Corazón el Enamorado (Las crónicas de Ravenswood 1) CAPÍTULO UNO
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Corazón el Enamorado (Las crónicas de Ravenswood 1)

Corazón el Enamorado (Las crónicas de Ravenswood 1)

Por Lily King

© inepub.com

CAPÍTULO UNO

CAPÍTULO UNO

E l profesor sostiene en alto dos hojas de papel color naranja fosforito.

—A pesar de su formato tan vulgar —empieza, agitando una hoja en cada mano cual banderas en un circuito—, siento que debería leer este de aquí en voz alta.

Nos había encargado que redactáramos una versión contemporánea del ensayo sobre la vida y la muerte que escribió Francis Bacon, y yo había esperado hasta el último momento para hacerlo.

El único papel que teníamos en casa era uno supergrueso que nos había quedado de la fiesta que montamos por Halloween.

Y me costó lo mío hacer que encajara en mi máquina de escribir.

En lugar de leerlo sin más, el profesor lo representa como si fuera una obra de teatro. Le otorga más vida y humor del que imaginaba que podía tener.

En esta clase, hay dos chicos que destacan por su intelecto.

Se sientan en la primera fila y solo consigo verles la parte de atrás de la cabeza, uno con cabello castaño cobrizo y el otro con una coleta azabache y espesa.

Como el profesor suele comentar cosas con ellos durante las clases, imagino que son sus doctorandos que le hacen de ayudantes.

Cuando mi ensayo va pasando de mano en mano hasta llegar a las mías, ambos se vuelven para ver de quién es.

A partir de ese día, el de cabello castaño empieza a sentarse cada vez más atrás. Tres clases después, ya se sienta a mi lado.

No mucho después de eso, empieza a acompañarme a mi clase de Mobiliario Moderno, al otro lado del campus, que es la única asignatura de historia del arte en la que encontré cupo cuando me matriculé.

Si bien nuestra clase de Literatura del siglo diecisiete solo tiene como treinta alumnos, damos Mobiliario Moderno en un auditorio de asientos suavecitos dispuestos en círculos concéntricos que conducen al podio del profesor, en el centro del aula.

Tras él hay una pantalla grande en la que nos muestra una chaise longue B306 de Le Corbusier y unas mesas nido de Bauhaus.

Recupero muchas horas de sueño en esa clase.

Sam camina con pasos cortos y nerviosos y su forma de hablar también es algo interrumpida y vacilante, con momentos en los que suelta todo lo que quiere decir para luego quedarse callado un buen rato. Nuestro único tema de conversación es la clase que compartimos.

—No se ha centrado lo suficiente en Cromwell —dice—, ni en que la resistencia a su gobierno motivó la imaginación de toda una generación de escritores.

Asiento. ¿Qué más podría hacer? Si no soy más que una simple estudiante, el académico es él. Eso me queda clarísimo. Nunca había conocido a un académico que no fuese profesor, pero Sam ni siquiera está haciendo el máster. Es estudiante de último año, como yo.

Más tarde me paso por la biblioteca a leer sobre Cromwell, y así la siguiente vez que vamos hacia la clase de Mobiliario Moderno hago una broma sobre el Parlamento Rabadilla. La risa de Sam es silenciosa, casi como un jadeo.

Me pregunta si he visto El cazador y le digo que sí, pensando que se las arreglará para hacer alguna comparación con Venitore, el cazador de El pescador completo . En lugar de eso, me pregunta si quiero verla de nuevo, con él. Porque la proyectarán en el campus el viernes por la noche.

Nos encontramos en el centro de estudiantes y él ya me ha comprado la entrada.

Han dispuesto filas de sillas metálicas y la pantalla sobre un aparador, así que nos sentamos a esperar a que apaguen las luces.

Mi compañera de habitación, Carson, pasa por nuestro lado con Bud, su novio, un Boina Verde que viene en coche desde el Fuerte Bragg siempre que puede.

Van discutiendo mientras buscan un sitio vacío, tres filas por delante de donde estamos y, una vez que se sientan, empiezan a meterse mano.

La película empieza. Es larga y despiadada.

Me paso la mitad del tiempo con la mirada clavada en el regazo.

Sam, sentado a mi lado, ni me presta atención.

Al final cantan God Bless America sentados a la mesa tras el funeral de Christopher Walken, la pantalla se queda en pausa y fin.

Sam se levanta en cuanto empiezan los créditos y lo sigo para salir del centro de estudiantes.

Enfilamos por un camino del campus que no va en dirección a mi habitación en la calle Pye ni hacia el centro, donde creía que podríamos ir a beber algo.

Me señala la residencia de estudiantes en la que vivió en su primer año y yo hago lo propio con la mía, en la siguiente manzana.

La película ha hecho que todos estos edificios, manzanas y años de nuestra vida parezcan lo más ingenuo del mundo.

Quiero comentar algo al respecto, pero eso también se me hace ingenuo, así que empiezo a decirle que mañana debo madrugar, a lo que él me pregunta si quiero ir a por una cerveza.

Vamos en dirección a los bares, pero él dobla hacia una calle secundaria, cruza una valla blanca y sube los escalones de piedra que dan a una puerta con una luz en lo alto.

—¿Dónde estamos?

—En mi casa.

Se nota que quería mostrármela porque sabía que me iba a impresionar con ella.

Y tiene razón.

Gira el pomo (la casa no estaba cerrada con llave, mira tú) y abre la puerta para dejarme pasar primero.

Al entrar veo un pequeño recibidor con unas escaleras empinadas a mano izquierda.

A la derecha hay una mesita con una lámpara, una libreta y un boli encima.

Al otro lado de una puerta se ve el salón pintado de azul marino, con un sofá a rayas y una pared llena de libros.

Como hay muchos libros, suelto un comentario sobre eso.

—Esos son los que ya no caben en el despacho —contesta él.

Lo sigo por el salón hacia un despacho enorme que parece sacado de una peli antigua: estanterías llenas de libros que cubren las cuatro paredes, un escritorio grande y de patas macizas y una butaca de cuero frente a la chimenea.

—¿Es aquí donde vienes a fumarte una pipa por la noche?

Con una sonrisita, abre el cajón de arriba del escritorio que está al lado de la butaca y me muestra cuatro pipas bien acomodadas en un expositor de madera.

Me echo a reír y él hace lo propio con su risa silenciosa.

—¿De quién es esta casa?

—Del Dr. Gastrell. ¿Lo tuviste de profe cuando estudiaste a Chaucer? ¿O en su seminario sobre Milton?

Niego con la cabeza, pero sí que he oído hablar de él. La gente lo llama «Gástrico» y te advierten sobre él, sobre lo estricto que es. Además, los estudiantes de grado no van a seminarios, ¿no?

—Se ha tomado un año sabático para investigar en Merton. —Al ver que no tengo ni idea de lo que me dice, añade—: En Oxford. Nos pidió que le cuidáramos la casa este año.

—¿A ti y a quién más?

—A mí y a Yash.

¿Yash?

Hay tantas cosas que él espera que yo sepa.

Ninguno de los dos sabe qué decir después de eso.

Sam cierra el cajón de las pipas y yo le pregunto dónde está el baño.

Me señala una puerta bajo las escaleras.

En realidad no tengo que ir, pero sí que necesito un momento a solas.

Como la taza del inodoro es bastante profunda, el poquito de pis que choca con el agua arma todo un escándalo, así que paro.

El espejo sobre el lavabo es ovalado y está colgado muy arriba en la pared, por lo que solo alcanzo a verme la frente y un ojo si me pongo de puntillas. Nunca los dos.

El pasillo está vacío y la puerta que da hacia la calle, a tan solo unos pasos. En cuestión de diez minutos podría estar de vuelta en mi habitación en la calle Pye. Solo que Carson y Bud seguro que están ocupados entre ellos. Oigo una nevera abrirse y sigo el sonido.

Nos sentamos con nuestros botellines de cerveza en el sofá de rayas que hay en el salón azul marino.

Los cojines están tan tiesos como nosotros y Sam no es de esos tipos que les tienen miedo a las pausas largas.

Mientras vamos jugueteando con la etiqueta de la cerveza, soltamos alguna que otra frase.

Me pregunta si tengo mucho trabajo este fin de semana y le digo que debo escribir un relato.

—¿Para qué?

—Para mi clase de ficción.

Asiente despacio, dándole vueltas a algo que ha decidido no compartir en voz alta.

—¿Y sobre qué vas a escribir?

Barro la estancia con la mirada.

—Quizás sobre lo de esta noche.

Me mira alarmado antes de soltar una de sus risas silenciosas.

—Ah, qué listilla.

La puerta principal se abre y se estrella contra la pared.

— Joder, es que yo ya … —dice una voz desde el pasillo antes de que oigamos un portazo—.

Voy a cerrar con llave por si me ha seguido.

—Una risa escandalosa—. ¿Ya has vuelto? ¿Cómo ha ido la cita con la florecilla?

—Entonces se asoma en el salón y veo que es el otro chico de mi clase. Yash—. Anda, pero si aquí la tenemos.

Lleva el pelo suelto, no en su clásica coleta, y su melena oscura y espesa le cae hasta los hombros. Hace un esfuerzo por no reírse.

—¿La florecilla? —inquiero.

—Así llamamos a las chicas con las que salimos —me explica—, porque sueles llevar flores a una cita.

Aunque la mía ha sido más bien una planta carnívora.

—Nos dedica una sonrisa enorme en lo que se acerca, y yo miro de refilón a Sam, preocupada por que vaya a echarlo, pero él también sonríe, y es una sonrisa que no le había visto hasta el momento.

Le alivia tanto como a mí que ya no estemos solos.

—¿Qué ha pasado? —le pregunta.

—Vale, pues voy a recogerla al edificio Kappa, ¿no?

—empieza Yash, plantándose frente a la mesita de centro y de cara a nosotros.

Sam y yo nos reclinamos en el sofá a la vez, como si hubiésemos encendido la tele—.

Tienes que firmar y hacer un juramento de castidad con sangre y luego te mandan a esperar a un maldito salón lleno de mesas con encaje durante veinte minutos con todos los demás tipos patéticos.

¡Vaya!, el tal Ian estaba ahí, ese que citó las últimas palabras de Víctor Hugo la otra vez.

Sam suelta una risita.

—Veo la luz negra…