Corazón de sílex LXXIV
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LXXIV

Ya estaba decidido que en cuanto a Antonia le dieran el alta volvería a casa, no al piso de Socorro.

Antonia, con tal de no molestar, se habría ido a Terrinches a morir, como los elefantes en las películas de Tarzán a sus cementerios.

Pero no hubo discusión. Antonia volvería a la casa de las hermanas Lequerica.

A su casa. Y Socorro, pese a sus reticencias, que duraron cinco minutos, estaría instalada en el cuarto al lado de su madre.

Y si era necesario contratarían a una enfermera.

Lo que hiciera falta. Irían viendo. Tampoco tenía que guardar cama, solo descansar y no trabajar.

Lo primero que hizo Pila fue comprar una cama articulada para Antonia.

Por si llegara a necesitarla. O para cuando la necesitara.

En su espaciosa casa, Pincho y Pila no tenían que coincidir.

Además, era raro que lo hicieran. La mayor de las Lequerica solía estar en Madrid por Juglar .

Su hermana aprovechó esa angustiosa convivencia que ahora tenían para irse a Los Manantiales o a El Puerto.

Pero cuando vino Antonia estaban las dos.

Y estaban en casa cuando llegó la cama articulada.

Y coincidieron en la misma habitación. Las dos miraban cómo los operarios la montaban y colocaban.

Cuando estuvo instalada, Pila tocó todos los botones y puso todas las posiciones.

—Creo que me voy a comprar una para mí. O dos, para que ocupen más o menos el ancho de mi cama —dijo Pila.

—A Proust le habría encantado. ¿Sabes que Céleste, su Antonia, nunca le vio escribir ni sentado ni de pie? Contó que todo lo que redactó, salvo escasas excepciones, lo hizo apoyando la cabeza sobre almohadas y usando las rodillas como escritorio.

—Los escritores son unos gandules. Leí el otro día en una revista que Edith Wharton decía que la vida es siempre una cuerda floja o una cama de plumas. Y que le dieran la cuerda floja. Menuda idiota. A mí que me den la cama de plumas. Articulada.

Pincho rio.

—Antonia se va a morir —dijo.

—¿Y nosotras vamos a estar haciendo el idiota lo que nos quede de vida?

Que tampoco será tanto. ¿Sabes? Yo no te quiero porque seas mi hermana, que también, qué le vamos a hacer.

Te quiero porque me caes bien, porque me gustas, porque te admiro.

Ya está bien. ¿No me vas a perdonar nunca?

¿No puedes intentar olvidar, como he hecho yo?

Pincho se acercó y abrazó a Pila tan fuerte y tanto tiempo que parecía que la iba a contracturar.

—Solo quería evitar que esos tíos te hicieran daño —decía Pila mientras también apretaba—. Casi se me había olvidado tu olor.

Pincho no dijo nada, pero se le entendió todo.

En ese momento, entró Nelson y les dijo que Socorro y Antonia habían llegado y fueron hacia la entrada.