por qué?
—Porque siempre es culpa del hombre.
—¿Por? ¿Acaso la violaste?
Me fulmina con la mirada.
Y a mí se me escapa la risa. No soy capaz de entender su dilema, me parece algo inventado. Es algo que he notado en gente que ha tenido una infancia estable: les gusta inventarse problemas que no existen.
—¿Por qué no os pedisteis perdón mutuamente? Haber dicho «joder, metimos la pata, qué remedio» y ya está. ¿No se supone que en eso consiste todo el jaleo con Jesucristo? En saber perdonar.
—Lo intentamos, pero… —Parece que no sabe qué decir, hasta que al final añade—: Mis defectos no serán olvidados.
—No me jodas, Sam. Esa es una cita de Hamlet, no de la Biblia. Y es una mierda.
Tras eso, se enfada, se da la vuelta en la cama y no me vuelve a hablar. Una vez que se queda dormido, regreso al iglú en el que vivo. Pero el lunes siguiente, cuando me acompaña a mi clase de Mobiliario Moderno por la mañana, es como si no hubiera pasado nada.
Mis noches favoritas son cuando nos quedamos en casa, ayudamos a Yash a escoger una camisa para una de sus citas, nos despedimos de él y nos ponemos a hacer la cena y ver una peli o leer un rato hasta que Yash, y a veces también Ivan, vuelven de sus respectivas citas y nos lo cuentan todo.
Ivan no piensa en nadie más que en sí mismo.
—La he hecho ver las estrellas —dice, tras volver de un encuentro con una estudiante de medicina y una cama de agua—. Nunca va a encontrar a nadie como yo.
Sam se echa a reír. Nunca los juzga por sus devaneos, aunque Yash no parece estar acostándose con nadie.
Suele volver mucho antes que Ivan y hace que todas sus noches parezcan un fiasco total.
Sale con muchas chicas, aunque nunca con la que, según Sam, le gusta de verdad: Lara Mertens.
Es de Austria y tiene un acento tan sutil que tienes que escucharla en serio si quieres captarlo.
Compartimos clase de Historia Japonesa hace unos semestres y la recuerdo muy a la moda, si bien algo melancólica, como si le costara lo suyo tener que soportar a una tira de estadounidenses.
Los chicos la llaman «la diosa», pero a mí no me parece que haga buena pareja con Yash.
Puedo entender por qué le gusta (su piel es perfecta, se le nota la arrogancia en la mueca de los labios, lleva chaquetas hechas a medida), pero no parece que se divierta nunca.
Mientras que Yash es muy listo, muy ingenioso, y siempre está dispuesto a reírse de sí mismo.
Creo que necesita a alguien que lo entienda a la perfección.
Unas semanas antes de que conociera a Sam mataron a una chica en el campus a puñaladas, según relató el periódico de la universidad en el único artículo que publicó al respecto.
Ninguno de mis allegados la conocía. Carson había vuelto a casa para pasar las vacaciones de verano y yo di tumbos de habitación en habitación hasta que nos mudamos juntas a la calle Pye, en septiembre.
En agosto terminé en Franklin Terrace durante unas semanas, al igual que ella, la chica de Irán.
Iba a empezar su segundo año y estaba estudiando algunas clases de verano por las mañanas.
Por aquel entonces yo trabajaba en High Five por las noches, así que no nos veíamos mucho.
Solo recuerdo haber conversado unas pocas veces con ella.
Me contó que su padre había trabajado para el sah y que se habían ido de Irán a la par que él, nueve días después de que empezara la revolución, cuando ella tenía nueve años.
Tenía la piel clara más delicada que había visto en la vida, como si nunca la hubiera tocado ni un rayo de sol, y estaba enamorada del chico que vivía en el piso de al lado.
Me dijo que él también iba a empezar su segundo año en la universidad y, cuando me contó que la había invitado a salir, se puso a dar saltitos por el piso como un cervatillo.
Era virgen y nunca había tenido novio. Compartimos piso durante tres semanas y creo que no llegué a despedirme de ella.
No la vi el día que me mudé y tampoco por el campus a partir de entonces.
Un mes después de eso, la mataron. El compañero de piso del chico que le gustaba la violó y la apuñaló dieciséis veces, justo en el piso de al lado.
Lo oí en las noticias a la mañana siguiente, en la emisora de la universidad.
Fui al entierro sola y no hablé del tema con nadie.
Solo que, a vece s, cuando me despierto en la cama de Sam por la noche, pienso en ella.
En Cyra, así se llamaba. En ella y su naricita respingona y su piel delicada.
Un día de enero, después de volver de las vacaciones y haber cambiado completamente de horario, me voy a Breach House con la idea de ver a Sam, pero a quien me encuentro es a Yash, fumándose una pipa en el estudio.
—¿Esto es lo que haces cuando estás solo en casa?