Corazón el Enamorado (Las crónicas de Ravenswood 1) CAPÍTULO UNO #2
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CAPÍTULO UNO #2

—Yo sí que he visto la luz negra en el Kappa.

Esa sala es espeluznante y como que tiene un tufillo a algo.

Como los dedos de mi madre, que huelen a todo lo que ha andado toqueteando durante el día.

—Me mira y hace el ademán de clavar el dedo en el aire unas cuantas veces—.

A mi madre le gusta tocarlo todo —me cuenta—.

Y bueno, que por fin bajan las señoritas, todas a la vez y todas como que se parecen, y ninguno de los pobres desgraciados que estamos ahí esperando recuerda con cuál hemos quedado porque llevamos encerrados en el gallinero ese toda la noche.

Pero, por suerte, una de ellas me reconoce y podemos largarnos de allí.

La llevo al Pip’s y me habla de su padre, que sufre de una enfermedad rara y espantosa, y de su hermano, que parece un imbécil, y yo me pido algo que tendría que haberse llamado «masa viscosa sobre lecho de estropajo sucio» y la devuelvo al Kappa.

Pero ella quiere mostrarme algo en el gallinero, el cual se ha quedado a oscuras porque ya no hay nadie, y yo tengo que hacer como que me interesa un mosquete feo de cojones de los Confederados que hay colgado en la pared, el cual, según dice, era de su abuelo, así que salgo disparado hacia la puerta, pero ella se me adelanta con esas piernas larguísimas que se ha echado de pronto, me acorrala contra uno de los percheros y abre la boca como si fuese una serpiente.

Casi me da algo, te lo juro. Pero he conseguido llegar a la puerta, poner la mosquitera entre nosotros —hace como que sostiene una puerta como si fuese un escudo—, y me he despedido como un caballero antes de salir corriendo.

Sam se está riendo tanto que esta vez sí que lo oigo.

A Yash se le escapa un resoplido por la nariz y se disculpa en lo que se seca las lágrimas de la risa.

—Espero que a vosotros os esté yendo algo mejor —dice tras enderezarse y hacer un ligero ademán con los dedos en nuestra dirección.

—Eh, ahí vamos —repongo, y ambos se echan a reír.

—Ya se pondrá mejor. Con el tiempo acabas por encariñarte —dice Yash antes de despedirse y subir las escaleras dando pisotones.

Sam se levanta y cierra las dos puertas que conducen al salón. Cuando vuelve al sofá, se sienta más cerca.

—¿La florecilla? Dime que no es una referencia al personaje de El gran Gatsby , porfa.

—Pero en el buen sentido —dice él antes de besarme.

El lunes, Sam me deja en mi clase de Mobiliario Moderno y, cuando salgo cincuenta minutos después, me está esperando.

—¿Quieres venir a casa a comer algo?

Nos preparamos unos bocadillos de pavo y nos besamos en el sofá de nuevo. Él no me mete prisa, así que solo nos besamos largo y tendido hasta que tengo que ir a mi clase de Lógica.

Recorro el campus como si estuviera algo mareada.

Se me escapa la risa al pensar que he estado liándome en el sofá del Dr. Gástrico un lunes a plena luz del día.

Todo rastro de la incomodidad que sentíamos se ha esfumado cuando nos besamos.

Sam ha dicho unas cuantas cosas y yo otras pocas y nos hemos hecho reír el uno al otro sobre ese sofá a rayas.

¿Habrá notado que no tengo mucha experiencia?

De momento, solo he tenido un novio, Jay, el año pasado.

Nos conocimos en otoño, lo llevé a casa durante las vacaciones de primavera y se me pasó el enamoramiento al verlo en la cocina de mi madre.

Se lo dije en el vuelo de vuelta a la uni, lo cual fue una pésima idea.

Se puso a llorar y a montar todo un numerito, pero se negó a ir al baño para recomponerse a solas.

La conversación empezó tranquila, con él diciéndome lo que me había dicho más de una vez, que me tragaba mis emociones hasta que no podía más y explotaba, y que si no me contuviera tanto quizá podríamos entendernos mejor.

Por desgracia, conforme se fue dando cuenta de que no iba a hacerme cambiar de opinión, sus reproches fueron subiendo más y más de volumen.

Que si había pagado por los putos billetes de avión.

Que si bien podría haberse ido con sus colegas a Cayo Hueso en lugar de pasar las vacaciones en un pueblucho de Massachusetts.

Que si hasta su madre me creía lesbiana.

—¡Fui yo quien te enseñó a follar! —me chilló tan fuerte que lo oyeron hasta en la cabina del piloto, la cual por aquel entonces no tenía puerta.

Y no le faltaba razón. Sí que lo había hecho.

Yo había sido virgen cuando empezamos y él me hizo de profesor simpático y entretenido.

Entonces no tenía con quién compararlo, ni a él ni a lo que hacíamos, pero con el tiempo descubrí que era más bien desinhibido y que me había contagiado esa cualidad.

Le repateaba que fuese a contagiarle eso a alguien más, fue algo que me repitió varias veces.

Fue el vuelo más largo de mi vida, por lo que di las gracias cuando las ruedas del avión por fin tocaron tierra y faltaba poco para que fuera libre.

Después de Jay, me lie con el barman del restaurante en el que trabajaba, con un tipo en la barbacoa que hicieron al inicio del semestre y, hace no mucho, con un amigo de Carson que también se disfrazó de Cyndi Lauper para la fiesta de Halloween.

Sam me invita a cenar el viernes. Imagino que nos quedaremos solos en casa, con las velas del Dr. Gastrell encendidas en la mesa del comedor. Cuando sale a recibirme a la puerta, le entrego la botella de vino que he traído.

Le echa un vistazo a la etiqueta y me hace un ademán con el brazo en dirección al salón.

—Vamos a acompañar el pepperoni con un riesling de 1987 —les informa a Yash y a un chico que no conozco que está sentado a mis espaldas, en el sofá.

El susodicho tiene una mata de rizos pelirrojos como de quince centímetros en la cabeza, las piernas cortas y unas deportivas enormes que apoya sobre la mesita de centro elegante del Dr. Gastrell. Junto a ellas hay cuatro cajas de pizza. Yash va a por las copas.

El pelirrojo me señala.

—Fiesta de primer curso. Te presentaste con Dale Greensmith.

—Te presento a Ivan —me dice Sam.

Ivan cierra los ojos.

—Ibas con un vestido rojo. De botones negros.

—Menudo talento el tuyo.

—Pero tengo razón, ¿a que sí?

—Sobre el vestido, sí. Sobre mi cita, ni idea.

Se ríen como si estuviera mintiendo. Como si fuese imposible recordar un vestido y no a un chico.

— In riesling veritas —dice Yash, sirviendo el vino en unas copas superdelgadas que parecen unas campanillas azules—. Descubriremos la verdad sobre el tal Dale Greensmith para cuando acabe la velada.

Sam y yo nos sentamos en las butacas, frente a Ivan y Yash. El vino es dulzón y está malísimo, pero me lo paso bien sosteniendo la copa tan delicada entre los dedos.

Ivan es otro estudiante de Literatura que no conocía.

—Dime todo lo que se te venga a la cabeza cuando piensas en James Joyce. Y no te guardes ningún detalle —me ordena.

Por suerte, mi profesora de Literatura del instituto estaba un pelín obsesionada con Joyce.

—Corriente de conciencia, onomatopeyas, epifanías y «sí, yo dije sí quiero, sí, y cayendo despacio, y despacio al caer, sobre los vivos y los muertos».

Ivan se aprieta las manos sobre los ojos y asiente una y otra vez.

—«Cayendo levemente sobre el universo y levemente al caer, como el descenso de su final postrero, sobre los vivos y los muertos». Estoy bien jodido —se queja.

—Su tesis es sobre Finnegan’s Wake —me cuenta Sam.

Ivan aparta las manos para mirarme con un resquicio de esperanza, pero ni remota idea.

—¿Tú también estás con lo de la tesis? —le pregunto a Sam.

—Es obligatorio en el programa de honores.

—Ah, claro. — El programa de honores . Siento como si estuviese dando clases en una uni distinta y a ellos también se lo parece.

—¿A quién te ha tocado? —inquiere Ivan.

Y es por preguntas así. No quiere saber qué clases he llevado, sino con qué profesores.

Me estrujo un poco el cerebro para recordar algunos nombres.

—Brody, Iyengar, Doukas. —Son los únicos que recuerdo.

Nadie los reconoce.

—Enseñan Escritura Creativa.

—Pobre desgraciados —suelta Ivan, y Sam le hace un ademán—. A ver, digo que no se lo pueden pasar muy bien leyendo historias malas todo el semestre, ¿no?

—Ya no son malas. Estoy en la clase avanzada. —Hay que llevar tres clases antes de llegar a la de nivel avanzado.

—Uh, qué avanzada —se ríe Ivan.

—Yo tuve una clase de Escritura Creativa en mi primer año —comenta Yash.

—Qué va —repone Sam.

—En serio. Con Iyengar. —Me mira—. Mi historia no le hizo ni pizca de gracia.

—Eso no es cierto —dice Sam.

—Que la odió, te digo.

—Pero si te puso unos cuantos «visto» y hasta un comentario agradable.

—Dos en un texto de quince páginas y el comentario era más bien condescendiente.

—Que no.

—«Esto podría llegar a ser muy interesante» —cita con una mueca.

—Seguro que fue el primer trabajo que entregaste en el que no te pusieron «genio» o «deslumbrante» al final —le dice Sam.

—Te digo que no. Pero «podría llegar a ser muy interesante», ¿en serio? Como si, algún día en el futuro, pudiese tener un mínimo de talento, pero ahora no.

—¿Y fue por eso que no fuiste a otra clase de Escritura Creativa? —le pregunto.

—Exacto.

—Si ni siquiera terminó esa —interpone Sam—. Dejó la asignatura a las tres semanas.

—Ninguno de los escritores que admiro estudió Escritura Creativa —razona Yash—. No pasa nada.

Ivan me pasa una porción de pizza en un plato blanco y delicado con el borde dorado y el dibujo de unas rosas en el centro.

—Sin contar la noche del vestido rojo, ¿cómo es que no te hemos visto más? —me pregunta—. ¿Te has escondido o algo?

No formaba parte de una sororidad ni iba a sus fiestas y trabajaba tres noches a la semana en un restaurante, así que ahí tiene su respuesta.

—No sé. Estuve en el equipo de golf durante mi primer año, así que me iba mucho de viaje. —Estoy exagerando un pelín las cosas.

—Qué dices. ¿De verdad estabas en el puto equipo de golf? —inquiere.

Nuestra universidad tiene un equipo de golf de los buenos, once años seguidos campeones de la Conferencia de la Costa Atlántica, de hecho.