Corazón el Enamorado (Las crónicas de Ravenswood 1) CAPÍTULO UNO #3
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CAPÍTULO UNO #3

—Solo cuando estaba en primero. Luego lo dejé. —Lo dejé durante la primera semana, pero eso mejor me lo guardo.

—Joder. Te reclutaron del insti.

—A todo el mundo lo reclutan en el insti. —¿Se cree que estamos en 1920 o qué? Nadie entra en la universidad así como así.

—No es Daisy Buchanan, sino Jordan Baker —dice Yash, antes de ladear la cabeza para acercarme una oreja—. Di algo, a ver si se te nota la voz de rica.

—Lo dudo, lo que se me nota es que entré con una beca de golf y me cambié de carrera.

Noto que empiezo a caerles mejor a los tres en cuanto me cambian el nombre a Jordan. Lo usan mogollón.

Yash se lleva las cajas de pizza vacías a la cocina y vuelve con unos naipes.

—Jordan debe saber cómo se juega a Corazones, ¿a que sí?

La verdad es que no, pero me encanta jugar a las cartas, aprendo rápido y en mi segunda ronda ya soy capaz de darles una paliza.

—Cómo se las trae Jordan. Ten mucho cuidado con ella, Sammy.

Sam me lanza una miradita de refilón, escondiendo una sonrisa sobre sus cartas.

—En fin —dice Sam, una vez que acabamos la sexta partida, en lo que recoge las cartas en lugar de distribuirlas de nuevo.

—¿Ya vas a mostrarle los grabados? —dice Ivan—. Por alguna razón tiene grabados en su habitación, lo juro por Dios.

—¿Vamos? —Sam se ha sonrojado, pero la pregunta queda clara en su mirada.

Yash está llenando el lavaplatos en la cocina.

Asiento.

Me da la mano cuando llegamos al pasillo y lo sigo por la escalera empinada.

Hay que doblar al llegar arriba y luego subir otros dos escalones.

Le da a un interruptor de la pared y un aplique antiguo nos ilumina ligeramente, después de tardar un buen rato en encenderse.

Me conduce a la habitación que da a las escaleras.

No enciende la luz principal y no me muestra ningún grabado, sino que tira de mí hacia la cama de matrimonio que tiene el Dr. Gastrell.

Nos besamos, enredando las piernas uno con el otro, y me confiesa que lleva toda la noche con ganas de traerme aquí.

Casi no queda espacio entre nosotros y me da la impresión de que me voy a correr antes de quitarme los vaqueros incluso.

Se nos escapa la risa porque parece que los dedos no me funcionan, pero al fin consigo abrir la cremallera y él me toca en cuanto me los quito a patadas.

Suelta una especie de gruñido en voz baja al notar lo húmeda que estoy.

Intento tocarlo también, pero me cuesta bajarle la cremallera.

Cuando llevo una mano a su cinturón, dice algo que parece una negativa.

Puedo notarlo palpitando a través de la tela de sus pantalones, la punta de su miembro.

Me cuesta lo mío quedarme quieta. Sam me besa y empieza a rozarme con un dedo, todo ello sin explicarme por qué no quiere que lo toque.

Me siento y me vuelvo a poner los pantalones. Noto el deseo aún recorriéndome las venas, muy en contra de mi voluntad, como cuando vas pedo pero necesitas que se te pase la borrachera.

—No te lo tomes a mal —me pide.

Oigo a Yash y a Ivan discutiendo en la planta de abajo, unos cuantos golpes y luego la risa de Yash.

Me entra la vergüenza, como si esos dos ya supieran lo que está pasando aquí arriba.

Al fin y al cabo, Ivan es quien nos ha instado a subir.

Sabía lo que iba a pasar. Me estoy poniendo paranoica y tengo que irme pero ya.

Me pongo los zapatos, me acomodo el sujetador y abro la puerta.

—Jordan. —En un visto y no visto, Sam está a mi lado. Me toca el brazo, la cadera. Me levanta un poco la camiseta y se pone a frotarla entre los dedos—. Quédate, por favor. No quiero que te vayas. Te lo puedo explicar. —Me roza el pelo con los labios y su pulgar se desplaza hacia mi cadera.

No quiero bajar y tener que ver a Ivan y a Yash antes de salir. Al final, termino cediendo.

Nos metemos bajo las mantas y nos dejamos puestas las camisetas y la ropa interior.

Él me abraza por la espalda, me besa el cuello y la oreja y mi cuerpo se rebela.

Tengo que irme. Pero quiero quedarme. Se la noto dura contra mí.

Nunca me sentí así por Jay. Sin embargo, Sam se queda dormido antes que yo y no me explica nada.

Me despierto temprano porque tengo que ir al baño.

Me levanto sin despertar a Sam y me vuelvo a poner los vaqueros antes de abrir la puerta.

La luz de la escalera sigue encendida y hay dos puertas más al otro lado del pasillo.

Ambas cerradas. Imagino que el baño debe de estar sobre la cocina por cuestiones de cañerías, así que abro la puerta de la izquierda, tan solo un poquitín.

Pero no es un baño. Es Yash en una cama individual, bajo un edredón amarillo.

Rodeado de libros. Libros apilados junto a las paredes y alrededor de la cama, e incluso unos cuantos sobre el propio edredón, a su lado.

Está tumbado boca arriba con una expresión seria y concentrada que no le he visto nunca, como si dormir le exigiera mucho esfuerzo.

Cierro la puerta y voy al baño, al otro lado del pasillo.

Sam ya se ha despertado cuando vuelvo. Me acomodo a su lado y nos besamos y apretujamos un buen rato.

Con Jay nunca me apetecía follar por las mañanas, pero la frustración sexual es incluso peor.

Intento distraerme mirando los lomos de los libros que tiene en la mesilla por encima de su hombro.

Confesiones de San Agustín y el libro de San Pablo, Mero cristianismo.

Vaya por Dios.

—Tengo hambre —le digo—. Debería irme ya.

—Deja que te haga el desayuno.

Así que bajamos a la cocina.

Es una estancia vieja y algo descuidada, con un fregadero de cerámica descascarillado y unas baldosas blancas y negras en el suelo.

Hay una puerta trasera con una ventana de cristal que da a un jardincito que solo tiene una triste silla en medio de todo el césped sin cortar.

Me siento a la mesita que hay contra la pared, al lado de la nevera antigua.

Sam prepara café en uno de esos molinillos con un cilindro de plástico en la parte de arriba que te deja ver el líquido chapoteando.

Me da la espalda incluso mientras espera que hierva el agua.

Llena las tazas y me pregunta si lo bebo con leche.

Como no bebo café, le digo que no, y él dice que menos mal, porque se han quedado sin leche y suelta una de sus risas silenciosas.

Se sienta frente a mí y bebe largos sorbos de su café con los ojos cerrados antes de levantarse a rellenarse la taza.

Para mí, el café da asco y es algo que solo beben los padres.

Aunque sigo pensando que debería irme, no me levanto.

Después de beberse su segunda taza, se acuerda de que hay que comer.

Saca unas cuantas cosas de la nevera y me ofrezco a ayudarlo, pero me pide que me quede sentada.

Me noto muy rara. No recuerdo haber compartido este tipo de silencios con Jay.

No recuerdo la sensación de no saber qué decir o la de tener silencios por llenar.

Por primera vez desde que cortamos, siento que lo echo de menos.

Le pregunto a Sam cómo es que Yash y él terminaron viviendo aquí y me cuenta que llevaban viniendo a cenar con Gastrell desde su primer año, cuando lo tuvieron de profesor de Literatura de la Baja Edad Media.

Que fue así como se conocieron ellos dos.

Que Gastrell le consiguió a Yash un trabajo de investigación en el Sparrow (a saber qué es eso).

También me cuenta que deja a Ivan usar su despacho en el edificio de la facultad.

—Es una persona muy generosa con sus alumnos. Qué pena que no hayas estado en ninguna de sus clases.

La literatura se me da bastante bien. Soy una estudiante de notables y sobresalientes y me suelen dejar buenos comentarios al final de mis ensayos.

Pero nunca me he hecho amiga de ninguno de mis profesores, todos hombres salvo Iyengar.

Ninguno de ellos me ha tratado diferente ni me ha recomendado asistir a un seminario.

Una vez, hice de camarera para el profesor Wyler, cuando trabajaba en el High Five.

Lo había tenido de profe de segundo, en el cuatrimestre de primavera.

Iba solo, se bebió tres whiskies y me preguntó a qué hora terminaba de trabajar.

Dudo mucho que tuviera la intención de hablarme sobre el programa de honores.

Si hubiese tenido a Gastrell de profesor, a lo mejor habría llegado a mostrarme su habitación, pintada de verde, pero me da a mí que no me habría dejado a cargo de su casa durante todo un año a cambio de nada.

Sam prepara unas tostadas y huevos fritos con la yema líquida. Deja los platos sobre la mesa junto a una botella de kétchup y yo siento que se me cierra el estómago. Me obligo a dar unos pocos sorbos del café solo.

Oigo a Yash bajar las escaleras.