Corazón el Enamorado (Las crónicas de Ravenswood 1) CAPÍTULO UNO #4
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CAPÍTULO UNO #4

—Saludos, gente. ¿Qué vamos a desayunar?

—exclama antes de llegar a la cocina. De algún modo, sabe que no me he ido—.

Buenos días, buenos días. —Se planta frente a la mesa y baja la vista a nuestros platos—.

No. No, no, no. ¿Cuántas veces tengo que decirlo?

—Se lleva el kétchup y lo reemplaza con botellas de color rojo, naranja y amarillo que saca de la nevera—.

Nunca dejes que Sam te prepare huevos fritos.

Solo si tienes ganas de experimentar el sosismo .

—No te inventes palabras. Ni siquiera es francés.

—Sosedad. Sosería.

Echo mano de las botellas naranja y amarilla y salpico unas gotitas sobre los huevos fritos.

Yash va a por la tercera y procede a añadir montones de rojo.

Como las etiquetas ya ni se leen, no sé si las salsas son condimentos de la India o qué.

Sam me contó que el padre de Yash llegó al país desde Nueva Delhi cuando tenía diecinueve años, completamente solo.

Dijo que le gusta ir diciendo que lo primero que hizo al bajar del avión fue buscarse a la mujer de Tennessee más loca de todas para dejarla preñada.

Sam y yo vemos a Yash prepararse el desayuno. Va dando tumbos de la nevera al fregadero y luego al fuego. Pone más agua a hervir y, gracias al cielo, me cambia el café por una taza de té. Se sienta entre ambos, de cara a la pared, y se pone a comer a toda prisa.

—Perdona —dice tras unos cuantos bocados—. Yo no como, trago.

—¿Tienes hermanos mayores?

Niega con la cabeza.

—Soy hijo único. Pero a mi madre le gusta lavar los platos en cuanto los pone sobre la mesa. ¿Tú tienes hermanos?

—Uno. Y hermanastros también.

Abre mucho los ojos.

—Hija de padres divorciados. Guay. —Vuelve la mirada hacia Sam—. Ya somos dos herejes contra un santo.

Y eso me confirma que sabe perfectamente qué ha pasado en la habitación.

Sam se lleva su plato al fregadero.

—Uno de sus padres podría haber muerto, Yash.

El aludido se vuelve hacia mí.

—Padres divorciados —confirmo.

—¿Y madrastra malvada?

—La mismísima hermana de Satanás.

Sam se queda en el fregadero y enjuaga su plato más veces de las necesarias.

Si bien he conocido a unas cuantas personas religiosas a lo largo de mi vida y mi madre hizo que la acompañara a misa un tiempo porque se encaprichó con el líder del coro de la iglesia, nunca había conocido a alguien que durmiera con San Agustín y San Pablo en la mesita de noche.

Sam se sirve otra taza de café. Va por la cuarta ya.

Yash me sorprende mirándolo.

—Espero que no te moleste la peste a café. —Mira a Sam—. ¿Se lo puedo contar?

Sam niega con la cabeza, sin ganas.

—¿Conoces a la valquiria?

—¿A quién?

—A Valerie Hayes.

—No.

—La ex de Sam. El café le daba náuseas, así que Sam dejó de beberlo por ella y se ponía de un humor de perros que no veas, pero bueno, eso no viene a cuento ahora.

La cosa es que un finde vinieron los padres de Sam de visita y nos llevaron a desayunar.

Estábamos comiendo nuestros huevos pochados, tan tranquilos, hasta que el padre de Sam le da un sorbo a su café, se inclina un poco hacia Valerie y esta vomita sus huevos tan rápido y con tanta violencia que a nadie le dio tiempo ni a agacharse. Nadie se salvó.

—No fue para tanto.

—No fue para tanto, dice.

—Si mis padres la adoraban.

—Sus padres sí que la adoraban. Incluso después de aquel incidente. Muy simpáticos. Pero es que son de pueblo.

—Calla, Gallito.

—Son un pelín religiosos.

—Un pelín, ya —dice Sam con su risa silenciosa.

—Una cosita de nada. Sam es el rebelde, ¿te lo puedes creer? Este muchacho de aquí es la oveja negra de la familia Gallagher.

No sé qué piensa Sam de todo esto, tiene la vista clavada en su taza.

—Debo irme ya —les digo—. A diferencia de vosotros, cerebritos, yo ni he empezado con los ensayos de Dryden.

Me he dejado el jersey al lado de la cama y pienso si debería irme sin él, pero mi madre me lo tejió cuando estaba en el instituto.

Así que subo a por él. Al salir de la habitación tras ponérmelo, me encuentro a Sam en el pasillo.

Yash sigue abajo, haciendo escándalo con los cacharros de la cocina.

Sam me cuela las manos bajo la camiseta y las baja hasta apoyármelas sobre la parte trasera de los vaqueros.

Sabe al café de la máquina y me hace retroceder hasta la habitación antes de cerrar la puerta, pero no llegamos a la cama.

Bajamos a la alfombra, y yo tengo la espalda apoyada contra la puerta en lo que él me quita los vaqueros.

No lleva ni treinta segundos rozándome con la lengua y yo ya me he corrido, pero sigue apretándome contra él, con la cara enterrada entre mis muslos y me corro otra vez.

Oigo los ruidos que hace la puerta al sacudirse e intento por todos los medios guardar silencio, pero es que soy humana.

Y a él se le da de perlas hacer eso.

—Se te da de perlas hacer eso —le digo.

Alza la cabeza para dedicarme una sonrisa.

—La abstinencia tiene sus ventajas.

—¿De verdad no te has acostado con nadie?

No me responde.

Sé que debería hacer más preguntas, pero lo que hago es abrirle el botón de los vaqueros (hoy sin cinturón) y él no me lo impide.

En el insti solíamos decir «de todo menos eso». Sam y yo nos volvemos expertos en de todo menos eso .